La impotencia ciudadana frente al delito (29 de septiembre al 5 de octubre de 2008)

La impotencia ciudadana frente al delito

¿Quién puede dudar de que la violencia y los delitos han aumentando en la mayoría de nuestros países? Esto ha pasado, sobre todo, en Latinoamérica, donde las condiciones son más propicias por falta de estrategias adecuadas. Los ciudadanos mezclamos una serie de sentimientos frente a ello, que van desde la indiferencia hasta el miedo, sin embargo, por lo menos en Perú, la gran mayoría de las personas siente impotencia.

Cuando la seguridad pública no hace presencia en los momentos de crisis, cuando cometen abusos o actos de corrupción, cuando son indiferentes ante las denuncias, cuando un mal juez le abre las rejas a un delincuente avezado, cuando no se impone una sanción ejemplarizante frente a un delito agravado, cuando los políticos de turno son indiferentes a temas como estos, ¿Cómo no sentir impotencia cuando nuestros hijos salen los fines de semana y no tenemos la seguridad de que llegarán a salvo al hogar?

¿Y cuando tenemos que salir y dejar la casa sola?, ¿Cuándo acudimos a una reunión y no tenemos un sitio seguro donde dejar el carro?, ¿Cuándo pensamos que, a pesar de asumir una cultura de prevención y seguir una serie de normas y recomendaciones de acuerdo a nuestro riesgo, podríamos convertirnos fácilmente en la próxima victima del delito?

¿Acaso no queremos darnos cuenta de que en esa coyuntura los presos somos los ciudadanos al tener que vivir entre rejas? Con un ojo abierto, cuando la economía lo permite convivir con una serie de artículos, sistemas, equipos y servicios de seguridad y todo ello por una sola razón: los dueños de las calles son los delincuentes o pandilleros y la ausencia de la seguridad pública es más que evidente.

Como siempre, la pita se rompe por el lado más débil y son los pobres los más vulnerables a estos fenómenos. ¿Será por eso que, equivocadamente, cada cierto tiempo observamos cómo intentan hacer justicia con mano propia en zonas humildes de la ciudad?

Pero el temor de los ciudadanos no es el resultado únicamente de haber sido victima de algún delito, ya que éste se nutre como toda sensación subjetiva de diversos factores como, por ejemplo, los 15 primeros minutos de los noticieros de televisión o radio, las primeras planas o páginas policiales de los diarios.

También está la desconfianza en las instituciones públicas que tienen que ver con la problemática, la desconfianza que hoy tenemos en las otras personas. Es cierto que la nefasta experiencia de haber sido victima de algún delito o conocer de una experiencia vivida por un familiar, amigo o conocido, induce a que se incrementen los niveles de miedo.

Hay preguntas recurrentes: ¿por qué aumentan los delitos y qué se puede hacer? Lo primero es que, vivir en una urbe de más de ocho millones de habitantes tiene sus costos, y es predecible que ocurra un cierto número de accidentes y delitos. El problema es cuando éstos aumentan en frecuencia y número.

Los delitos tienen una naturaleza pluricausal, de allí que las respuestas para su control tienen que ser multidisciplinarias. Por ello vengo sosteniendo que se trabajen algunos factores que son los desencadenantes: la exclusión social, el aumento del consumo de alcohol y drogas, la facilidad de poder adquirir un arma de fuego, la falta de una oportunidad digna para nuestra juventud, son factores determinantes que incrementan la criminalidad.

Definitivamente, las asimetrías y las faltas de oportunidades reales ultrajan la dignidad de las personas y abren la puerta para ingresar a un estado anómico donde es fácil incubar el delito. A pesar de la inestabilidad de la economía mundial, nuestro país viene atravesando por un buen momento en varios de sus sectores productivos, sin embargo, quiero puntualizar que la sola bonanza económica no es un antídoto para la criminalidad.

Hay naciones prósperas pero con serios problemas de inseguridad ciudadana. Además, cuando el narcotráfico y el crimen organizado se instalan en un país, las tasas de delito se incrementan dramáticamente. Es importante comprender que una buena política de seguridad pública, se traduce en manejar una buena política social.

Paralelamente, se debe atender la problemática de inseguridad ciudadana del país y al mismo tiempo las particularidades propias de cada región, provincia y distrito, donde se viven situaciones distintas. No olvidemos que el Perú es un mosaico de realidades, además el delito se ha globalizado.

Las respuestas de seguridad tienen que asociar estrategias de lucha internacional con las estrategias del orden local, delitos como la pedofilia, el trafico de drogas, delitos por la red, o el terrorismo son hoy enemigos en común. Definitivamente el miedo al delito se encuentra, en gran medida, moldeado por el riesgo percibido de victimización.

Hoy no importa la clase social, ni el género. El miedo a ser victima de algún delito permea la forma de relacionarse con la ciudad. Al terminar de leer este artículo, Usted debe preguntarse: ¿siente la delincuencia como una amenaza? Definitivamente es cierto que el miedo al delito afecta a más personas que el delito en sí mismo, y ello incide directamente en el bienestar emocional de los ciudadanos.

Finalmente, será muy difícil que un país pueda tener un crecimiento sostenido si sus habitantes no tienen seguridad en su vida cotidiana.

César Ortiz Anderson
Colaborador de Segured.com

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