Aléjense de la pólvova (18 al 24 de diciembre de 2004)

Aléjense de la pólvora
Redactor de EL TIEMPO.
Nada más hermoso que ver a un niño feliz. Pero, a su vez, nada más doloroso y estremecedor que verlo quemado en su rostro o en sus manos. Marcado de por vida, no solo física sino anímicamente. Y, para mayores rabia y remordimiento, el saber que la tragedia es culpa de la terquedad e imprevisión de sus propios padres, que lo dejan manipular la pólvora, que, lejos de ser esas luces maravillosas, terminan en un panorama negro. Las advertencias, los controles, las incautaciones, las multas, las campañas como las del padre Alirio López, director del programa de Vida Sagrada, de la Alcaldía Mayor, son valiosas y sirven mucho. Pero no han sido suficientes. Este año, en Bogotá ya van 11 personas quemadas con pólvora. De ellas, ocho son niños. De estos, una pequeñita con una mano destrozada; otra, con una córnea perdida. Y así vamos, llanto y dolor. En Medellín ya se les amargó la Navidad a 58 hogares. La pesadilla es nacional.
Las palabras de una madre, ella sí, «agobiada y doliente», que como sanción moral fue obligada a barrer en la calle 16 entre carreras 6a. y 7a. de Bogotá junto con otros padres, y que da gracias a Dios por haberle podido salvar la mano a su pequeña de solo 6 años, son una sentencia: «comprarles pólvora a los hijos es el peor peligro; uno solo se da cuenta cuando les ha estallado en las manos».
Cuando se acercan el 24 -la fiesta grande para los niños- y el 31 de diciembre, la campaña contra la imprevisión, contra quienes expenden pólvora como quien ofrece caramelos, tiene que ser total. La Alcaldía de Bogotá y la Policía Metropolitana están haciendo importantes y constantes esfuerzos y la ciudadanía tiene que colaborar. Pero el Estado, o sea del Presidente hacia abajo, los gobernadores y alcaldes, en todo el país, deben poner de su parte, pues a ellos también les estalla el drama en las manos. No puede ser que mientras en Bogotá, por ejemplo, se trabaja duro en tal sentido, de localidades vecinas entra la pólvora como almojábanas para el desayuno. «El Gobierno no puede pasar de agache en esta discusión», dijo el alcalde Garzón.
No se trata de perseguir a la industria de la pólvora. Que manipulada por profesionales es un espectáculo extraordinario. Los polvoreros tienen derecho a su trabajo. Pero que sea técnico, que se reglamente y se controle su expendio. Corresponde crear leyes y multas severas para los que, por terquedad o descuido, causen tragedias. Que no solo sea por estos días y luego las luces de la indignación se apaguen, para volver cada año a nuevos dramas. Por ahora, tenemos unas fiestas al frente. Los pabellones de quemados deben estar vacíos.
editorial@eltiempo.com.co

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