Detrás de la fiesta (2 al 9 de junio 2006)

Estamos en vísperas de la celebración del mundial de fútbol Alemania 2006. Será la segunda cita del deporte más practicado y visto del mundo desde los ataques terroristas de 2001 contra Estados Unidos. Los organizadores, como era de esperarse, han sostenido que han hecho todo “lo humanamente posible” para garantizar que el evento no se vea empañado por ningún hecho de violencia.
En otras oportunidades hemos analizado los sucesos de orden público que han rodeado al balompié, especialmente en Europa y América. Son revueltas protagonizadas por fanáticos de algún club o selección nacional, contra los “hinchas” del equipo opositor o contra el entorno de los estadios. En este caso, si bien es cierto que las manifestaciones de los “hooligans” y “barras bravas” (por citar a algunos) son de cuidado, no tienen mayor trascendencia política y seguramente serán bien controladas por los organismos de seguridad.
Para tal efecto, según los despachos internacionales, los alemanes crearon una base de datos con las características biométricas de aproximadamente 10 mil fanáticos, conocidos por su propensión a la violencia. La primera barrera que encontrarán será la taquilla para comprar el boleto de acceso al parque. Este ticket será “personalizado”, y la orden general para los expendedores es que no sea vendido a ningún elemento incluido en esta suerte de lista negra. Otra barrera será colocada en los bordes inferiores de las gradas. En tales sitios, solamente podrán estar miembros del personal de arbitraje e invitados especiales.
Los fanáticos violentos, en resumen, estarán bajo vigilancia y reducidos a un sector de las graderías. Más preocupante resulta la posibilidad de que la justa mundialista sea utilizada como tribuna por alguna organización terrorista, tal y como sucedió en los juegos olímpicos de Munich (Alemania) hace 34 años.
En un evento como éste, un acto terrorista puede ser dirigido contra varios objetivos: el público, los jugadores o la organización.
En el primer grupo (el público) vemos dos grandes alternativas para un ataque: cuando la gente permanece en los estadios, por una parte, y por la otra cuando ocurren aglomeraciones en plazas u otros sitios de libre acceso. Creemos que los 12 campos de juego han sido resguardados al máximo, con el despliegue de 20 mil policías y mil militares, debidamente asistidos por una tecnología de punta que permite, entre otras cosas, detectar materiales peligrosos y cruzar voces y datos en tiempo real entre los miembros del equipo de seguridad, aún si están en lugares confinados o de difícil acceso. Un ataque en estas condiciones tendría características suicidas. Y para ello hay que estar preparados.
Otra posibilidad es que el público sea atacado cuando se aglomere en las numerosas plazas en las que han instalado pantallas gigantes, para poder disfrutar de los juegos. Esta ha sido la opinión de expertos en la materia, como el profesor de la universidad de Kiel, Wolf Dombrowsky. Sería un escenario parecido –aunque de mayor magnitud- al de las olimpíadas de Atlanta 1996, cuando un activista contra el aborto, Eric Rudolph, accionó un explosivo en las caminerías afueras de uno de los estadios usados en la competencia, ocasionando la muerte de una persona y decenas de heridos.
Hay además la posibilidad de que ocurra un ataque contra jugadores “estrellas” o contra selecciones de países problemáticos. Como ocurrió en el mundial Korea-Japón, los miembros del comité organizador permitieron que las delegaciones de Estados Unidos, España e Inglaterra, por citar a algunas, llevasen su propio dispositivo de custodia. Pero hay otras representaciones que podrían convertirse en objetivos de ataques. Entre 2002 y este año ocurrió un hecho que ha movilizado a ciertas organizaciones capaces de acciones terroristas a gran escala, como ha sido la guerra en Irak.
Todos los jugadores que vienen de países que han apoyado la invasión estadounidense están en riesgo. Además de los ya mencionados, están Polonia y Australia. Alguno de éstos podría ser considerado un objetivo “blando”, ideal para una organización terrorista.
Finalmente, está la organización como tal. La Federación Internacional de Fútbol Asociados (FIFA) es prácticamente un gobierno mundial. Ha logrado lo que ninguna otra institución creada por el hombre: imponer un conjunto de reglas sobre las ideologías más disímiles, rompiendo así las barreras impuestas por las soberanías nacionales. Es por esto que el fútbol, desde hace ya varias décadas, es considerado el “deporte rey”, según el calificativo del sociólogo Desmond Morris. Un ataque a esta entidad, encarnada en el comité organizador o en alguno de sus representantes, debidamente capitalizado podría enviar un mensaje de disidencia universal hacia valores con sesgo occidental. Esta posibilidad no puede ser descartada bajo ningún respecto.
Este carácter universal hace que el fútbol no pueda ser reducido al límite de los engramados. Trasciende hasta los ámbitos de lo económico y político. Desde un punto de vista romántico, todos quisiéramos reducirlo hasta lo que en esencia es, un juego. Un bello y apasionante juego. Pero no podemos perder de vista los otros aspectos de la misma realidad. En seguridad, sería un terrible y costoso error.

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