Sustancias ilícitas (27 de agosto al 3 de septiembre de 2007)

Sustancias ilícitas
Los atletas precolombinos se fortalecían masticando coca; los griegos bebían extractos de plantas; los nórdicos consumían hongos. Siglos después, a esto se llama dopaje (y en el caso de la coca devenida cocaína y los hongos, adicción a drogas ilícitas).
Desde 1866, cuando falleció el ciclista galés Arthur Linton por una sobredosis de estimulantes, se ha convertido en peste. Los últimos Toures de Francia fueron una feria del dopaje entre algunas de sus estrellas, y el beisbolista norteamericano Barry Bonds acaba de batir todos los récords de jonrones bajo sospecha de consumir esteroides.
En un reciente artículo en EL TIEMPO, el filósofo Peter Singer se interroga sobre una fórmula radical contra el dopaje en el deporte: permitirlo. Singer expone las ideas de un colega, el profesor de bioética Julian Savulescu, quien llama a «abandonar la prohibición del uso de sustancias que mejoren el rendimiento y permitir que los atletas tomen lo que deseen, siempre y cuando no atente contra su salud». En lugar de controles para detectar sustancias ilícitas en los deportistas -dice- se deben buscar indicadores de si estos ponen o no en riesgo su salud (por ejemplo, medir el nivel de glóbulos rojos en la sangre).
Visto desde esta perspectiva, el tema del dopaje en el deporte tiene no pocos puntos de contacto con la ‘guerra contra las drogas’. La discusión de si reprimir o permitir las sustancias ilícitas en el deporte y en la vida cuenta con partidarios y enemigos igualmente apasionados. Para unos, los esteroides y la cocaína deben encararse como asuntos de salud; para otros, son simples delitos y como tales deben ser castigados. Y en ambos casos, como lo muestran de modo lamentable el último Tour de Francia o los miles de millones de dólares invertidos en el Plan Colombia, tal parece que, mientras más controles y prohibiciones se ponen en pie, más recursivos se vuelven entrenadores y deportistas, de un lado, o narcotraficantes y consumidores, del otro, para tener acceso a las sustancias prohibidas.
Los argumentos prohibicionistas, en uno y otro caso, son similares. Así como se justifica reprimir las drogas ilícitas porque hacen daño y generan criminalidad, se alega que el dopaje atenta contra la ética deportiva, perjudica la salud de los atletas y rompe la igualdad entre los contendores (los tres argumentos del Comité Olímpico Internacional para perseguir las sustancias ilegales en el deporte con la misma energía con que la DEA va tras la heroína).
Gente como Singer y Savulescu y otros, como el profesor de Columbia Xavier Sala, arguyen que si se admiten las sustancias hoy vedadas, automáticamente dejarán de ser antiéticas; que actividades permitidas (exceso de entrenamientos, campos en malas condiciones, saturación de competencias) perjudican la salud de los deportistas tanto o más que el dopaje, y que, por el contrario, el dopaje ‘nivela’ las desigualdades genéticas entre los atletas. De modo similar, gente tan diversa como The Economist o el economista Milton Friedman ha alegado que legalizar la droga y atacarla como un problema de salud pública cambiaría el paradigma y libraría a la humanidad de una guerra tan costosa como inútil, que cobra cada año miles de vidas y cientos de miles de millones de dólares.
Ciertamente, no debe abusarse de los paralelos entre el dopaje y las drogas ilícitas. En el meollo del primero están las insoportables presiones que reciben los deportistas: de patrocinadores y clubes, de su país, de sus hinchas. ¿No obligaron a Ronaldo a jugar enfermo la final del Mundial 1998, por razones comerciales? Tras la producción de cocaína u opio hay problemas sociales profundos y conflictos armados en países como Colombia o Afganistán. Pero, más allá de la posición que cada cual tenga en el apasionado debate sobre prohibir o legalizar, lo que sí llama la atención es el común y evidente fracaso del esquema represivo: el dopaje y el consumo de drogas ilícitas siguen tan campantes. Quizá sea hora de revisar, no los controles, sino, al menos, de hacer un debate sincero sobre la estrategia.
Redactor de EL TIEMPO.

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