El dilema Posada (20 al 27 de mayo 2005)

“Creo que he cometido muchos errores, más que la mayoría de la gente. Pero siempre he creído en la rebelión, en la lucha armada. Creo más y más cada día que triunfaremos en contra de Castro. La victoria será nuestra”.
El que lea estas palabras sin saber quién las dijo podría pensar en primera instancia que se trata de un hombre joven y lleno de vigor, entrevistado en la clandestinidad o en alguna montaña por periodistas aventureros. De todas estas circunstancias a Luis Posada Carriles solamente le queda el vigor.
A sus 77 años de edad, este cubano nacionalizado venezolano decidió que era hora de buscar suelo seguro. La entrevista que concedió en exclusiva a dos reporteros del Nuevo Herald en un condominio de Brickell Key, al sur de la Florida, debe ser leída con cuidado.
Posada evitó a toda costa incriminarse por hechos en cuya ejecución supuestamente había participado, como la voladura de la aeronave de Cubana de Aviación en 1976 y los atentados con explosivos en varias localidades de La Habana (Cuba) en 1997.
Aunque un poderoso sector de la migración cubana a Florida continúa apoyándolo, Posada sabe que desde septiembre de 2001 él podría ser un preso más de la cruzada contra el terrorismo, emprendida por el mismo gobierno para el cual él trabajo décadas atrás, tal y como lo reconoció en su autobiografía “Los caminos del guerrero”.
«Me gradué de segundo teniente y me asignaron el mando de un pelotón compuesto por soldados americanos. Después de dos años de estar en el Ejército y de estar convencido de que no había ningún plan concreto para la liberación de mi patria (Cuba), renuncié a mi comisión y comencé a trabajar para la CIA», escribió el propio Posada en esa obra, refiriéndose a la etapa posterior a la fracasada invasión de Bahía de Cochinos.
Posada es uno de esos personajes que se ven en aprietos cuando cambian las circunstancias políticas, y sus causas para la lucha pierden asidero. Durante la Guerra Fría, la operación contra el vuelo de Cubana de Aviación (1976) pudo ser interpretada en Washington como un acto más de la confrontación entre los mundos capitalista y comunista, al igual que los atentados con explosivos en lugares turísticos de La Habana. Por supuesto, siempre bajo el manto de la “negación posible”. Esto explicaría esa política de “dejar hacer, dejar pasar” que tuvo hacia él el gobierno estadounidense, hasta bien entrada la década de 1990-2000.
Pero después de septiembre de 2001 todo eso cambió. El gobierno de George W. Bush sabe que si hay una guerra mundial contra el terrorismo será necesario superar aquella definición según la cual “el terrorista para unos es el luchador por la libertad de otros”. Desde entonces y a todo efecto terrorista es terrorista, no importa dónde esté.
Posada Carriles estaba consciente de esta situación, y aunque parezca paradójico fue por eso que decidió entrar a Estados Unidos. El conflicto planteado entre Panamá y Cuba a raíz de su indulto por la presidenta del primer país, Mireya Moscoso, lo sobreexpuso y probablemente lo confrontó con una realidad: que no podría estar seguro durante los últimos años de su vida en ningún lugar distinto al país para el cual él trabajó durante la época dura de la confrontación bipolar.
Por lo tanto, la mayor dificultad en este momento no es para Posada Carriles sino para Estados Unidos. Si este gobierno hace buena su palabra de luchar sin cuartel contra el terrorismo, probablemente debería quedar preso, ser procesado por la entrada ilegal a ese país y luego ser extraditado a Venezuela, donde lo solicitan por el atentado contra el avión de 1976 y su posterior fuga de prisión en 1985, poniendo en evidente peligro su vida en virtud de la cercanía entre los gobiernos de Hugo Chávez y Fidel Castro.
Pero si hace esto Estados Unidos enviaría un mensaje equívoco a todos aquellos que, como Posada en su momento, hoy realizan el trabajo sucio de la política exterior de ese país.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.