Terrorismo y tolerancia (15 al 22 de julio 2005)

El ataque terrorista escenificado en Londres el 7 de julio debe preocuparnos a todos, incluso aquellos que viven a miles de kilómetros de distancia de esa ciudad, por lo menos por dos razones.
La primera está directamente vinculada con las características propias del atentado. Poco más de una semana tardaron las averiguaciones en determinar que los individuos que accionaron las bombas, supuestos miembros de una “célula dormida” de Al Qaeda en Inglaterra, se suicidaron en ese mismo acto. Los reportes iniciales apuntaban hacia el lado contrario, pero las pruebas de microanálisis y antropología forense practicadas en los restos de los vagones estallados arrojaron la conclusión de que los portadores de los morrales en los que estaban las bombas permanecieron en sus objetivos hasta el final.
Sorprende la rapidez con la que fueron plenamente identificados los portadores de los explosivos. Esto indica que los avances tecnológicos, cuya expresión más visible son las miles de cámaras colocadas en cada esquina de la capital inglesa, han reportado beneficios para el desarrollo de las pesquisas. Pero, como fue señalado en la prensa española, el efecto de tales dispositivos para disuadir a los perpetradores fue nulo. Simplemente, no los tomaron en cuenta.
Este atentado suicida, además, fue planificado por elementos que tienen nexos con el ámbito inglés, pero que para el 7 de julio estaban en Egipto y en Pakistán. Las autoridades egipcias detuvieron a Magdy Mahmoud Mustafa el-Nashar tras un requerimiento de los británicos. El-Nashar había sido profesor en Leeds, la misma ciudad donde residían 3 de los 4 individuos que llevaban las bombas. Igualmente, 3 de los 4 individuos eran de origen pakistaní, mientras que el otro era de Jamaica. Todos eran musulmanes practicantes.
Se trata, entonces, de un atentado suicida orquestado por una organización internacional. Esto parece obvio, pero las repercusiones de este hecho serán determinantes para el éxito total de la investigación. El gobierno inglés tendrá que contar con la solícita colaboración de aquellos países donde fue planificado este complot, así como la de aquellos en los que los coautores, cómplices o encubridores podrían estar ocultándose. No es descartable, por lo tanto, que las pesquisas sobre este crimen lleguen en algún momento a Latinoamérica, donde hay importantes asentamientos a los que estos individuos podrían llegar para escapar de la justicia.
La segunda razón por la que debe preocuparnos a todos el atentado del 7 de julio tiene que ver con la extraordinaria capacidad mostrada por los ingleses para recuperarse de la pérdida de más de 58 vidas humanas, la enorme cantidad de heridos y la destrucción ocasionada por este acto terrorista.
El primer ministro británico Tony Blair suspendió apenas por un día su participación en la cumbre del Grupo de los 8 (de la cual era anfitrión). Supervisó los trabajos iniciales para el rescate de las víctimas, e inmediatamente retomó lo que estaba haciendo. La bolsa de valores de Inglaterra tuvo apenas un estornudo el 7 de julio, y luego volvió a su ritmo normal. Es poco probable que industrias como la del turismo (profundamente afectadas luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001) sufran esta vez. La economía “absorbió” el golpe de los explosivos, debido en parte a que este hecho es percibido como algo aislado.
Muchos ciudadanos entrevistados por los periodistas expresaron su convicción de que un hecho como el del 7 de julio tarde o temprano iba a suceder en tierra inglesa. El apoyo irrestricto dado por el gobierno de ese país a la guerra contra el terrorismo, en los términos planteados por el presidente estadounidense George W. Bush, tiene un precio. El pueblo británico lo sabía, y se organizó en consecuencia.
Si bien es cierto que el ataque, desde el punto de vista de los perpetradores, fue exitoso en términos de su ejecución, quizá no lo fue tanto en lo que respecta al efecto psicológico buscado. Por supuesto, los ingleses ahora tienen pruebas de que su enemigo podría estar en el mismo vecindario. Pero la conducta reportada en las horas posteriores a las explosiones indica que en los últimos cuatro años han tenido un aprendizaje y una preparación importantes.
Esto es preocupante, no por lo sucedido sino por lo que esto significa desde el punto de vista de los terroristas. El guión de los ataques progresivos, sincronizados y coordinados cada vez llamará menos la atención. Pensemos nada más en quién se sorprendió al escuchar que Hamas reanudó sus ataques explosivos contra Israel, o si llevamos el conteo de los atentados ocurridos en Irak durante las últimas dos semanas. Pues bien, eso irá ocurriendo poco a poco con los atentados en el metro. Quizá los veamos en París, Roma o algún otro país europeo. Hasta que, de repente, pasemos al siguiente escalón.
La tolerancia al terrorismo ha sido observada por autores muy importantes en la materia como Brian Jenkins. Los pueblos desarrollan una capacidad para convivir con los bombazos. Por eso, tarde o temprano, Al Qaeda desarrollará y utilizará modos de destrucción más impactantes. Quizá no sea una bomba nuclear, tal y como ellos mismos lo han anunciado. Pero sabemos que ellos andan tras un arma de destrucción masiva. Y cuando la usen, ¿quedará algún lugar seguro en el planeta? Es cuestión de tiempo.

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