Milbloggers (4 al 11 de agosto 2006)

En la época clásica, los fastos de las guerras eran relatados mediante tradición oral. Los hechos, convenientemente tamizados, correspondían a episodios de años atrás. Sus protagonistas probablemente ya estaban muertos.
En las guerras de la independencia de comienzos del siglo XIX, los civiles se enteraban de lo que sucedía en el frente de batalla con meses de retraso, gracias a las cartas enviadas por los soldados a sus familiares o incluso a través de despachos de incipientes corresponsales.
Al final de ese mismo siglo, según lo señalado por numerosos historiadores, los medios que manejaba William Randolph Hearst publicaron el hundimiento de un acorazado estadounidense en La Habana, en los siguientes términos: «El barco de guerra Maine partido por la mitad por una artefacto infernal secreto del enemigo». La explosión ocurrió el 15 de febrero, y la noticia salió 24 horas después. Aunque la revisión posterior de tales hechos ha permitido concluir que este siniestro no fue el producto de un ataque, sino de la ignición de la pólvora almacenada en el parque de armas, acaso por negligencia de sus propios tripulantes.
Viet Nam fue la primera guerra transmitida por televisión. Las batallas de la mañana llegaban a los noticieros al mediodía, y eran reproducidas en los estelares nocturnos. El impacto de las imágenes sobre las atrocidades cometidas en el campo de batalla (uso de armas químicas, fusilamientos, etc.) llevó a concluir a algunos militares estadounidenses que ese conflicto se perdió en buena medida debido a la transmisión de los reportes periodísticos.
En la primera Guerra del Golfo, CNN transmitió en vivo los bombardeos sobre Bagdad, como si fuese un show. Las lecciones del conflicto bélico en el sureste asiático fueron aprendidas por las fuerzas armadas estadounidenses. Entendieron que para ganar las mentes y las almas de la población (objetivo político indispensable en toda guerra) en un esquema democrático no era posible impedir la transmisión de las noticias, pero sí restringir el acceso a las fuentes de información, con el argumento de que se trata de operaciones militares en proceso, por una parte, y por la otra el de la protección de la vida de los propios reporteros y camarógrafos.
Afganistán e Irak, sin embargo, constituyeron saltos cualitativos en cuanto a la transmisión de informaciones sobre lo que sucede en el frente de batalla. En estos conflictos, los periodistas se han quejado del intenso control al que son sometidos por los militares. En consecuencia, la información tiene un sesgo muy marcado y no llena los extremos de imparcialidad requeridos en todo trabajo periodístico.
Este vacío se ha visto compensado parcialmente por la multiplicación de foros de Internet, conocidos como blogs, en los que participan los propios soldados que combaten en el frente. Las computadoras portátiles, dotadas con tecnología de comunicación inalámbrica, hacen posible que los militares de todos los grados estén conectados al resto del mundo en tiempo real, y puedan transmitir informaciones con seudónimos, omitiendo las exigencias del superior jerárquico.
A través de estos foros, los soldados han relatado o corroborado las violaciones a los derechos humanos de los detenidos en Irak, así como problemas en los ámbitos personal y profesional. El impacto de los blogs sobre la opinión pública estadounidense ha sido casi inmediato. Los medios de comunicación han abierto espacios para esta forma de intercambio de informaciones, y han roto parcialmente las limitaciones impuestas por el férreo control sobre el acceso a las fuentes periodísticas. Se ha creado una nueva clase de cybernautas militares, llamados “milbloggers”. Un conteo superficial indica que actualmente están en el aire por lo menos 350 espacios a través de los cuales se obtiene información de primera mano sobre lo que sucede en los frentes de Afganistán e Irak.
El Pentágono se percató de lo peligrosa que puede ser la participación de uniformados en estos foros, y ha ordenado que cada uno inscriba sus seudónimos en un registro centralizado. Igualmente, fue instaurada una oficina que vigila los contenidos divulgados por tales medios. El jefe del Estado Mayor del Ejército, general Peter Shoemaker, advirtió directamente a los soldados sobre el peligro que pueden correr cuando divulgan datos “que el enemigo puede leer fácilmente a través de los computadores”. Bastaría con imaginarse, por ejemplo, qué hubiese sucedido en 1945 si los aliados hubiesen anunciado a través de blogs que acumulaban fuerzas para invadir las playas de Normandía.

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