Imparables "maras" guatemaltecas

GERARDO REYES
El Nuevo Herald
Armados con escopetas de fabricación casera y exhibiendo musculosos bíceps tatuados con el símbolo de su pandilla, jóvenes de las maras de Guatemala asaltan un promedio de 40 autobuses urbanos al día en la capital del país, según dirigentes gremiales.
Los ataques han dejado un saldo de nueve conductores y ayudantes muertos por haberse negado a pagar el »impuesto de circulación», como se conoce el peaje exigido por las bandas al paso de los vehículos por sus zonas de control.
»La inseguridad que tenemos en Guatemala es muy grande», comentó a El Nuevo Herald, Rudy Maldonado, presidente de la Asociación de Empresas de Autobuses Urbanos de Guatemala.
Los conductores de los buses son víctimas de dos tipos de cobro, explicó Medrano. Uno, en el que no hay violencia, es recaudado por enviados de las maras en las estaciones de los extremos de las rutas. El monto del impuesto depende de la rentabilidad del recorrido. El promedio de cobro semanal por cada autobús es de $6.
Pero la modalidad que más preocupa a la ciudadanía es la del asalto de pandilleros que abordan los autobuses y se apoderan del recaudo de los pasajes y de los bienes de los pasajeros. Los mareros recogen billeteras, joyas y celulares.
Cuando la policía logra frustrar el asalto, agregó Medrano, el caso judicial no avanza debido a que el conductor del bus no se atreve a ratificar la denuncia por miedo a la venganza.
»Hemos tenido varios casos de pilotos [choferes] que se han negado a parar a las maras y luego los mareros los buscan en sus casa para golpearlos o matarlos», agregó Medrano.
Las maras se han convertido en el primer problema social de Guatemala, El Salvador y Honduras. En El Salvador, donde se calcula en 35,000 el número de »mareros», el gobierno ha puesto en marcha un plan de urgencia cuyo nombre, Mano Dura, expresa la desesperación de la ciudadanía. Los pandilleros son jóvenes entre 10 y 25 años que actúan en nombre de una férrea organización y muchas veces son instrumento del crimen organizado o del narcotráfico.
Algunos de los líderes son jóvenes bilingües que crecieron entre las temibles pandillas urbanas de las grandes ciudades de California. Allí llegaron con sus padres, desplazados por los conflictos armados que azotaron a la región en los años 80. Al acumular un largo historial criminal, los jóvenes fueron deportados por las autoridades de Estados Unidos a sus países de origen.
Sin negar que se trata de un problema muy grave, algunos analistas consideran que las autoridades de Guatemala han optado por el »facilismo» de atribuir a las pandillas juveniles todos los delitos que ocurren en Guatemala.
»Se está persiguiendo la apariencia, no el delito», declaró Emilio Gubaud, director la Asociación para la Prevención del Delito (Aprede) «Lo que ocurre es que éste es un problema cuya solución es a mediano o largo plazo y eso le quita el ánimo a los políticos de solucionarlo, porque los resultados no se pueden mostrar de inmediato».

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