Las nimiedades de Gorriño

Javier Gorriño, en un artículo de reciente data (El Nacional, 17-7-2000), objeta la visión primitiva y sobre todo represiva que caracterizó durante la bipolaridad y hasta la caída del Muro de Berlín a la inteligencia de Estado y que tan negativamente habría incidido en los servicios secretos de América Latina. Habla bien, además, del proceso que nos ha conducido hacia este nuevo tiempo de globalización y de eficiente "transparencia" informativa, tan denostado, por cierto, por el mismo Gobierno al que sirve con lealtad. Trae en su auxilio y a título de ejemplo, finalmente, el tenebroso recuerdo de la otrora KGB y de la CIA, para luego insistir en el deterioro y la atomización de los organismos de inteligencia venezolanos. 

 

 

Debo decir que, al afirmar esto Gorriño, convoca mi aprobación entusiasta. Y no podría ser de otro modo. El credo humanizador emergido durante esta última posmodernidad lo asumí como propio en mi libro sobre el "Nuevo Orden Mundial y las tendencias direccionales del presente" (El Centauro, 1997). Asimismo, por experiencia aneja sé de las bondades y de las graves deficiencias que acusan, por lo general, los aparatos domésticos de "espionaje" estatal. Sin embargo, me confunde el columnista cuando, sin solución de continuidad, introduce la sinrazón de su elaborado discurso: defender la Ley sobre el Sistema Nacional de Inteligencia, elaborado en la DISIP y devuelta por el Presidente al Congresillo.
 

 

Vayamos al grano y dejemos a un lado el tema el signo archipiélágico que identifica a la Inteligencia de nuestro país, visto que nada es más riesgoso para la institucionalidad que depender de una única y no siempre confiable y desinteresada fuente de procesamiento de informaciones. Pues bien, cuando Gorriño denuncia la insensibilidad de la oposición y le acusa de retrógrada por cuestionar la ley de sus afectos, no hace menos que restarle autenticidad a su prédica modernizante. Peor aún, le abre espacios a esa desviación ética que alguna vez hizo suya el positivismo alemán y que admite el uso de los argumentos de la libertad para darle muerte a la misma libertad y a la democracia.
 

 

De otra manera no se podría explicar su postura, cuando juzga de "nimiedad" lo que es una abierta conspiración contra el Título VII de la Constitución Bolivariana: decir que poco importa haber adscrito el SIN a la Presidencia "en vez de al recientemente creado … Consejo Nacional de Defensa (sic)". Olvida Gorriño, paradójicamente, que la inteligencia contemporánea -según la entiende la novísima Constitución- no es cosa exclusiva del Gobierno ni del Jefe del Estado, antes bien es un asunto "del Estado" y de toda la nación; representados, éste y ésta, en el Consejo de Defensa de la Nación que tan olímpicamente tira por la borda. Y, quiéralo o no Gorriño, la Exposición de Motivos aprobada por el constituyente sostiene que tal Consejo es el máximo órgano constitucional, administrativo y de consulta, para el manejo de tan delicada materia.
 

 

Empero, admitamos con él y a título de hipótesis que una violación constitucional como la citada es cosa nimia. Cabría preguntarle, entonces, si acaso ¿ lo es también el carácter unipersonal, envolvente y represivo que asume el modelo de inteligencia vaciado en la ley cuya promoción tanto le motiva? Ergo, a menos que tenga en sus manos un texto distinto del que maneja la opinión pública, no podrá negar que esta Ley Gestapo –como algún travieso fablistán tuvo la ocurrencia de titularla- crea un Servicio Nacional de Seguridad integrado por comandos armados especiales, para que opere como el rector -que no mero armonizador técnico- del mencionado Sistema Nacional de Inteligencia (Artículo 15); para que le proporcione al Presidente toda la información recabada, observando sus únicas instrucciones (Artículos 16 y 17); y, finalmente, para que reprima, sin interferencias del Ministerio Público ni de los jueces competentes, cualquier actividad que en el leal saber y entender del Jefe de tal Servicio atente contra la seguridad de la nación bolivariana (Artículos 26 y 33).
 

 

Estas son, en suma, las "nimiedades" que no menciona ni explica Gorriño en su alegato y que, desde su óptica particular, al ser exageradas por los enemigos de la revolución le impiden a Venezuela ponerse a tono con las exigencias de la cultura universal de los derechos humanos.

 

 

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