¿Vale la pena definir al terrorismo?

En busca de ideas quepudieran orientar sobre la forma de combatir elterrorismo se desató un gran interés en hallar una definición adecuada para este azote. Era lógico, nopodíamos concebir ni planear la forma de combatir a un enemigo o a un fenómeno del que no nosformáramos previamente un claro concepto. He lamentado que a mis manos no hayallegado hasta ahora un libro que está integrado por la mayor colección dedefiniciones de terrorismo que se han podido reunir. Sin embargo, convencido de lo conveniente que era realizar ese esfuerzo, empecé ahacer mi propia colección, sin establecer limitaciones de género alguno para sus colaboradores.

Reunida una cantidad queconsideré prudente, se me ocurrió tratar de clasificarlas, de acuerdo adiversos criterios, encontrando que a veces dos o más de los criterios de losseleccionados estaban presentes en una misma definición, sin que la forma como éstos venían presentados permitiera darlesprioridad.

Adicionalmente, me hallé tambiéncon el problema que algunas características del autor como la nacionalidad, lareligión, la ubicación política, la tendencia ideológica, la edad, el sexo yhasta la raza estaban detrás de la definición, comunicándole a veces talvehemencia que invitaba a descartarla por demasiado apasionada.

Cuando quien opina lo hace a nombre de un país, de una raza o de unacomunidad azotada por el terrorismo, es difícil mantener una objetividad y lonormal es que, por el contrario, se asuman posiciones extremas para sancionarla conducta de quien los arremete con una crueldad inhumana. No obstante, las atrocidades llegan a producir esaconfluencia de odio y de miedo, capacesde convertir a la víctima en personasdecididas a emplear, casi sin escrúpulos iguales procedimientos.

A partir de ese momento, aquien censura a su adversario le puedenser igualmente aplicadas lasmismas críticas, con lo que ya dentro deese marco se generaría una serie de consideraciones que confunden; como por ejemplo: ¿es la responsabilidad sólo del que inicióla ofensiva?. El primero se tomala iniciativa y actúa, pero el segundo reacciona. El primero es elagresor y el segundo se defiende. Lapregunta que habría que hacerle a ambos es: ¿el terrorismo del queataca es malo, pero el de quien se defiende es bueno?

Y, entonces, ¿es que hay unterrorismo bueno y otro malo? En lamedida en que penetramos en el enredoque nos crea la colección de lasdefiniciones, si nos proponemos analizarlas,pareciera que un razonamiento como elque se empleó en la Guerra Fría se estuviera volviendo a poner de moda.

Me refiero a eserazonamiento que se presenta como típico de las situaciones en las quedebemos creer (o aparentar), que estamos dispuestos a jugarnos el todo por el todo, para neutralizar a quien nos amenace con igual actitud, cuando pretenda hacernos sentirel miedo que nosotros le estamos tratando de infundir. La aplicación de esta técnica fue lo que constituyó el núcleo de la famosa estrategia de la disuasión.

Pero debemos reconocer que tal situación es inconcebible en situaciones en las que lo que está en juego, no sea algo vital, puesto que sólo en estos casos sejustifica lo de “jugarse el todo por eltodo”.

En la Guerra Fría, la disuasióndemostró que ella era sóloaplicable a casos extremos. Yefectivamente, fue tal el poder de su impacto que obligó a las potencias a renunciar a su agresividad. Al comparar las ventajas de una ansiada victoria (inexistente), y optar por regresar a la cordura, a la que inteligentemente invitaba, precisamente, el hecho de aclarar el panorama de esa “victoria”, como la única posible, pero a la que sólo podía aspirar la insensatez de quien ignorara que ella sólo concedería alvencedor (inexistente) el “honor” de desplazarse libremente, entre sus escombros y los de su contendor.

Los norteamericanos, después del 11 de septiembre (2001), debieron sentirse un poco como los japonesesdespués del estallido de las bombas deHiroshima y Nagasaki. Y los japoneses que habían provocado la entrada de losnorteamericanos a la guerra, a raíz de Pearl Harbor, se vieron obligados afirmar su rendición incondicional, con la que terminó prácticamente la SegundaGuerra Mundial.

Una de las sorpresas más desconcertantes, se produjo para todo el mundo cuando en el caso delCentro Mundial del Comercio, un grupo terrorista produce semejante agresión a la mayor potencia del mundo.Desmintiendo de forma brutal la idea de que el terrorismo fuera la “guerradel pobre” y mostrando que elterrorismo podía tratar de lograr cierto equilibrio, así sea momentáneo, entreuna gran potencia y un país con un altogrado de atraso.

Al terrorismo, al que se suele confundir con la subversión,se ha tratado de definir en términosque faciliten su diferenciación. Demanera que las definiciones que se dandel combatiente que lucha por la libertad de su patria, no sean las mismas con que se define al simple terrorista que alquila sus servicios, sea para dar apoyo,sea para mantener o para instaurarregímenes totalitarios que atenten contra la libertad de algún país, o de partede él.

La guerra subversiva llamada así por ser con la que la quemanejan los procesos de resistenciacontra gobiernos despóticos que han arrasado todo vestigio de libertad.Aquellos que se mantienen a base de fuerza, aplicada contra todo síntoma deinconformidad, es un tipo de guerra a la que inicialmente se le solía llamar “guerra de guerrillas”, y que es fundamentalmente clandestina, enel sentido de que actúa contra regímenes de origen bastardo desde el punto de vista democrático. Dentro de la guerra convencional hacía su aparición y llegó a tener unpoder tremendo como ocurrió con laresistencia contra el invasor alemán tanto en Francia como con la “defensa popular total” en la ex Yugoslavia deTito, durante la Segunda GuerraMundial.

Pero al terrorismo, en algunas delas definiciones que hemos reunido se le sigue calificando como “la guerra del pobre”. Lo que en mi concepto deriva del uso que seha hecho normalmente por parte de sectores oprimidos, carentes de los recursosque por otra parte al opresor le sobran, de allí que le sea aplicada esa definición. Lo cual se explica en parte,con el deseo de buscar simpatizantes. Otra de las razones puede ser la deque el terrorismo, se produce generalmente en ambientes, donde una minoríapoderosa somete a la mayoría débil oimpotente a regímenes autoritarios empleando recursos de todo orden para mantenerse en el poder.

Pareciera que la dificultad de definir al terrorismo, no será posible h
allarla basándose en lo que éste tiene de útil para lograr un fin; ni siquiera por el tipo de fin que sepersigue. Quienes logran lo que se proponen a base de terrorismo hacen de ésteuna apología, o niegan que se valieron de él, por vergüenza o para ocultaractitudes políticamente contraproducentes. Los que sufren los embates delterrorismo, lo fustigan con calificativos basados en cuestiones morales a las que susadversarios nunca han dado laimportancia que si le conceden alempeño en lograr lo que se proponen.

Si para aceptar alguna de lasdefiniciones de nuestro adversario, debemos renunciar a nuestros principios morales, y para que eladversario acepte nuestra definición deterrorismo tendríamos que obligarlo apensar y sentir como nosotros; lo que de ser posible, nos convertiría a ambosen cualquier otra cosa, que ya nopodría calificarse de adversarios.

La humanidad entera recibió unade las sorpresas más desconcertante cuando en el caso del Centro Mundial delComercio un grupo terrorista comete una agresión de esa magnitud contra lamayor potencia del mundo. Lo cual como lo dijimos, resquebraja el muy usadoconcepto de que el terrorismo es la guerra del pobre. El inmenso poderdemostrado por los EE.UU. en la Guerra del Golfo, contrasta con la gravevulnerabilidad que se evidencia con el brutal el ataque con que elterrorismo los logra sorprender.

En la tarea de definir con claridad al terrorismo se presenta otradificultad al aparecer éste de pronto confundido con la lucha porla libertad de los guerrilleros nacionalistas; cuya acción que a veces llega atener grandes similitudes, pero con la inmensa diferencia de que el terrorista,puede ser simplemente un mercenario, un hombre que le pone precio a su“trabajo”, y que si se esmera enaterrorizar a sus víctimas, es por razones muy diferentes a las delguerrillero, cuyas metas son básicamente idealistas.

Me consta personalmente deacciones guerrilleras violentísimas. Pero en los casos en que estas seprodujeron, se trató siempre de la pérdida momentánea y circunstancial delcontrol, por parte de quien comandaba la reacción de un pequeño grupo dehombres, contra los cuales se habían cometido graves atrocidades.

En estas situaciones, la reacción de la víctima, está caracterizadamuchas veces por la sensación de indefensión, de gran debilidad como la quepuede producir la dificultad de aplicartoda la fortaleza de que seríamos capaces a un enemigo que a veces se diluye,desaparece, no da su cara. ¿Dónde estáOsama Bin Laden?

Otro de los empeños cuando seintenta definir al terrorismo, es el clasificarlo de acuerdo al fin que sepropone. Pero ni el fin en sí, ni elarrojo con que se pretenda lograrlo, pueden servir de detalle que nos permitadiferenciarlos. A veces nosotros mismos nos expresamos despectivamente delpropósito de quienes luchan por algo, sin detenernos a pensar si lo que lleva aesa gente a asumir tal actitud, es paraellos tan imperativo, como lo que nos impulsa a nosotros a dificultarles su éxito.

Un adagio chino dice “mata a unoy asustarás a 10 mil”. He pensado mucho en el fundamento de esta frase y sobrela que debo hacer las siguientes observaciones.. En el fondo, ella esesencialmente terrorista, en el sentido de que recomienda una de las formas decausar terror. Me llama la atención que sea china; ya que una vidaespecíficamente es una vida para nosotros; pero aunque el valor de una vida en China, no tendría que ser inferior,es así como la inmensa población de esa nación nos lo sugiere. La frase llevatambién el mensaje de que, si se logra “asustar” privando de la vida a unsolo chino, puede ser suficiente.

En consecuencia, a la pregunta de cuánto debemos jugar (o arriesgar) paralograr lo que nos proponemos se podría responder con las tarifas de lo que ellogro de cada objetivo nos demandaría. Esto tampoco nos sirve para hallar ladefinición de terrorismo. No obstante creo que nos vamos acercando a medida queempezamos a encontrar el susto, el miedo. el pánico, el terror, como fuerzadisuasiva aplicable a todo el que pretenda oponerse a nuestros propósitos. Porejemplo, si como en el adagio chino se considera suficiente el precio de unavida, con tal que asuste, quiere decir, que lo que queremos es asustar, nonecesariamente matar (duda que el terrorismo no creo que tenga). En cambio si logrando asustar, obtenemos lo que se desea, Para el luchador por lalibertad puede que resultesuficiente, para un terrorista no creoque eso lo satisfaga.

Parecieraentonces que, cualquiera que a base de terror doblegue la voluntad deladversario está usando algo, para lo cual otros usan el poderío de suarmamento. En un artículo de Security Management de hace algunos años, luego de confesar que definir el terrorismo es una tarea difícil, su autor, Joseph Schneider nos diceque su definición podría ser la simpleamenaza o la acción real en la que laviolencia o la fuerza se usan para obtener objetivo. Lo que él llama la“simple amenaza” es como decir el menorprecio. Y volvemos a dar crédito a la idea, de que sin con la amenaza logramoslo que deseamos podemos economizar vidas. Como pareciera que lo aconseja elautor del adagio chino.

Pero si ante el propósito irrenunciable de obtener lo quedeseamos, nuestra amenaza no nos permite lograrlo, iremos subiendo el “costo” de la misma, con lo cual,pareciera que estamos razonando como terrorista cabe entonces preguntarse: ¿somosterroristas?. O tendríamos que calcular a partir de qué precio, comenzaríamos aserlo.

Da la impresión de que la nociónde terrorismo que se maneja generalmente, está asociada a la de crueldad. En lanoción de crueldad, siempre van implícitos los conceptos de injusticia, deefectos desmedidamente dañinos, de ausencia de piedad, de sadismo etc. que llegan a límites superiores, a los que la humana tolerancia no nos permite llegar.

Nota delescritor

Estas dosúltimas ideas, me están haciendo sentirque nos estamos aproximando a lo queestamos empeñados en definir como terrorismo: la primera, el empeño ir subiendo el costo, hasta que eladversario, debiendo pagar tan alto precio, le resulte preferible desistir desu empeño (nuestra disuasión). Y la segunda idea es la crueldad que, estando caracterizada por factores que aterrorizan, aporta el valorde estos recursos en forma creciente,tratando de neutralizar, como mínimo, el efecto disuasivo de nuestra actitud(la disuasión del adversario).

Si añadimos a estas dos ideas ladel nivel de firmeza de la decisión deno acceder, nos hallaremos ante dosumbrales: el que impone el grado de fanatismo con que está respaldada esaactitud (intransigencia del adversario), o el convencimiento profundo y razonable de que cualquier renuncia a laposición asumida, significa uninsoportable ultraje a la dignidad(intransigencia nuestra).

Esto me recuerda la famosa frasede don Simón Rodríguez a Manuelita Sáenz cuando, ya ancianos los dos, ella le proponía compartir el resto de su vida,y él le responde: “Manuelita, dos soledades no se hacen compañía”. Del mismomodo podríamos decir que dos intransigencias no crean armonía.

Los terroristas suicidas, querecuerdan a los kamikazes, tan admirados como temidos de la Segunda GuerraMundial, o a los héroes que se suicidanantes de entregar la posición que defienden, es una manifestación individual,por muchos que sean los casos.

Pero ni las unas ni las otras son manifestaciones masivas quedifícilmente pudieran esperarse en estetipo de enfrentamiento, salvo cuando quienes toman las decisiones lo hagan enrepresentación de una multitud, pero nunca de una colectividad. Los casos de suicidio colectivo que hemos conocido han sido el producto de fanatismos, rayanos en la locura.

El problema se vuelve a plantearal intercambiar la posición del adversario, o a quien nosreferimos como tal, con la que creemosocupar nosotros. Y entonces volvemos a la duda sobre si el terrorismo es buenoo es malo, dependiendo, de sí somosagresores o si nos estamos defendiendo.

La ofensiva en la guerra se definía como la lucha por imponerle su voluntadal enemigo. Y esa en principio, es laguerra del agresor. Quien ante ella asume la actitud defensiva, definiría suguerra como los esfuerzos para impedir que el agresor, nos imponga suvoluntad. A gran escala, es el mismoproblema de que hemos estado hablando.

A la hora de fracasar en el empeño de imponer nuestravoluntad a un adversario, o de impedir que éste nos lo imponga, puede aparecerel terrorismo, simplemente como unrecurso al que se apela para incrementar nuestro poder y tratar de lograr el éxito en cualquiera delas dos situaciones.

Al llamar al terrorismo “recurso”, tendríamos que, de acuerdo a quien lo emplee, puede recibir distintoscalificativos por ejemplo:

-Si lo usa un país, o un grupo subversivo, víctima de grandes abusos, por parte de otro país o grupo poderoso ydentro de ciertos límites, sería justo.

-Si lo usa un país o un grupo subversivo con tendencias a la dominaciónpolítica, ideológica o religiosa,equivale a una invasión y como tal esexecrable.

-Si lo usa una ideología política, o una religión, para imponer su credo a la fuerza, es detestable.

-Si lo usa un sector económico o financiero, para mantener un monopolio oimponer el uso de determinados productos, sería insoportablemente odioso.

-Si lo emplea una raza,impulsada por fanatismos absurdos sería rechazable como cualquiera de la injusticias contra humanidad.

Notaremos que sólo en el primercaso el calificativo es positivo, y aun así, está condicionado a la expresión“dentro de ciertos límites”. Y aquí volveremos a comentar los nexosdel concepto de terrorismo con la noción de crueldad. Todos los otros adjetivos: execrable, detestable,insoportablemente odioso y rechazable yrecordemos que cuando se habla de crueldad, nos estamos refiriendo a esa mezcla miedo con odio que produce la impiedad. Y que generareacciones como esa que convierte enfiera al manso animal acorralado.

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