Ofensiva para la paz (5 al 12 de marzo 2004)

 

Febrero fue un mes deeclosión política en Haití y Venezuela. El desenlace que puedan tener ambos casos demuestra hasta qué punto lacomunidad internacional puede organizarse para mantener o retomar la paz.

 

En Haití hubo una“muerte súbita” para el régimen de Jean Bertrand Aristide.  Hasta el día anterior a su dimisión y huída,el ex presidente aseguraba que se mantendría en el poder.  Y de repente, sus más cercanos colaboradoresregaron la especie de que había salido rumbo a la República Centroafricana.  Para el primero de marzo los líderes de larebelión armada, Guy Phillipe y Louis Jodel Chamblain, entraban triunfantes aPuerto Príncipe, anunciando que cesaría el alzamiento.

 

Quizá en otralocalidad más próspera –Haití es el país más pobre del Hemisferio Occidental-la comunidad internacional hubiese desconocido al gobierno surgido de unarebelión como ésta.  Pero para el momentoen que Aristide dejó el poder ya las cartas estaban echadas:  los gobiernos de Francia, Estados Unidos ydel CARICOM habían criticado abiertamente al mandatario, y por lo tanto eralógico pensar que el reconocimiento al nuevo régimen, encabezado por elpresidente de la Corte Suprema de Justicia Boniface Alexandre era una cuestiónde mero trámite.

 

Casi dos meses deinestabilidad costaron a este pueblo alrededor de 800 muertes, si atendemos alestimado de la Organización Panamericana de la Salud.  Un saldo a todas luces cruento.  Cuando la violencia armada era inminente lacomunidad internacional se cruzó de brazos, paralizada por la aplicación delprincipio de no intervención.  Si se veen perspectiva, todo esto luce absurdo. Las tropas de la “fuerza multinacional de paz” llegaron como lospolicías en las buenas películas: al final, cuando ya todo está prácticamenteresuelto.

 

En Venezuela, encambio, el proceso ha estado sometido a una intensa vigilanciainternacional.  El riesgo de un desenlacesimilar al de la isla, con la violencia desbordada en las calles, está presentedesde abril de 2002, cuando el mandatario Hugo Chávez fue “renunciado” por susmás cercanos colaboradores militares, y dos días después logró retomar el poderde manera insólita.  Basta con señalarque el secretario general de la Organización de Estados Americanos CésarGaviria Trujillo se instaló en ese país durante casi seis meses, hasta que eloficialismo y la oposición llegaron a un acuerdo para una salida pacífica,constitucional y electoral.

 

No obstante, y aunqueparezca paradójico, la ejecución de este deseo ha sido entrabada por el PoderElectoral, cuya directiva está ganada en su mayoría a poner reparos insalvablesa las firmas que respaldan la petición de un referendo revocatorio alPresidente.  En la medida en que se alejala posibilidad de realizar una votación, se acerca la violencia.

 

El único muro decontención a una matanza generalizada en ese país es la presencia activa comofacilitadores de los delegados de la OEA y del Centro Carter, así como lasconstantes expresiones de preocupación por parte de importantes componentes delsistema internacional, léase la Comunidad Europea, el Grupo de Amigos yfinalmente la Organización de Naciones Unidas a través de su secretario generalKofi Anan.

 

Estas son lasofensivas de paz que tienen a la palabra como arma. Cuando la palabra cede suespacio y el diálogo cesa, vienen las guerras. Esperemos que Venezuela no se deslice hacia un futuro similar al de susvecinos haitianos.

 

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