Prensa nica exige controles externos a las policías

El hecho de que haya policías asociados con criminales y por lo tanto que sean delincuentes ellos mismos, no debería sorprender ni escandalizar a nadie. En realidad, eso ha ocurrido y sigue ocurriendo en todas partes del mundo, aún en los países más educados y desarrollados.
Y la explicación de que eso ocurra es sencilla: la criminalidad, igual que la corrupción, es parte de la naturaleza humana en cuanto a que representa una desviación de conducta. Es decir, una persona es corrupta o delincuente no porque desempeña una determinada profesión, porque ejerce un cargo o practica un oficio específico, sino simplemente porque es un ser humano.
Lo grave en todo caso, y debe ser motivo de gran alarma, es que la sociedad en términos generales esté corrupta, o sea que la corrupción y la delincuencia no sean problemas aislados de determinadas personas sino que estén institucionalizadas. Lógicamente, si son las instituciones las corruptas, no sólo las personas, nadie hará nada por descubrir y mucho menos para castigar al delincuente, más bien lo protegerán y compartirán el botín. Y en ese caso no habría nada que hacer.
Por otro lado, el policía, que trabaja precisamente en los bajos fondos de la sociedad, entre la delincuencia a la que persigue, siempre corre el peligro de contagiarse. Al policía le ocurre lo mismo que al médico y la enfermera, quienes por tener que atender a personas que padecen enfermedades infecto-contagiosas se exponen al peligro de contraer las mismas dolencias que combaten y tratan de erradicar.
Por eso es necesario ejercer una permanente y y rigurosa labor de control de las instituciones. Y en el caso de la Policía, al frente y en la composición personal de su departamento de control interno se debe colocar a elementos debidamente preparados y probados, de reconocida integridad y capaces de resistir cualquier forma de halago y provocación. Pero también hay que permitirles desempeñar sus funciones y atender sus observaciones y el resultado de sus investigaciones.
La Policía Nacional de Nicaragua ha tenido jefes -o más bien jefas- de control con una excelente reputación de integridad profesional. Pero, ¿las demás autoridades superiores de la institución les han permitido desempeñar sus funciones sin obstáculos? ¿han atendido sus recomendaciones? ¿su trabajo ha sido valorado apropiadamente? Por supuesto que estas preguntas sólo pueden ser respondidas por las mismas autoridades policiales, incluyendo a los responsables de control interno.
Por otro lado, precisamente por el mencionado riesgo de contaminación que corren habitualmente los policías, además del control interno de la misma institución es necesario que haya también un mecanismo institucional de control externo, para mayor garantía del profesionalismo y la integridad de la acción policial que es por su propia naturaleza y por encima de cualquier otra cosa, una función de servicio a la comunidad.
La Policía, como todas las instituciones del Estado, debe funcionar en forma transparente. Y la transparencia, como muy bien sabemos, aplicada al ámbito del servicio público significa que la honestidad debe ser obvia, evidente, explícita y verificable, no callada, implícita ni oculta.
La transparencia crea la confianza y ésta, como ha dicho Francis Fukuyama, es la fuerza que impulsa al mundo y el motor que mueve el desarrollo. En realidad, es fácil comprobar en la historia universal e inclusive en la nacional, que una sociedad sólo se progresa cuando sus instituciones funcionan de manera abierta al escrutinio social, y si hay medios de comunicación independientes, con libertad para sacar a la luz lo que se quiere ocultar y con valor para decir lo que se pretende acallar.
La Policía Nacional, para conservar la confianza de los ciudadanos nicaragüenses tiene que ser absolutamente transparente en su labor de combatir la delincuencia externa pero también y sobre todo en las cosas malas o turbias que pudieran haber en su interior.
Y en este momento la Policía tiene que dar al público una información muy clara, categórica y convincente sobre las investigaciones del horrendo asesinato de los cuatro policías de Bluefields, el cuatro de mayo pasado.

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