¿Es posible una nueva guerra mundial?

Con el atentado contra las Torres Gemelas, perpetrado por Osama Ben Laden, un fundamentalista musulmán, los temores sobre una gran guerra entre Islam y Occidente encontraron sustento.
La tensión es cada vez más fuerte. Así lo demuestran los últimos acontecimientos. Desde el final de la Guerra Fría se hablaba del Islam como un enemigo potencial de Estados Unidos y Occidente. Los temores se convirtieron en realidad el 11 de septiembre de 2001, cuando Al Qaeda realizó el ataque terrorista más grande de los últimos tiempos. Cerca de 3.000 personas murieron ese día en Nueva York. La respuesta del gobierno del presidente George W. Bush fue clara: atacar el terrorismo y cada uno de sus símbolos. El primero fue el régimen talibán, conformado por un grupo de radicales musulmanes que albergaron a Osama Ben Laden y la red terrorista Al Qaeda en Afganistán. La cruzada fue entendida por muchos musulmanes como un ataque directo contra el Islam.
Un año y medio después, cuando miles de soldados de Estados Unidos y la coalición de países occidentales invadieron Irak, bombardearon las ciudades, derrocaron a Saddam Hussein y mataron a cientos de civiles -y además se pusieron en evidencia las inconsistencias de la acción militar estadounidense-, el resentimiento del pueblo iraquí se recrudeció. La relación entre los musulmanes y Occidente se volvió más conflictiva, lo que estimuló el surgimiento de nuevos grupos fundamentalistas musulmanes que, amparados en la religión, juraron vengarse del agresor.
Las manifestaciones del odio a Occidente son cada vez más abiertas y no se circunscriben a Irak, ni siquiera al mundo árabe. En abril pasado, el diario estadounidense The New York Times reveló cómo fundamentalistas islámicos estaban reclutando abiertamente a europeos de origen árabe en Londres. El diario citó el caso de un grupo de jóvenes de origen paquistaní cuyos padres llegaron a un pueblo al norte de Londres después de la Segunda Guerra Mundial y que desde hace algún tiempo gritan en la calle que les gustaría ver al primer ministro Tony Blair muerto o derrocado y una gran bandera islámica ondeando afuera de su residencia.
Al incremento de grupos radicales se le suma el estado de tensión que se vive en Europa después de que una facción de Al Qaeda anunció un ultimátum para que las tropas abandonaran el país árabe. Las brigadas de Abu Hafes Al Masri, que se atribuyeron la masacre del 11 de marzo en Madrid, le dieron plazo a Europa hasta el 15 de julio y exhortaron a los musulmanes a abandonar el Viejo Continente y si no era posible, a trasladarse a una zona habitada por musulmanes. «Almacenen víveres para sobrevivir con sus familias durante un mes», dijo el grupo a través de la cadena árabe Al Jazeera. Aunque el término ya se cumplió, las autoridades siguen en alerta máxima. Esta tensión aumenta la persecución a árabes y la de por sí gran xenofobia en parte del continente.
Algunas decisiones tomadas por los gobiernos occidentales han agravado el conflicto. En abril pasado, el Ministerio de Educación francés promulgó una ley que prohíbe el «uso del velo islámico, sea cual sea el nombre que se le dé, de la ‘kippa’ (solideo tradicional judío) o de una cruz de tamaño excesivo» en las escuelas públicas. Una de las comunidades más afectada fue la musulmana, pues las mujeres, de acuerdo con su religión, deben usar en presencia de extraños el hiyab, el pañuelo con el que cubren cara y cuerpo. Es una costumbre religiosa, un homenaje a Alá y una forma de manifestar su fe. Las protestas, manifestaciones en la calle y notas de Cancillería en contra de la medida no se hicieron esperar. Sin embargo, Francia se mantiene firme.
Pero quizás el ingrediente que más contribuye a la polarización entre ambas culturas es el conflicto entre Israel y Palestina. El primero es un Estado judío apoyado por Estados Unidos. El segundo, ni siquiera es un Estado soberano y lucha contra Israel por los territorios más ricos y extensos de la franja de Gaza y Cisjordania asignados a Israel por la ONU en el Acuerdo de Oslo de 1948. Después de varias décadas de conflicto, el 28 de noviembre de 2000, Palestina declaró la segunda Intifada, un levantamiento armado en contra de la ocupación israelí. Los enfrentamientos han dejado hasta el momento más de 3.000 palestinos e israelíes muertos.
Para contrarrestar los efectos del levantamiento y apelando a su derecho a la defensa, Israel inició la construcción de un muro que ha intensificado el conflicto y polarizado aún más a los actores. La construcción de hormigón tiene ocho metros de altura, vallas electrificadas, circuitos cerrados de televisión, torres de vigilancia, rutas alternas para patrullas y ametralladoras teledirigidas. Según el gobierno israelí, la barrera impedirá la entrada de palestinos terroristas.
Pero los palestinos alegan que el muro quitará cerca del 58 por ciento de las tierras fértiles a los campesinos palestinos al momento de su construcción, dividirá tierras cultivables, familias, campos deportivos y hasta cementerios. «Y además, nos está robando el agua de Cisjordania. Con el muro las fuentes de agua quedan en territorio de Israel, y sólo el 10 por ciento para una población que triplica a los israelíes en esta parte de Palestina», le dijo en días pasados a SEMANA el viceministro palestino de Información, Amhed Soboh.
Recientemente, la Corte Interamericana de Justicia y la ONU declararon ilegal la construcción del muro y emplazaron al primer ministro israelí, Ariel Sharon, para que la detenga. Pero éste, confiado en la vista gorda de Estados Unidos, siguió adelante con su plan.
Aunque las autoridades islámicas han rechazado públicamente la Intifada y los medios violentos a los que recurren los palestinos, el que Estados Unidos no obligue a su aliado israelí a detener la construcción del muro aumenta el resentimiento musulmán. Por todas estas razones, existe un creciente temor sobre una posible guerra mundial. Pero las cosas no son tan sencillas.
¿Islam contra Occidente?
Desde el inicio del Islam en el siglo séptimo, la expansión de la cultura chocó con las pretensiones colonizadoras de Occidente. Pero sólo en 1993 los temores fueron llevados al papel y convertidos en teoría. El politólogo estadounidense Samuel Huntington escribió ¿Choque de civilizaciones? , una obra que señalaba que el próximo enfrentamiento a gran escala no se registraría entre países ansiosos de poder, sino entre grandes civilizaciones en busca de la defensa de sus ideales. Las más indicadas para protagonizarlo eran Islam y Occidente. El libro fue traducido a más de 26 idiomas y se convirtió en bestseller.
Para algunos, la preocupación de hace décadas encontró en el libro un sustento. Pero para otros solo sirvió para que Estados Unidos tuviera un argumento para escoger al Islam -encarnado en Irak, Afganistán y grupos como Al Qaeda- como su próximo enemigo, después de la desaparición del comunismo tras el fin de la Unión Soviética en 1989. «La sociedad norteamericana por su misma naturaleza busca enemigos, entre otras razones porque es una sociedad que se concibe como triunfante», explica Enrique Serrano, profesor de la Universidad del Rosario.
Además de la amenaza terrorista que representan radicales musulmanes como Osama Ben Laden, el que la religión luche por conservar sus creencias y costumbres y se haya expandido por todo el mundo la convierte en una amenaza. Las cifras demuestran que mientras que Occidente se mantiene demográficamente estable, el Islam, no solo como religión sino civilización, está creciendo a pasos agigantados. Los demógrafos calculan que dentro de 24 años uno de cada cuatro seres humanos será musulmán. Actualmente hay alrededor de 1.200 millones de musulmanes, es decir, una de cada cinco personas. La religión es mayoría en 52 países y una amplia minoría en muchos otros. Hay seis millones de musulmanes viviendo en Estados Unidos, dos millones en el Reino Unido, 3,2 millones en Alemania, cinco millones en Francia, 700.000 en Italia y 700.000 en España.
Huntington y los antioccidentales tienen una explicación para esta rápida expansión. «El renacimiento de religiones no occidentales es la manifestación más intensa de antioccidentalismo. Dicho renacimiento no es un rechazo de la modernidad; es rechazo de Occidente y de la cultura laica y degenerada asociada con Occidente», escribió en su libro Huntington.
En los últimos años, ese rechazo a Occidente ha sido materializado por fundamentalistas como Ben Laden. Aunque tanto él como su organización recurren a la religión e invocan a Alá para que les ayude en sus acciones terroristas, el suyo es un caso aislado que en realidad poco tiene que ver con los fundamentos del Islam. El que la gente piense que todos los musulmanes están dispuestos a cometer grandes crímenes amparados en la fe es solo uno de los tantos prejuicios sobre esta cultura.
Si bien el Corán señala la importancia de luchar por la religión y las creencias, éste rechaza todo tipo de violencia. «El 99 por ciento de los musulmanes no tienen armas ni conocen planes terroristas, ni han participado nunca en una célula radical islámica», afirma Serrano.
Además, Occidente tiende a percibir al Islam como la peor expresión de injusticias y violaciones a los derechos humanos por las historias de lapidación de adúlteras, del uso de los velos y la mutilación de genitales. Por eso ha hecho intentos desesperados por llevar allá un poco de la cultura democrática, justa y moderna que profesa. En parte lo ha logrado. Ahora los jóvenes musulmanes quieren «ser más occidentales», abandonar la vestimenta que los identifica y evitar que la religión afecte su vida cotidiana.
El cambio a la luz de la costumbre es imperdonable; así lo establecen sus cinco pilares, una guía de comportamiento parecida a los diez mandamientos cristianos. Allí hay otra razón de conflicto. «El Islam admira a Occidente, pero no quiere ser exactamente como Occidente, quiere seguir siendo una sociedad esencialmente religiosa. Esas condiciones crean un mundo necesariamente inestable», agrega el académico.
¿Choque de civilizaciones?
Esa inestabilidad puede provocar más terrorismo, señala Serrano. Pero él como otros expertos descarta una gran guerra por varias razones. Una razón son los conflictos dentro del Islam. La civilización está dividida entre sunitas y chiitas, que desde hace más de 10 siglos libran una batalla campal. Por ello, una alianza para pelear contra Occidente es improbable.
Otra razón de su división son las diferentes interpretaciones que se le hacen a la religión. «Los musulmanes comparten ciertas creencias y libros clásicos, pero a partir de eso hay interpretaciones diferentes que dividen la religión», explica el historiador Luis Eduardo Bosemberg, profesor de cultura islámica en la Universidad de los Andes.
Además, Occidente tiene aliados en el mundo árabe como Arabia Saudita, y ningún país estaría en condiciones de enfrentársele militarmente a alguno de los dos. En ese sentido, «no creo que haya una fuerza capaz de desestabilizar al mundo, sobre todo porque Occidente es muy sólido económica y militarmente», agrega Bosemberg. Lo que está pasando es simplemente, «una resistencia hacia Occidente».
La resistencia puede traducirse en terrorismo en manos de pequeños sectores de la gran comunidad musulmana y sus actos poco tienen que ver con la religión. Los enemigos de Occidente son pequeñas facciones con una interpretación propia del Corán y un resentimiento sustentado en las injusticias del mundo moderno. El mundo afortunadamente está todavía lejos de una guerra mundial en nombre de Alá y Cristo.
«Choque de civilizaciones»
Enrique Serrano, experto en el Islam, explica las dimensiones, causas y consecuencias del conflicto entre Islam y Occidente.
SEMANA.COM: ¿Cree que los temores sobre un enfrentamiento o choque de civilizaciones entre Islam y Occidente tienen asidero?
Enrique Serrano: Primero habría que decir que ese estado de tensión de conflicto potencial tiene muchos años, muchos siglos. La relación entre Islam y Occidente siempre ha sido conflictiva y competitiva.
Hay choque de civilizaciones especialmente entre aquellas culturas que siempre han tenido algún tipo de rivalidad, en este caso Islam y Occidente; en todas las civilizaciones no pasa lo mismo. Por eso la relación entre las dos culturas es particular y debe ser tratada particularmente como el propio Samuel Huntington lo hace, pues él habla de un mundo cada vez más pequeño en el que las culturas y civilizaciones se acercan y se tocan entre sí. Eso es irrefutable. La famosa globalización sí existe. Lo que pasa es que, primero, no siempre se manifiesta de una forma violenta y, segundo, esa dinámica violenta no tiene necesariamente los cauces de terrorismo y de violencia material que muchas personas creen que debe tener.
SEMANA.COM: O que últimamente se han visto…
E.S.: No, lo que pasa es que se acabó la Guerra Fría y tanto en Oriente como fuera de Occidente empezaron a salir a la luz una serie de problemas que ya se manifestaban o estaban tapados por la Guerra Fría. Pero el problema ha estado ahí durante mucho tiempo.
SEMANA.COM: Frente a eso, algunas versiones señalan que Estados Unidos siempre necesita encontrar un enemigo. Al terminar la Guerra Fría desapareció el comunismo, entonces tuvo que buscar otro que resultó ser el Islam.
E.S.: La sociedad norteamericana por su misma naturaleza busca enemigos, entre otras razones porque es una sociedad que se concibe como triunfante. Esa condición permite el surgimiento de enemigos, ya sean imaginarios o reales. Obviamente, la Unión Soviética era un gran enemigo en el sentido material, un desafío dentro del espectro de Occidente, una manera distinta de ver la sociedad por su economía, cultura y política. Pero fracasó y quedó el vacío, y Estados Unidos como única superpotencia mundial se vio en ese momento obligado a consolidar su poder en el supuesto mundo unipolar. Desafortunadamente, como lo demuestra Paul Kennedy, esa perspectiva de poder también va en un declive relativo y Estados Unidos es cada vez menos poderoso. Eso se nota porque se rebelan contra él, porque hay muchos más intereses que ya no están bajo el control de Estados Unidos y porque dentro de Estados Unidos hay fuerzas que disuelven en alguna medida la tradicional manera de entender el mundo de los gringos.
Además resulta interesante que Estados Unidos se ha estrellado contra actores no estatales como grupos, religiones, empresas y agremiaciones de muy diverso género que no necesariamente son Estados. Pero prefiere limitarse a los Estados enemigos, como Irak. Pero Al Qaeda es diferente a Irak, a Pakistán o a cualquier otro Estado. Bombardear Irak, bombardear Afganistán no resuelve el problema del terrorismo, al contrario, lo acicatea, lo cambia de escenario, pero sigue existiendo como una amenaza potencial que se refina y se sofistica al cabo del tiempo y que adquiere claridad y conocimiento sobre sus propios objetivos. Entonces se desgasta mucho más tirando contra un enemigo abstracto que está en todas partes, que es difícil de detectar. Eso es lo que ha pasado en los últimos años del gobierno de Bush: Estados Unidos se está debilitando no sólo frente a la Unión Europea y otros actores del mundo como China e India. Ya no es el hegemón que era hasta hace 12 años.
Entonces, la tensión entre Islam y Occidente incluye, además de Estados Unidos, a Europa occidental, la Unión Europea de hoy, incluso otros actores de Europa.
SEMANA.COM: ¿A qué razones se le atribuye esa tensión?
E.S.: La tensión continúa por tres razones básicas. Primero, Occidente no crece demográficamente mientras que el Islam lo hace de un modo exorbitante. Mientras Occidente está cada vez más envejecido, el Islam está cada vez más fortalecido, rejuvenecido y renovado. Segundo, actualmente hay un desplazamiento geopolítico, las poblaciones ya no se quedan quietas en sus países si estos tienen problemas, ese desplazamiento tiene repercusiones mundiales inmediatas. El tercer gran problema es que los musulmanes quieren mejorar sus condiciones de vida de manera relativamente rápida, por lo que se están occidentalizando.
SEMANA.COM: ¿Eso implica que cambien su cultura y religión?
E.S.: El Islam admira a Occidente, pero no quiere ser exactamente como Occidente, quiere seguir siendo una sociedad esencialmente religiosa. Esas condiciones crean un mundo necesariamente inestable. No digo yo un ambiente de guerra, pero sí un ambiente inestable.
SEMANA.COM: ¿Esa inestabilidad se puede convertir en un conflicto de grandes dimensiones?
E.S.: Yo creo que no. La guerra de hordas de musulmanes contra ejércitos occidentales no es posible. Lo que se puede dar es una tensión cada vez mayor que produzca terrorismo a mayor escala, la caída de regímenes y gobiernos moderados en estos países para ser reemplazados por gobiernos radicales o aun más radicales que los existentes. Eso generaría, por ende, la necesidad de que Occidente intervenga.
SEMANA.COM: ¿Cómo se manifiesta el cambio en el Islam del que usted habla?
E.S.: Se manifiesta esencialmente porque los jóvenes empiezan a chocar con sus antepasados sobre la forma como se asume la religión en la vida cotidiana. El Islam es una religión que se manifiesta de modo muy intenso en la vida cotidiana, entonces hay determinados grupos que quieren mantenerse al margen de los aspectos religiosos más visibles o más relevantes para ser un poquito más occidentales, para iniciar una transición. Sin embargo, eso choca con dos problemas. Primero, que las sociedades son casi en su totalidad rurales y allí un cambio demora más tiempo en evidenciarse. Segundo, incluso en las grandes ciudades, la vieja generación (de 35 años para arriba) ya nació y creció en un escenario en el que el Islam es absolutamente vital. Entonces no se quiere abandonar de buenas a primeras lo que ha sido y es.
Pero al joven de 18 años le gusta el rock y quiere bailar tecno. Pero eso no lo hace olvidar lo que es y lo convierte en un híbrido. En ese sentido, el Islam tiene problemas porque una buena parte de su población es joven. Esa condición produce una sensación de incertidumbre y pérdida relativa de identidad que revuelve incluso el ambiente político de los países. Un país como Argelia lo sufre desde hace años, mientras que los jóvenes de las grandes ciudades son pro franceses y pro occidentales; la mayor parte de los campesinos y los ancianos son musulmanes pro árabes. Entonces hasta la lengua en la que hablan, cómo viven y cómo se visten refleja un choque cultural. Algo similar ocurre en Marruecos y Egipto. Esos cambios involucran a mucha gente y tienen efectos inmediatos sobre la vida política de los países, por lo que se tiene la sensación de un mundo agitado.
Esa agitación durará décadas y viene gestándose desde hace décadas. Yo creo que la única manera como esto se puede resolver es cuando se pueda crear una cultura simbiótica entre el secularismo occidental y el confesionalismo islámico.
SEMANA.COM: ¿Qué tan conflictiva puede ser esa simbiosis?
E.S.: Bastante. Cambiará el régimen político en Arabia Saudita y empezará a transformar la estructura política de todos los países árabes y de Asia Central. Estos tendrán ejércitos profesionales, gobiernos tecnocráticos, avances tecnológicos y sin embargo, sociedades islámicas. Eso último no va a morir tan rápido como Occidente se imagina. La posición radical de Occidente (sobre todo de los republicanos de Estados Unidos) es errónea al exigirle al Islam que sea tan laico o tan secular como presume que son ellos. Resulta que ellos no son laicos ni seculares, son confesionalistas protestantes. Entonces un tipo tan radical como Bush no se puede entender con un líder musulmán porque lo considera un loco y un fanático, y el líder considera a Bush un loco y un fanático.
SEMANA.COM: Eso obedece un poco a los mitos que se tienen sobre el Islam…
E.S.: El 99 por ciento de los musulmanes no tienen armas ni conocen de planes terroristas, ni han participado nunca en una célula radical islámica. Es como cuando se dice que toda Colombia está inspirada en las Farc o todos somos narcotraficantes. Ese tipo de generalizaciones provienen del clásico desconocimiento y lejanía que antes suponían esos mundos. Gracias a los medios, esa condición cerrada se ha vuelto porosa y ahora penetran influencias de todas partes. La mayoría de los musulmanes son moderados e incluso pacifistas.
SEMANA.COM: ¿Entonces por qué se inmolan en nombre de la religión?
E.S.: Eso es nacionalismo radical palestino que tiene motivaciones muy distintas a las religiosas.
SEMANA.COM: ¿Pero la gente no es capaz de morir por Alá?
E.S.: Cuando uno tiene 13 ó 15 años y le han bañado el cerebro toda la vida, sí.
SEMANA.COM: Pero no es por cuenta de la religión…
E.S.: En ese caso, la religión es un pretexto, un factor más. Los motivos son realmente nacionalistas.
SEMANA.COM: ¿Y en el caso de la Jihad?
E.S.: El Corán habla de una Jihad, pero es una Jihad defensiva, es una guerra religiosa defensiva que consiste en que cuando a ti te atacan, tú te preparas y reaccionas en contra de los que te atacan.
SEMANA.COM: ¿Eso lo establece el Corán?
E.S.: El Corán dice que ‘si los infieles os atacan, agrupaos y combatid contra ellos hasta la muerte’, es más o menos eso, pero son solo tres renglones. Pero con base en eso se puede hacer un mundo entero de interpretación. Entonces la Jihad puede ser una guerra defensiva del corazón, como dicen los musulmanes.
Pero eso de ninguna manera justifica una lucha nacional como la palestina, por lo que el Islam en su conjunto no reconoce la causa palestina como suya. Ese es un problema político. Ellos no apoyan a terroristas que matan personas. La mayor parte de la gente en el Islam es gente normal que sabe que tiene mucho que perder si tiene una confrontación de cualquier tipo con Occidente.
SEMANA.COM: El conflicto Israel-Palestina puede influir o ser un choque entre Islam y Occidente?
E.S.: En ese caso, la religión es usada como una herramienta. Israel es Occidente, la sociedad que Israel ha montado en ese territorio es una sociedad prácticamente occidental donde los fundamentos religiosos son secundarios. Hay una minoría de personas que cree en la vieja versión judía de las cosas, el 9 ó 10 por ciento de una población de seis millones de personas. Israel es un enclave de Occidente metido en el cercano Oriente. Ellos se enfrentan a una población como los palestinos que ni siquiera representan a todos los árabes jóvenes, no tienen empleo y están obsesionados con tener de nuevo un territorio y un Estado. Entonces radicales como Sharon o el jefe de Hamas aprovechan para organizar bandas muy fuertes de terroristas o de suicidas. La religión es un pretexto. Allí hay una guerra étnica nacionalista.
SEMANA.COM: Y en la prohibición de símbolos religiosos en Francia puede estarse gestando el conflicto?
E.S.: Lo que pasa es que en todas partes se vive alguna faceta del conflicto y Francia la vive porque es un país radical laico, es decir, porque la secularidad es defendida por el Estado con gran fuerza. El que una niña de 10 años salga de la casa con su velo y que en el colegio tenga que quitárselo la convierte casi en una esquizofrénica. Ella en la casa y en su mundo privado e íntimo es una musulmana y en el colegio aparenta no serlo. Eso realmente no es sano, crea una persona con dos personalidades. Eso se generaliza a todos los musulmanes que socialmente rechazan a sus padres, a su cultura, pero siguen siendo musulmanes de corazón. Yo creo que esa es una de esas medidas francesas que muestran cierta intolerancia de parte del gobierno laico.
SEMANA.COM: Eso podría aumentar el conflicto del que hablamos?
E.S.: Sí, y además medidas como esas no calman la situación a corto plazo, al contrario, la agudizan. Allá están obligando a una persona que creció en determinado ambiente a comportarse distinto. Pero es solo una de las tantas facetas en las que se vive el famoso choque de civilizaciones. Por eso decía que Huntington no estaba equivocado, porque la idea de un choque de civilizaciones entre Islam y Occidente es relativamente cierta.

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