El riesgo de la inacción (17 al 24 de marzo 2006)

La Casa Blanca divulgó días atrás la Estrategia Nacional de Seguridad, un documento en el que Estados Unidos establece sus prioridades para el resguardo tanto de sus intereses como el de sus amigos y aliados en todo el mundo.
El documento, de 47 páginas, es susceptible de varias lecturas. Un militar, por ejemplo, encontrará en él importantes anuncios y advertencias (algunas veladas, otras no tanto) en cuanto a las prioridades para el uso del ejército mejor dotado del planeta. El politólogo también encontrará una importante referencia sobre la necesidad de preservar la democracia como sistema de vida, y de auspiciarla en donde sea posible unida al sistema de libertades económicas y mercados abiertos. En fin, cada quien encontrará un motivo para repasar estas líneas detenidamente.
Por desgracia, hasta ahora han sido pocos los análisis sobre el particular. Hay que destacar, sin embargo, las palabras del portavoz presidencial, Scott McClelland, en el sentido de que estamos ante la continuación de las pautas establecidas en la edición anterior de la Estrategia, correspondiente al año 2002.
En aquella oportunidad, el documento prácticamente anunciaba la campaña militar en Irak. Por eso resulta inevitable detenerse en el capítulo V de la última edición: “Prevenir que nuestros enemigos nos amenacen, o a nuestros aliados y amigos, con armas de destrucción masiva”.
El primer deber del gobierno de Estados Unidos, indica el texto, “es el que siempre ha sido: proteger al pueblo americano y a sus intereses. Ha sido un principio duradero que este deber obliga al Gobierno a anticipar y contrarrestar esas amenazas, usando todos los elementos del poder nacional, antes de que esas amenazas hagan daños graves. Mientras más grande la amenaza, más grande es el riesgo de la inacción (…)”.
Cuatro años han permitido decantar aún más el principio de los “ataques preventivos”, que tantas críticas ha suscitado entre la comunidad internacional, comenzando por el propio secretario de la Organización de Naciones Unidas, Kofi Annan. Es necesario recordar que fue este postulado el que sirvió como justificación para la campaña militar en Irak, donde supuestamente había varios enclaves de producción de armas de destrucción masiva. De estos sitios no han encontrado el menor rastro.
A pesar de una equivocación tan costosa en lo económico y en lo político, tanta insistencia deja la impresión de que Washington ya no mira hacia Irak, sino hacia otros territorios no amigables para ellos y con anunciados planes de desarrollo de armas atómicas, tales como Corea del Norte e Irán.
“Quizá no encontremos un reto mayor de país alguno que no sea Irán. Por más de 20 años, el régimen iraní escondió a la comunidad internacional muchos de sus esfuerzos vitales en materia nuclear. Aún este régimen continúa declarando que no desea desarrollar armas nucleares. Pero las verdaderas intenciones del régimen iraní se revelan ante su negativa a negociar de buena fe; su negativa a cumplir con las obligaciones internacionales y darle a la Agencia Internacional de Energía Atómica acceso a sus lugares nucleares (…) y las declaraciones agresivas de su Presidente, haciendo un llamado a “borrar de la faz de la tierra” a Israel”, señala el documento.
Frente a esta situación, Estados Unidos adelanta sus escenarios: 1) impedir que estos países tengan acceso a los materiales y al conocimiento que les permitiría elaborar tales armas; 2) esfuerzos proactivos de contraproliferación, que implican defenderse de estas armas y de los misiles que las llevan antes de que sean lanzados; 3) protección mejorada contra las consecuencias del uso de tales armas.
Ya el paso 1 aparentemente ha sido superado por la dinámica de los hechos. Esto no quiere decir que el territorio iraní necesariamente será el escenario de un conflicto bélico. Son muchos los factores a tomar en cuenta e imponderables en la actualidad. Pero se debe tomar en cuenta que, para Estados Unidos, “si es necesario (…) bajo los tradicionales principios de la defensa propia, no descartamos el uso de la fuerza antes de que un ataque ocurra, aún si perdura la incertidumbre en cuanto al tiempo y el lugar del ataque del enemigo”.

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