El riesgo que vivimos (23 al 30 de mayo 2003)

La vida está llenade riesgos. Desde el propio momento en que nacemos, nuestra existencia se veamenazada por innumerables factores, y la van moldeando en la medida en que nossobrepongamos o seamos presa de ellos.

El riesgo, explica el profesor Robin Hogarth en un ensayoque incluimos al final de este trabajo, es una actividad integrada por doscomponentes: la probabilidad de que ocurra un acto negativo, así como lasdimensiones de ese resultado adverso. “Cuando mayor sea la probabilidad y lapérdida potencial, el riesgo también lo será”, indica el académico.

Si el riesgo es algo inmanente a la vida misma, siempre esposible reducir su impacto. Para ello es necesario analizar los elementos ofactores que inciden para hacer riesgosa una situación. Un ejemplo práctico esque la gravedad de un accidente automovilístico dependerá en mucho de si lostripulantes del vehículo llevan puesto el cinturón de seguridad.

El riesgo generalmente esasociado a nociones de incertidumbre o de temor, a situaciones que no manejamosy que pueden arrojar resultados desventajosos. Nos refiere, por lo tanto, a unode los sentimientos más antiguos del ser humano.

Existe, por decirlo así, unriesgo real. Esto se expresa en términos de probabilidades de ocurrenciade un hecho desventajoso. En este particular, se estima que Cali, Rio deJaneiro y Caracas son ciudades riesgosas, pues de acuerdo con las cifras de laOrganización Panamericana de la Salud tienen una proporción de muertes violentaspor cada mil habitantes infinitamente superior a la que tienen otraslocalidades como Nueva York o Londres.

Pero también tenemos un riesgo subjetivo,conformado esencialmente por opiniones, percepciones y creencias. Parece, porlo tanto, algo carente de lógica. Un indicador de ello es que luego de losatentados del 11 de septiembre del 2001 en Estados Unidos la venta de boletospara viajar en avión descendió de manera abrupta, debido a que los usuariospercibían un riesgo en la utilización de ese medio de transporte, cuando enestricto sentido el transporte aéreo debía ser entonces más seguro que nuncapor múltiples factores tales como: incremento de las medidas de seguridad yprevención, tanto en tierra como a bordo, escasa probabilidad de que un hechocomo ese vuelva a producirse en el futuro próximo, repliegue de los gruposterroristas debido a la reacción estadounidense, etc.

El riesgo real y el subjetivogeneralmente no se compaginan, no van en sintonía. Los hechos que tienen unalto impacto sobre las opiniones de un conglomerado suelen distorsionar lapercepción del riesgo, pero rara vez modifican sus términos reales.Recientemente, el semanario The Week editorializaba sobre el frenesíocasionado en Estados Unidos por la perspectiva de un ataque con agentesbiológicos antes o durante la invasión a Irak, e indicaba en tono jocoso quecon toda seguridad la ciudadanía corrió más peligros al tomar el automóvil quelos llevaría a la venta de cinta adhesiva y máscaras antigas que los queverdaderamente asumieron quienes permanecieron en sus hogares a la espera detales ataques.

Los académicos atribuyen un granpeso a los medios de comunicación a la hora de explicar esta “disonancia” entrelos riesgos real y subjetivo. Bruce Hoffman observa que durante los años 80,cuando el terrorismo ocupaba la gran mayoría de los espacios noticiosos, losestadounidenses tenían tantas probabilidades de perecer por un atentado que dehacerlo como consecuencia de las mordidas de un perro. Jessica Stern, por suparte, atribuye mayor peligrosidad a actos cotidianos como fumar, levantarse dela cama o manejar el coche que al terrorismo como tal.

“La distorsionada percepción queda como resultado que se le atribuyan mayores probabilidades al terrorismo quea otras situaciones en las que peligra la vida es en gran medida debido a lamanera de informar sobre el terrorismo que tienen los medios de comunicaciónamericanos”, afirmó el asesor de la Corporación Rand.

Sin duda que los medios decomunicación contribuyen a modelar las percepciones del individuo en relacióncon su entorno, y por lo tanto constituyen un factor en la formación de lasnociones de riesgo. No obstante, parece una exageración que la “manera deinformar sobre el terrorismo” haga que la gente crea más probable el morir poresta causa que por cualquier otra.

En los días posteriores al 11de septiembre del 2001 ocurrió un natural asombro en todas las sociedadesoccidentales. En Estados Unidos ya el terrorismo había salido de lastelevisoras a las calles, con los ataques del Ku Klux Klan y los gruposseparatistas puertorriqueños, con la bomba neofascista de Oklahoma, pero nuncaen la magnitud coreográfica vista en esa fecha. Esto hizo pensar que, más queun hecho de limitadas proporciones, estaba latente la amenaza de algo mayor,que por fortuna no se ha concretado.

Bin Laden, sin embargo, no esuna creación de la manera de informar de los medios estadounidenses. Es, másbien, un producto de la política exterior de esa nación en Asia Central y elOriente Medio. Algo sobre lo cual, por cierto, pocas noticias hemos tenido enesos canales o en cualquiera otro. El problema no es tanto lo que se ha dicho,sino lo que se ha dejado de decir. Esto, por cierto, incrementa nuestra sensación de riesgo.

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