Los límites de la filantropía

Hace poco más de un año se inició en los valles de Aragua, Venezuela, un proyecto que pretende convertir en seres productivos a los miembros de 4 bandas armadas.
El proyecto Alcatraz se inició luego del asalto a un vigilante privado que cumplía labores en las instalaciones de la C.A. Ron Santa Teresa, una de las principales productoras de bebidas alcohólicas de ese país. La policía local capturó a los tres individuos que habían participado en el robo. La empresa les dio la oportunidad de reparar mediante el trabajo los daños que habían infligido al cometer este delito. Ante la perspectiva de pasar varios meses en prisión, el trío optó por ejecutar labores de siembra y control de incendios sin tener nada más a cambio que la libertad.
Luego de pagar por sus delitos, los antisociales sugirieron a la directiva de la ronera la posibilidad de incorporar al resto de su grupo en la plantilla de la finca. Eran 22 personas. La empresa descubrió que a través de ellos podría tender puentes con la comunidad circundante a la hacienda donde se fabrica siembra la caña y se fabrican algunos de sus derivados. Posteriormente, fueron incorporados 34 hampones de una banda rival que operaba en el barrio El Cementerio.
El proyecto Alcatraz constituye una iniciativa verdaderamente loable, especialmente para quienes aprecian las actividades de “responsabilidad social” de las compañías privadas. Este concepto fue acuñado en el siglo XIX en Estados Unidos, como una respuesta a las críticas sobre la explotación del hombre por el hombre en el sistema capitalista.
Alcatraz, explica un documento aportado por sus creadores, tiene la finalidad de “neutralizar” a los jóvenes infractores o delincuentes y transformarlos en “líderes del cambio” a través del trabajo. “Busca convertirlos en multiplicadores de la visión del municipio y transformar el peor problema que existe en la comunidad (la mezcla de desempleo con inseguridad) en una fuente de bienestar para todos”, indica el texto. Para más detalles, leer en https://segured.com/index.php?od=2&article=424.
El éxito ha sonreído temprano para los promotores de esta iniciativa. La prensa ha reportado con satisfacción cómo antiguos delincuentes de los valles de Aragua se han regenerado y hasta juegan rugby guiados por un entrenador aportado por la Corporación Andina de Fomento (CAF). En septiembre, el Banco Mundial lo calificó como “proyecto modelo”, a ser replicado en otras localidades, durante la segunda conferencia sobre Juventud, Paz y Desarrollo, celebrada en Sarajevo.
Justo en estos momentos es cuando la prudencia debe imponerse. Los proyectos de responsabilidad social en principio no están concebidos para controlar los riesgos de origen externo que sufren las corporaciones, sino para contribuir al mejoramiento de su imagen en el entorno. Al unir estos dos objetivos (control de riesgo y mejoramiento de la imagen), los promotores pueden prolongar tales amenazas, hacer más difícil su erradicación y en fin de cuentas dificultar la continuidad de sus operaciones.
En la medida en que un proyecto de responsabilidad social incluye o presta un servicio a factores que anteriormente constituían amenazas, estos factores establecen una suerte de alianza táctica con el proveedor. Pero los programas no pueden crecer de manera incontrolada. Tienen un tope. Hasta allí los incluidos gozan de los mayores beneficios durante el lapso más prolongado. Al incluir a nuevos beneficiarios y mantener estable el monto de los recursos asignados, necesariamente tendrá que disminuir la calidad o el tiempo de duración para quienes ya están allí. Entonces comenzarán a romperse los términos de la alianza. Los que nunca fueron beneficiados continuarán en la acera opuesta, unidos ahora con quienes han tenido que salir del programa.
Esta, por supuesto, es una prospectiva totalmente pesimista, que ve al programa como un sistema cerrado e inelástico. Al igual que las posiciones extremadamente optimistas, resulta irreal. Pero sirve para ir adoptando correctivos sobre la marcha. Uno de ellos implica la inclusión entre los promotores del mayor número de instituciones, tanto públicas como privadas, de manera que la iniciativa gane “músculo”, especialmente en lo referido a la disponibilidad de recursos.
En la medida en que entren a jugar más intereses, el fin primordial del programa –el que le dio origen- tendría que ser reformulado. Difícilmente mantendrá su orientación como fórmula para mitigar el riesgo encarnado por la delincuencia. Pero la creatividad humana hace milagros.

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