La reducción de riesgos de desastre (12 al 18 de marzo de 2007)

La reducción de riesgos de desastre
El 9 de marzo de 1987 es una fecha inolvidable para los que vivimos la traumática experiencia de los desastres desencadenados por los huaicos provenientes de siete quebradas de Chosica y Santa Eulalia que, al encontrar los cauces obstruidos, sepultaron medio millar de viviendas y causaron la muerte de decenas de personas.
Recordamos las noches interminables de la búsqueda desesperada de los seres queridos, la ausencia de electricidad y de agua, las colas para abastecerse de alimentos y combustible doméstico, los campamentos de damnificados, las carreteras y pistas bloqueadas por miles de toneladas de roca, lodo y escombros, las largas colas de vehículos de pasajeros y carga, y el aumento de los precios de los alimentos en Lima. Algunos actores principales de este drama ocupan, como entonces, puestos claves en el Estado: el presidente Alan García, que días después de ocurridos los huaicos llegó a entrar a Chosica subido en un voluminoso cargador frontal; y Jorge del Castillo, que fue designado para liderar, por algunas semanas, la respuesta gubernamental a una emergencia que había devenido en caótica.
Transcurridos algunos años, en que la crisis económica y política de fines de los 80 inhibió la factibilidad para la reconstrucción inmediata de Chosica, fueron emergiendo mecanismos y estrategias locales de reconstrucción desde las organizaciones de pobladores, el gobierno local, la orientación técnica y social de la ONG Predes, la colaboración de la empresa de electricidad (entonces estatal) y el trabajo voluntario de los estudiantes y profesores de la Universidad La Cantuta. En contraste, algunas iniciativas externas para la reconstrucción de Chosica fueron desechadas en la medida en que implicaban gastos extremadamente onerosos y no tenían en cuenta la capacidad local. El resultado lo pudimos ver hacia mediados de los 90, cuando sucedieron huaicos que no afectaron a la población y solo causaron daños limitados. O cuando Chosica fue distinguida en un informe de Naciones Unidas como un ejemplo de cómo la gestión local podía reducir los riesgos de desastres.
No era para menos. Se habían diseñado y construido un conjunto de obras que posibilitaron disipar parcialmente la energía de los huaicos y posibilitaron que discurrieran por los cauces habilitados hacia el río Rímac. Todas las instituciones y organizaciones de la población hicieron cumplir las normas en relación con la prohibición de ocupar los cauces. La población organizada, particularmente las mujeres, junto con diferentes instituciones, implementó obras y plantó árboles para estabilizar las laderas de los cerros. El agua de la central hidroeléctrica Juan Carosio recorrió desde entonces cinco kilómetros a través de los cerros, cuyas rocas fueron previamente moldeadas por los picapedreros durante dos años. Los maestros y funcionarios de las postas médicas incluyeron actividades de capacitación sobre prevención de desastres, y en las asambleas de pobladores rezaban consignas como «Prevención es organización», que motivaron la formación de los comités de Defensa Civil en el ámbito comunitario, y estimularon el funcionamiento de los comités y las oficinas municipales.
Chosica está, desde entonces, dejando de ser noticia por los desastres, dado que, a pesar de las amenazas de huaicos y un relativo debilitamiento de la participación comunitaria, la ciudad es ahora mucho menos vulnerable.
Hace poco menos de un año retorné a Chosica, invitado para dar una charla sobre los nuevos enfoques surgidos en América Latina y en el mundo acerca de los riesgos de desastre, un profesor de la Universidad La Cantuta comentó, entonces, que Chosica se había adelantado en una década a estos enfoques, pero que esto –como mucho de lo bueno que sucede en nuestro país– ha sido ignorado por las autoridades y por los medios de comunicación.
Por Pedro Ferradas, sociólogo
Publicado en el diario El Comercio de Perú

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