Muertos de revista (27 de mayo al 3 de junio 2005)

La primera imprecisión de los medios, electrónicos y convencionales, al momento de informar respecto a la nota publicada por el semanario estadounidense Newsweek (sobre supuestas “profanaciones” al Corán por parte de soldados de EE.UU. en la cárcel de Guantánamo) fue señalar que esa información provocó violentas manifestaciones en Pakistán y Afganistán, que a la vez ocasionaron al menos 15 muertos.
En su edición del 9 de mayo la revista divulgó una breve información atribuida a fuentes no identificadas del Ejército estadounidense, según la cual los interrogadores de los individuos apresados en Afganistán y trasladados al centro de reclusión de Guantánamo “arrojaban el libro santo del Islam al retrete”.
La semana siguiente hubo violentas manifestaciones antiestadounidenses protagonizadas por musulmanes, no sólo en los referidos países asiáticos sino también en ciudades como Londres. Igual, por cierto, que en las semanas anteriores a la publicación del breve. La noticia, sin embargo, creció en importancia a la luz de las muertes reportadas en los países asiáticos. ¿Será que a estos individuos los ultimaron a revistazos?
A estas alturas, y a pesar de todo el escándalo generado por el asunto, no se dispone de una estadística sobre el número de ejemplares de Newsweek vendidos en los países donde sucedieron esas manifestaciones y muertes. Tampoco sobre el eco de esa pequeña información en los noticieros locales (“recall”, en términos técnicos). Es de suponerse que ambas cifras son bastante altas, y que los manifestantes creyeron a pies juntillas lo que informó el semanario, aunque después de tantos episodios infaustos todos los lectores –musulmanes o no- tendríamos que ver con cierto recelo las informaciones basadas en fuentes anónimas.
La sobreestimación del efecto que tiene sobre el público los mensajes divulgados por los medios opera especialmente en los reporteros y dueños de los propios medios. Esto sucede a pesar de que ningún estudio efectuado con rigurosidad científica durante los últimos 50 años ha sido capaz de determinar con precisión la magnitud y permanencia de tales efectos.
No obstante, todo el camino recorrido en la comunicología ha permitido concluir algo que parece obvio: para que un mensaje tenga efecto es necesario que el público se exponga a él. Es decir, que lo conozca. Después de la recepción de la información vienen los procesos de decisión, que en este caso se habrían concretado en las violentas protestas de los días subsecuentes.
Señalar que las manifestaciones en toda Asia fueron originadas por la divulgación de un breve en un semanario estadounidense es algo realmente absurdo. De ser cierto, las escuelas de sociología y periodismo deberían cambiar sus planes de estudio, dejando en segundo plano al episodio aquel de la Guerra de los Mundos, transmitida a través de la radio por el maestro Orson Welles.
Lo peor de todo esto es que la noticia, unida al mea culpa de los voceros de la revista, en el sentido de que la información de marras pudo tener imprecisiones, le hace un flaco favor a la libertad de expresión como un valor universal. El Pentágono, acorralado por las denuncias sobre los malos tratos a los presos de su guerra contra el terrorismo, ahora cuenta con una herramienta más para descalificar a sus principales escrutadores.

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