La criminalidad organizada como amenaza terrorista en América Latina

La existencia de bandas del crimen organizado en toda América Latina, inspiradas algunas de ellas, en los pandilleros con grandes tatuajes, originarios de Los Ángeles, California, han tenido también un gran impacto no sólo en Centro América, sino en América del Sur.
Estos pandilleros denominados «maras» en Centro América, tienen sus versiones también en Venezuela, Colombia, Perú, Ecuador, Bolivia, Brasil, Paraguay y Argentina.
Aquí en Venezuela, las denominamos sencillamente bandas de delincuentes organizados, que se han apoderado de nuestras barriadas y cerros, estén o no tatuados, y que por el afán de lograr el reconocimiento y el ascenso social, se han dedicado al tráfico de armas, narcotráfico, extorsiones, secuestros, violaciones, lesiones, asesinatos y robos de vehículos, realidad particularmente preocupante hoy en Venezuela, con el nuevo boom en la venta de vehículos automotores.
Este tipo de violencia y de crimen organizado, califica jurídicamente para ser subsumido en los tipos de terrorismo sui generis, por cuanto son capaces de causar alarma pública general, y desasosiego permanente en la población, no sólo en sus sitios de residencia y operación habitual, sino también en los centros urbanos, comerciales, financieros y habitacionales de clase media.
Este «terrorismo» latinoamericano, que está en ascenso, evidentemente no posee armas de destrucción masiva, ni es suicida, sino de características hedonistas; es no obstante, extremadamente peligroso y violento. Y posee armamento convencional con alto poder destructivo, como armas largas de fuego con capacidad letal.
Ahora bien, el caldo de cultivo de estos grupos violentos urbanos, que no tienen motivación política, y que preocupan por igual al sector gubernamental y al empresarial. Lesionan masivamente la calidad de vida, y por lo tanto los derechos humanos de la ciudadanía.
A juzgar por la violencia urbana de fin de año en todo el país, el fenómeno es cada vez más preocupante para todos los venezolanos, y en consecuencia, debemos prepararnos como Sociedad para enfrentarlo conjuntamente.
Las causas fundamentales del crecimiento de este fenómeno son la desintegración familiar, la paternidad irresponsable, la deserción escolar, el desempleo y la pobreza, que deben ser atacadas desde varios frentes. Propongo la revisión de las medidas preventivas que promuevan mayor cohesión social y solidaridad.
Desde el punto de vista estrictamente de seguridad, mientras el Estado se ocupa, en sus tres niveles político territoriales -poderes nacional, regional y municipal- , de la prevención y represión policial, de este «terrorismo» latinoamericano; así como los fiscales y jueces de su enjuiciamiento penal, los ciudadanos en América Latina deberíamos vivir, al menos por un tiempo, intuitivamente en estado de «alerta elevada», siguiendo al eximio autor venezolano Marcos Tarre Briceño, para controlar nuestras urbanizaciones y oficinas, y para ello debe haber mayor inversión en charlas, conferencias y otros procesos educativos en materia de seguridad; así como se debe favorecer también el crecimiento y aprovisionamiento de nuestras Empresas Privadas de Seguridad.
Desde un punto de vista general, la sociedad en su conjunto, gobierno y empresariado en diálogo, también en tiempos de auge económico, deben diseñar y ejecutar políticas conjuntas de crecimiento económico, generación de empleo y distribución de la riqueza, que generen empleo y bienestar socio-económico, que disminuyan objetivamente estos elevados índices de criminalidad organizada.
Estas propuestas deben ser elevadas también a las mesas de negociación de la integración latinoamericana, a través de nuestro Ministerio de Comercio Exterior, en momentos de creación de la Unión Sudamericana de Naciones, y de la entrada del país en Mercosur, para que con el aumento del comercio Regional, el crecimiento económico sea sostenido en el tiempo; y por otra parte, se coordinen las políticas de seguridad privada, que representen el aumento de las inversiones y del empleo en este sector, así como la posibilidad de asociaciones estratégicas nuevas, aparte de las existentes con México y Colombia, con empresas de seguridad en el Brasil, Paraguay y Argentina, entre otros.
Esta debe ser la manera «latinoamericana» de la lucha contra el «terrorismo» local. De la amenaza fundamentalista islámica, ya se están ocupando Naciones Unidas, Norteamérica, Europa, Oceanía e Israel, en otras regiones del mundo, amenaza fundamentalista que, no nos azota hoy en nuestra atribulada Región, afortunadamente.

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