Abatido capo de la droga brasilero

MICHAEL ASTOR / AP
RIO DE JANEIRO
José Carlos dos Reis Encina, alguna vez el narcotraficante más conocido de Brasil y a veces comparado con un moderno Robin Hood, murió a manos de pistoleros.
Encina, de 59 años, conocido como Escadinha (escalerita), fue baleado por dos hombres usando varias armas automáticas y que estaban a bordo de una motocicleta, dijo la policía. Otro hombre que viajaba en el vehículo junto a Encina también murió.
Los pistoleros cortaron el paso al auto conducido por el ex narco, quien se dirigía a su trabajo en una compañía de taxis en el centro de Río.
Encina, quien estaba bajo un régimen especial que le permitía salir de prisión para ir a trabajar, ganó notoriedad cuando en 1985 escapó de la ahora ya desmantelada prisión Isla Grande.
El convicto logró huir en un helicóptero que aterrizó en el patio de la prisión. La policía no hizo nada para detenerlo, aún cuando el aparato aterrizó a 500 m de un puesto de la guardia penitenciaria.
No fue su primer escape, sólo el más espectacular.
Ya había huido de la misma prisión en 1983 después que los guardias le dejaran salir para que tomara un bote. Recapturado al poco tiempo, logró huir dos meses después de una cárcel de Río de Janeiro tras, según indicaron reportes en aquel momento, comprar un uniforme de la guardia y salir caminando por la puerta principal de la prisión.
En 1986, fue recapturado por última vez y recibió dos tiros en el pecho por parte de los agentes que le seguían para detenerle.
El mismo año, la Policía Federal acusó a la banda de Encina de planear el secuestro de la única hija de la Reina Isabel II, la princesa Ana, para intercambiarla por su jefe. Pero nada ocurrió con el supuesto plan y Encina cumplió su sentencia.
Su condena inicial fue de 33 años por delitos de tráfico de drogas y robo armado. La sentencia fue posteriormente aumentada a 50 años, pero recibió en el año 2002 el beneficio de salir para trabajar y así abrió una compañía de taxis con 150 autos y 33 empleados a tiempo completo.
En su momento de mayor actividad delictiva, se dijo que Encina controlaba el tráfico en siete de las favelas de Río y tenía unas 300 personas que trabajaban a sus órdenes.
En la favela de Juramento, donde creció como el hijo de un inmigrante chileno, era reverenciado porque destinaba una pequeña parte de sus ganancias a la barriada.

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