El torbellino colombiano (18 al 25 de enero 2002)

 

Optamos por esperar hasta últimomomento para escribir estas líneas sobre el conflicto colombiano.  La fluidez de la situación impone extremaprudencia a la hora de emitir juicios críticos al respecto.  No obstante, este proceso debe ser debatidoen todos los foros posibles, y seguido muy de cerca por la comunidadlatinoamericana.

Es obvio –aunque no por esodejaremos de recordarlo- que lo que ocurra en el Caguán afectará no sólo a loshabitantes de Colombia.  La ondaexpansiva de un recrudecimiento de las hostilidades entre la subversión y lasFuerzas Armadas de ese país se hará sentir de inmediato en toda el área andina,así como en Panamá.  Y en el corto plazoafectará al resto de Sudamérica y Centroamérica.

La región ya tiene bastantesproblemas como para asumir también el que implica dar cobijo a contingentesque, de acuerdo con los estimados de diversos despachos de Derechos Humanos,podrían sumar los dos millones de personas. Tales desplazamientos inevitablemente arrastrarían la conflictividad alos países anfitriones, obligados por una parte a resguardar la seguridadfísica de sus eventuales huéspedes, y por la otra a prevenir la implantación denuevos enclaves de cultivos ilícitos, así como la actividad de las célulasguerrilleras que puedan esconderse en esos territorios, aprovechando laconfusión.

Esta perspectiva podría explicar lareacción que tuvieron tanto el grupo de países facilitadores del diálogo(muchos de ellos vecinos de Colombia) así como la

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