La vida en 1.5 segundos: dinámica del enfrentamiento armado

La vida en 1.5 segundos: dinámica del enfrentamiento armado
Desde la época de Wyatt Earp y la técnica de “desenfundar rápido para apuntar con calma”, pasando por el Point Shooting de Appelgate hasta las modernas técnicas de tiro actual, la motivación siempre ha sido la misma: ofrecer solución a lo que sucede durante un enfrentamiento armado.
Aún hoy la pregunta sigue sin responderse a un 100%: ¿Qué sucede durante un enfrentamiento armado y cuáles son los mejores métodos para lidiar con el problema? Dada la cantidad de variables que intervienen, las conclusiones definitivas nunca han sido fáciles.
No obstante, la fusión entre estadísticas, tecnología que permite simular situaciones reales y nuevas metodologías de instrucción comienzan a dar algunas luces.
El presente informe combina datos de cuatro fuentes distintas: el estudio “Hit Probability” realizado por Force Science Research, “Y Salimos a Matar Gente”, del Centro de Investigaciones Populares, “Estudio Nacional de Victimización” realizado por Consultores 21, documentaciones propias sobre desempeño armado en situaciones de alto estrés realizadas por la Escuela de Protección Personal durante las simulaciones realizadas en sus cursos y un largo historial de casos reales documentados en prensa y relatados por las personas que asisten a nuestras actividades.
Nosotros y ellos
Entender qué sucede en enfrentamientos armados comienza por tener claro a quién se va a enfrentar. Dos impactantes estudios dan pistas al respecto: El Estudio Nacional de Victimización realizado por Consultores 21 en el año 2001 y el trabajo “Y Salimos a Matar Gente”, del Centro de Investigaciones Populares publicado recientemente.
Para el año 2001 ya se describía la naturaleza del sujeto y su modo de operar:
•Edad promedio: 18 – 23 años (hoy se habla de 15-25 años)
•77% de los casos operan con dos o más sujetos
•63% de los casos operan con armas de fuego
•21% emplea armas punzo cortantes
•15% de las veces el delincuente agrede a su víctima a pesar de no ofrecer resistencia (actualmente se maneja la proporción de 30%)
El Centro de Investigaciones Populares añade algunas pistas que explican por qué el índice de violencia pasó de 15% a 30% cuando establece el perfil psicológico del delincuente popular venezolano actual. Entre sus principales rasgos están:
Necesidad de sobresalir imponiendo sus propias reglas para adquirir respeto (razón por la cual delinque): Más allá de la falta de dinero, el nuevo delincuente venezolano encuentra en el acto vandálico una forma de sobresalir e imponer respeto.
Delinquir no es solamente un asunto de necesidad material sino de confirmación de su estatus de poder.
Culto a la violencia: Vive, respira y muere entorno al hecho violento, a partir de su capacidad de hacer daño a otros se define como persona.
Desprecio por la vida (propia y ajena): vive sin horizontes o futuro, sabe que en cualquier momento puede morir y por ello se da al exceso (drogas, alcohol, sexo, violencia) en una secuela autodestructiva en la cual la vida ajena no tiene mayor valor.
Asesinar es una forma de obtener ranking dentro de su banda: No existe carga moral detrás del asesinato. Matar es una forma de sumar puntos al posicionamiento dentro de la banda. A mayor carga violenta, más probabilidad de ser el líder.
Necesidad de imponer su poder: No existe disposición a negociar cuando se opera bajo una lógica de “si lo quiero, lo tomo”. Debido a que su poder es puesto a prueba permanentemente (basta ver la cantidad de muerte entre bandas rivales), no evade la oportunidad de demostrarlo, incluso frente a sus víctimas.
De hecho, el estudio habla de la diferencia generacional entre el delincuente viejo y el joven (años 90-2000): “En la forma antigua estaban delimitados los campos de acción de modo que ninguno se sobreponía a otro ni se confundía con él», dice el texto: «El ámbito del robo y el del atraco no eran los ámbitos del asesinato o de la herida grave. En la forma nueva el robo, el atraco y el asesinato se sobreponen o van juntos: te robo y te mato (…) La violencia se ha vuelto más sangrienta, más agresiva, más implacable. Los nuevos no tienen ya ningún control, ningún límite, ninguna emoción”.
Llama la atención el hecho de que asesinar a otro se desvincula de su carga emocional. En su interesante libro llamado “On Killing”, Dave Grossman ya señalaba que la carga emocional que subyace en un acto de esta naturaleza, junto al valor que se tiene de la vida, hace ineficaz a una persona a la hora de tomar decisiones de vivir o matar (“la duda en la calle mata”, decíamos en otro texto). Aplicando la fórmula inversa, si el delincuente no duda en matar, se transforma en un ser tremendamente eficaz a la hora de hacerlo.
Nivel de eficacia del delincuente con armas de fuego
En un país donde las muertes por armas de fuego se dispararon en 76% entre 1998 y el 2004 (MSDS), hace presumir que la eficacia del delincuente armado se ha incrementado. Un mito recurrente al respecto es la superioridad en tácticas y técnicas del delincuente común, quien aparentemente se ha “profesionalizado” incluso por encima de su contraparte, el policía.
No sólo en Venezuela sino el resto del mundo basta ver de qué lado se inclina el número de muertes en procedimientos para darse cuenta que en la mayoría de las veces el delincuente es quien muere. El bajo nivel de adiestramiento con armas de fuego del delincuente es un hecho conocido desde hace tiempo. Otro interesante libro llamado “Street Survival, Tactics for Armed Encounters”, de Ronald Adams da cuenta de esto al entrevistar a varios convictos quienes confesaron tener muy poca experiencia con armas.
Las razones de por qué este sujeto es tan eficaz no se encuentran en su entrenamiento previo, sino en la dinámica del enfrentamiento.
Al respecto, Force Science Research realizó recientemente un estudio sobre probabilidad de impacto y del cual surgió el informe llamado “Even inexperienced shooters can be fast, accurate when shooting cops”.
El estudio reunió a 103 voluntarios sin experiencia en el uso de armas, quienes fueron sometidos a pruebas de tiro contra reloj en distintas distancias. Las conclusiones, más que sorprendentes, son espeluznantes cuando se hicieron los test a de cero a tres metros (distancia clásica del enfrentamiento urbano):
•50% de los participantes dispararon instintivamente a la cabeza sin haberles pedido que lo hicieran. De tres disparos, al menos uno hizo impacto en el área deseada. La cabeza tiende a ser el blanco preferido debido a que es la cara lo que mira la persona cuando interactúa con su víctima.
•A 5 metros los impactos se agrupan en la cabeza, cuello y parte superior del pecho. La mayoría de los tiros tienden a agruparse a la izquierda del blanco (derecha del tirador), Esto contradice la creencia popular de que el tirador inexperto tiende a desviar los impactos hacia la zona inversa de su mano armada (si es derecho, impactará hacia su izquierda).
•La mayoría fue capaz de hacer tres disparos en lapsos de 1 a 1.5 segundos, teniendo incluso tiempo de reacomodar puntería rápidamente luego del primer impacto.
•La mayoría de las personas logró un desempeño óptimo con el arma luego de los 15 disparos iniciales.
“Tradicionalmente pensábamos que el enfrentamiento podría durar de 3 a 6 segundos. Actualmente creemos que puede terminar en 1.5”, dice Ron Avery, asesor técnico del estudio.
Las razones subyacen en un principio lógico que desde hace tiempo contradice uno de los fundamentos básicos del tiro: anticipe la situación y tome por sorpresa al delincuente. La pregunta es obvia ¿hasta qué punto es posible anticiparlo? En la gran mayoría de los enfrentamientos urbanos la victima reacciona ante la amenaza debido a cuatro causas lógicas:
•No es ella quien decide el enfrentamiento, sino el delincuente que la selecciona. Cuando la víctima se percata de la situación ya viene sucediendo un proceso que es protagonizado por el delincuente (acecho, aproximación, abordaje).
•Un argumento legal, la víctima necesita justificar su acción para lo cual debe esperar a que surjan señales de peligro inminente o real (ver el arma en manos del sujeto o ser apuntada por ella). Aunque parezca ingenuo, la mayoría de las personas se condicionan a “reaccionar” ante la amenaza debido al temor – lógico y con fundamento- de la consecuencia legal.
•La Acción es más rápida que la reacción, la víctima debe primero procesar la información antes de actuar frente a ella (Ciclo OODA)
•Reboot mental y ciclo de negación, nadie sale a la calle esperando encontrar a la vuelta de la esquina una situación de vida o muerte. La perplejidad que causa la sorpresa, unida al efecto natural de negarla en un primer momento, dilata el tiempo de respuesta.
•A 1.5 segundos las cosas suceden rápido incluso estando en condición amarilla. Una frase que decimos mucho en nuestros cursos es “distancia y sorpresa matan técnica”.
¿Y nosotros qué? Del cartón a la realidad
Enfrentamos a un sujeto decidido a actuar, libre de procesos emocionales que entorpezcan su capacidad de matar, protagonista de un proceso que él inició y que además no necesita mayor desempeño con arma de fuego para ser eficaz.
Del otro lado tenemos a la víctima: reactiva y sorprendida. La mayoría de las veces se le reclama que debe “anticipar” las cosas de manera de no ser tomada por sorpresa. La experiencia nos ha dicho que incluso “anticipando” la sorpresa y el susto dilatan los tiempos de reacción.
La experiencia que hemos tenido en simulaciones con nuestros participantes en los cursos de Combate Cercano Extremo señala algunos factores de desempeño que son comunes independientemente del nivel técnico de la persona.
El nivel de efectividad (disparos hechos vs. Disparos impactados) oscila en 30% cuando se introducen factores de alto estrés (agresor que se defiende o “humano vs. Humano), lo cual contrasta con el 70% de efectividad observado en polígono bajo condiciones normales (“humano vs. Cartón)
El área de impacto se concentra en la cabeza, pecho superior y las manos debido a que se interpone entre la cabeza al momento en que la persona dispara.
La velocidad de desenfunde decae notablemente bajo situaciones dinámicas en las cuales debe moverse o forcejear, sobre todo con porte oculto.
Tendencia a disparar con una mano y no usar las miras en distancias cortas
Dificultad para hacer seguimiento al disparo, sobre todo cuando se enfrentan múltiples amenazas
Dificultad para manejar enfrentamientos en entornos de 360°. Acostumbrado a “no romper el 180°” pierde perspectiva de la espalda y los laterales. Lo cual tiende a complicarse por visión de túnel.
Exceso de confianza en el Stopping Power tiende a dejar enemigos “heridos mas no caídos”, los cuales toman luego al participante por sorpresa.
El hábito reemplaza las tácticas. La persona actúa como siempre lo hace. Por ejemplo: en situaciones en las cuales debe defenderse, montarse en su vehículo y huir, en vez de montarse por la puerta más cercana busca la del chofer, aún cuando el camino esté comprometido por la presencia de agresores.
Estaticidad, el participante que intenta presentar una posición de tiro (Weaver, Isósceles u otra) tiende a ser impactado en mayor proporción que el que se mueve cuando el enfrentamiento es en distancias de 1 y 2 metros. De igual manera, el que apuesta a su velocidad de desenfunde sobre la necesidad de quitarse para que no le disparen tiende a ser eliminado. De hecho, la tasa de supervivencia se inclina notablemente por el que mantiene movilidad hasta que consigue una cobertura adecuada.
Nuevos métodos, viejos conceptos
No ha faltado quien diga que el mundo del tiro está entrando en una nueva etapa en la cual viejos conceptos son retomados bajo nuevos enfoques. Sin ánimos de ser dueños de la verdad, sugerimos algunas líneas de trabajo.
En nuestra experiencia, hemos podido establecer siete pilares fundamentales que, a nuestro juicio, marcan las líneas del adiestramiento para manejar enfrentamientos armados:
Un nuevo concepto de distancia: Más que distancia frontal se habla de perímetros o “Zonas” alrededor del defensor. Debido a que la mayoría de los delitos se comenten entre dos o más sujetos, no sólo importa quién tenemos al frente sino también alrededor.
Hasta ahora hemos podido establecer tres zonas: Zona 1 (abordado en Combate Cercano Extremo Fase I): Aquella en la que tanto agresor como defensor están al alcance de la mano (0 a 1 metro). Aquí la sinergia mano – arma es fundamental debido a prioridades como: impedir el desenfunde del agresor, desviar el arma, defender la propia o “pelear para desenfundar”
Zona 2: (abordado en Combate Cercano Extremo Fase II): Aquella en que ambos agresores no se tocan (1.5 a 3m). Están demasiado lejos como para emplear técnicas de transición mano – arma pero demasiado cerca como para que influya la velocidad de desenfunde o la posibilidad de cubrirse.
Combate Cercano Extremo Fase I. Al darse cuenta del intento de desenfundar del agresor, el participante bloquea la secuencia y logra desenfundar primero.
Zona 3: (abordado en Combate Cercano Extremo Fase II): Agresores en una periferia de entre 3 a 5 metros.
Entornos de 360°: Bajo el mismo concepto de las zonas, el tirador debe ser capaz de disparar hacia cualquier dirección en el menor tiempo posible. Girar todo el cuerpo para encarar la amenaza tiende a ser poco productivo, por lo que se deben trabajar formas no convencionales.
Los 360° implican todas las direcciones incluyendo arriba y abajo (piense en disparar mientras forcejea en el piso) y posiciones fuera de balance (piense en desenfundar cayendo por un forcejeo)
Desplazamiento: Al concepto tradicional de velocidad de desenfunde y precisión en tiro instintivo se le añade el concepto de “movilidad evasiva”.
El tiro en movimiento no es nuevo pero a nuestro juicio ha sido poco explorado, sobre todo en lo que concierne a quitarse de la línea de tiro del otro, desenfundar, disparar y continuar moviéndose.
La mayoría de los desplazamientos actuales tienden a ser poco prácticos e innaturales, lo que hace que la persona o vaya demasiado lento o simplemente se caiga (pasa con más frecuencia de lo que se imagina). Un correcto trabajo de desplazamiento o Foot Work es algo sumamente valioso en distancias cortas.
Una y otra vez hemos comprobado algo que muchos dicen, quien deja de moverse se transforma en blanco estático tanto para un arma de fuego como para un objeto punzo cortante.
Disparo con una mano y empleo de la “mano muerta”: Con un lapso de tiempo de 1.5 segundos no existe mucho margen para cuidar una correcta presentación del arma. Más movimientos equivalen a más tiempo. Por lo que hemos podido comprobar, a 3 metros de distancia usar una mano añade velocidad sin menoscabar puntería, además de facilitar desplazamiento rápido.
Respecto al sistema de miras menos del 5% de nuestros asistentes han dicho que las emplearon en distancias cortas. Técnicas como el Point Shooting y sus variantes tienden a ser las más normales.
La mano débil, usualmente retraída, tiende a ser útil para una serie de acciones como: desviar, agarrar, empujar, golpear, abrir puertas, jalar a acompañantes y otras tareas que tienden a desempeñarse mientras la persona dispara.
Capacidad de hacer transiciones: Operar en distintos niveles de fuerza; hablar, golpear, usar un arma blanca o de fuego según como escale la situación. El viejo refrán de “Dios nos hizo distintos pero Colt nos transformó en iguales” comienza a contradecirse cuando choca con la realidad. A 1.5 metros cuando un delincuente decidido carga contra nosotros por sorpresa, todas las habilidades combativas y capacidades de desempeño físico se hacen necesarias.
Priorizar áreas de impacto: Sin ánimos de caer en discusiones sobre balística y stopping power, lo cierto es que a distancias cortas y tiempos reducidos generar el mayor y más rápido efecto de detención es imprescindible.
La neutralización mediante impacto al centro de la masa puede llevar tiempo, algo que quizás no tenga de sobra contra un sujeto que devuelve los disparos a 2 metros de distancia. Esto obliga a buscar blancos alternativos como la cabeza. No obstante, sobre los 5 metros el centro de la masa sigue siendo la mejor opción.
Salir un rato del polígono y comenzar a interactuar con personas
Cada persona es un universo. La experiencia – debidamente planificada y supervisada – de interactuar con sujetos que no sabemos cómo van a reaccionar y que van a hacer todo lo posible por eliminarnos añade valor a la práctica convencional.

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