La guerra de baja intensidad

por Francisco Pineda
¿Qué es la guerra de baja intensidad?
· Una noción clave de la actual estrategia militar de Estados Unidos, para combatir las revoluciones, movimientos de liberación o cualquier conflicto que amenace sus intereses. Sus objetivos principales son:
a. Contrainsurgencia: derrotar movimientos de rebelión popular.
b. Reversión: derrocar gobiernos revolucionarios o los que no se ajustan plenamente a los intereses estadounidenses.
c. Prevención: ayudar a gobiernos aliados de Estados Unidos a evitar su desestabilización.
· La victoria que persigue la estrategia de guerra de baja intensidad no es sólo militar. Busca una victoria más completa, efectiva para un largo plazo, mediante el aniquilamiento de la fuerza política y moral de la insurgencia.
· El principal teatro de operaciones de la guerra de baja intensidad son los países del llamado Tercer Mundo. La guerra de baja intensidad significa la intervención estadounidense en los asuntos internos de otros países. Sin embargo, los militares consideran que ésta también puede ser necesaria para reprimir conflictos internos, dentro de países como Estados Unidos.
· La idea de baja intensidad alude el uso limitado de la fuerza para someter al adversario. Puede transformarse en una guerra de mediana intensidad, en la que se emplearán mayores recursos. El escalón más alto de conflicto para los militares estadounidenses es la guerra de alta intensidad, una guerra abierta contra otra potencia que cuenta con capacidad para el ataque nuclear.
· Las formas de la guerra de baja intensidad son muchas. Se asocian con situaciones de inestabilidad, contención agresiva, paz armada, conflictos militares cortos, antiterrorismo, antisubversión, conflictos internos, guerra de guerrillas, insurrecciones, guerras civiles, guerra irregular o no convencional, guerra encubierta, guerra psicológica, operaciones paramilitares, operaciones especiales, invasión, etcétera.
· La guerra de baja intensidad termina, según la definición de los militares estadounidenses, cuando se requiere el uso de una fuerza mayor. Se pasa al siguiente escalón de intensidad al producirse la declaración formal de guerra entre dos naciones y/o cuando se emplean masivamente fuerzas de intervención militar convencionales. Éste fue el caso de la intervención militar estadounidense en Irak, al transformarse la operación Escudo del Desierto en Tormenta del Desierto. En El Salvador o Nicaragua, por ejemplo, no ha finalizado la guerra de baja intensidad pues ha quedado latente la posibilidad de la insurgencia. Es por ello que los estadounidenses prefieren hablar de Low Intensity Conflict, un concepto que no es eufemista, sino que les permite abordar los problemas de la insurgencia en una dimensión más amplia, y no sólo militar. Esta definición es paralela a la adopción del concepto iniciativa, que es más amplio que el de ofensiva militar.
· Las tropas destinadas a la guerra de baja intensidad se agrupan en una trilogía: las fuerzas para operaciones especiales, las fuerzas para asuntos civiles y las fuerzas para operaciones psicológicas. Una fuerza especial dotada de doce efectivos, por ejemplo, constituye una unidad flexible que puede incluir personal de asuntos civiles o de operaciones psicológicas y tiene alta capacidad de despliegue. “Las fuerzas de operaciones especiales tienen experiencia para mantener un dispositivo no muy visible. Es normal que las FOES entren a un país, completen su misión de apoyo a la nación anfitriona y luego salgan sin que su presencia haya sido mencionada en los medios de prensa de ese país. Según Locher, estos soldados, marinos e integrantes de dotaciones aéreas se han desempeñado activa, efectiva y silenciosamente en el mundo por décadas.”1
· En general, un plan de contrainsurgencia tiene tres fases. “La primera estabiliza la situación militar y política. La segunda, que es la más larga, emplea la presión sostenida y gradualmente intensificada en los ámbitos militar, psicológico y político, para impulsar a los insurrectos a las negociaciones. La tercera utiliza la ofensiva política, psicológica y militar para llevar a efecto las negociaciones.”2
¿Por qué aparece la idea de la guerra de baja intensidad?
En la década del setenta, la victoria heroica del pueblo de Vietnam sobre la intervención masiva de las fuerzas militares de Estados Unidos fue seguida por el triunfo popular en diversos países durante casi seis años: Laos, Camboya, Mozambique, Angola, Etiopía, Yemen del Sur, Granada y Nicaragua.
La reacción de los dirigentes políticos, económicos y militares de Estados Unidos se produjo en 1981, cuando llegó Reagan a la presidencia de ese país. Se consideró entonces que la preocupación principal debería centrarse en lo que ocurría en el Tercer Mundo.
En Asia, África, Medio Oriente y América Latina viven dos tercios de la población mundial y allí se encuentran recursos naturales estratégicos. Durante 1983, el comercio de Estados Unidos con los países del Tercer Mundo llegaba a 175 000 millones de dólares, una cifra casi igual a su comercio con Europa y Japón, juntos.
En esa época decía Richard Nixon, expresidente estadounidense, que la mayor amenaza para los intereses de Estados Unidos no era ya la Unión Soviética o China, sino el levantamiento en los países pobres del Tercer Mundo. Y esto era así, según Nixon, porque “el mayor acontecimiento geopolítico desde la segunda guerra mundial es la pérdida de la batalla ideológica por los comunistas”, en Europa del Este. Además, en ese momento era evidente que una guerra nuclear resultaba inconveniente para cualquier potencia.
Desde la segunda guerra mundial hasta finales de los años setenta, en el Tercer Mundo se produjeron ciento veinte guerras, con un saldo de más de 10 millones de muertos. Nixon observaba que nunca en la historia había existido un conflicto de tan grandes proporciones y tan extenso como la guerra del Tercer Mundo.3
Más recientemente se ha calculado que, sólo en el año de 1988, hubo 111 conflictos étnicos armados, de los cuales 36 fueron guerras en que se exigía autonomía o secesión. Cada diez años, desde el fin de la segunda guerra mundial, han muerto entre 1.6 y 3.9 millones de civiles no armados en las guerras del Tercer Mundo.4
Nixon y muchos generales estadounidenses consideraron, desde el principio de la década de los 80, que la guerra en los países más pobres del mundo era el desafío mayor, y que Estados Unidos y sus aliados no podrían vencer si empleaban las formas tradicionales de hacer la guerra. Consideraron que la superioridad de las fuerzas convencionales nada puede conseguir en contra de fuerzas no convencionales. Desde entonces, ellos se propusieron hacer un cambio global en su estrategia militar contrarrevolucionaria bajo el lema “No más Vietnams”.
El primer paso de los estrategas estadounidenses después de Vietnam fue evaluar los errores cometidos en la conducción política y diplomática de la guerra, en la coordinación de las instancias que tomaron las decisiones, en el aprovechamiento de la información de inteligencia y en el tratamiento de los medios de comunicación.
El segundo fue hacer todo lo posible para recuperar la iniciativa e impedir a toda costa nuevas victorias de los pueblos oprimidos en el Tercer Mundo. En esta línea, lo fundamental no era decidirse por la intervención o no intervención, sino intervenir victoriosamente. Y una de las condiciones para lograrlo consistía en estudiar qué tipo de conflicto tenían enfrente. Una forma de distinguir los conflictos es observar si se trata de guerras regulares o irregulares. Pero luego de la derrota estadounidense en Vietnam se concluyó que, además de la forma, era necesario calcular la intensidad.
En la perspectiva militar desarrollada en Estados Unidos, a determinada intensidad de la guerra corresponde una aplicación de la fuerza de intervención. Esta observación permitió que los militares estadounidenses precisaran que siendo las guerras de baja intensidad las más frecuentes en el Tercer Mundo, Estados Unidos debería de contar con fuerzas entrenadas, armadas, organizadas y dirigidas especialmente para esos conflictos, contra esos adversarios, en ese terreno y ante el tipo de características particulares que presenta la guerra en el Tercer Mundo. Desde la década de los ochenta, bajo esa perspectiva estratégica (la derrota ideológica de los países socialistas y la importancia de los conflictos en el Tercer Mundo), Estados Unidos ha realizado una gran transformación de sus fuerzas militares. Ha modificado sus leyes, su doctrina militar, la estructura y jerarquía de sus fuerzas armadas, las relaciones con los medios de comunicación, los procedimientos para operaciones especiales y la tecnología militar buscando mejorar cuatro aspectos básicos: Comando, Control, Comunicaciones e Inteligencia, lo que abrevian como C3I.
En general, estas rectificaciones de doctrina –sobre todo la prioridad otorgada a los objetivos y las guerras de carácter limitado, de la economía de la fuerza y la redefinición de la ofensiva en términos de iniciativa– son sólo revaloraciones de ciertos principios que tienen el propósito de reducir el número de las bajas militares, es decir, principios de una doctrina militar de naturaleza defensiva. La raíz de esa valoración está en la gran cantidad de soldados estadounidenses heridos, muertos, prisioneros o desaparecidos en Vietnam. Ellos fueron la causa central por la que muchos ciudadanos retiraron su apoyo a la guerra y creció un fuerte movimiento por la paz en Estados Unidos. Éste fue uno de los elementos políticos más importantes de la derrota en Vietnam que los militares estadounidenses tomaron en cuenta para la elaboración de la nueva estrategia.
Principales aspectos de esta doctrina
· Establecer con toda claridad un objetivo de la guerra, decisivo y alcanzable. Si el objetivo es limitado, también la naturaleza de la guerra es limitada. La doctrina militar estadounidense confiere especial importancia a las guerras limitadas, considerando que el mundo ha presenciado ya la última guerra convencional entre grandes potencias (la segunda guerra mundial) y que a largo plazo la hegemonía se decidirá en guerras no-convencionales y limitadas.
· En todos los casos, indican los generales estadounidenses, se persiguen objetivos globales, es decir políticos, económicos y psicológicos, además de militares. La doctrina militar yanqui resalta la importancia de atacar las líneas logísticas de los rebeldes. “El mejor modo de poner freno y, con el tiempo, detener la locomotora que impulsa la ofensiva revolucionaria en la guerra del Tercer Mundo es privarla de combustible”, dijo Nixon.
· Aplicar decididamente el principio de ofensiva, mediante iniciativas que obliguen al enemigo a reaccionar, más que a actuar según sus propios planes. El requisito es apoderarse de la iniciativa, retenerla y explotarla. La naturaleza ofensiva de la nueva doctrina supone desechar el gradualismo ya que, según un militar estadounidense de alto rango, la experiencia en Vietnam “representó un esfuerzo desafortunado por combinar el arte militar y la diplomacia”.
· Concentrar el poder de combate en el lugar y el momento decisivos a fin de obtener también resultados decisivos; sobre todo allí donde los intereses vitales de Estados Unidos son amenazados: Europa, Japón, el Golfo Pérsico y “nuestros más próximos vecinos del sur”. Allí deberán correrse los riesgos necesarios, sin ninguna duda, aun si no es clara la posibilidad de victoria, señaló Nixon.
Debido al fracaso, en 1979, de la operación Desierto Uno, en la que fuerzas especiales trataron de rescatar a los rehenes estadounidenses en Irán, bajo el gobierno de Reagan se inició una reestructuración en las fuerzas de intervención yanqui, cuyos aspectos principales son:
· Unificación de mando: en 1984, se forma la Junta de Jefes de Estado Mayor, que controla la Fuerza Delta, el equipo 6 Seal de la Armada y partes de los grupos 16 y 23 de la Fuerza Aérea.
· En 1987, se unifican por primera vez todas las bases continentales de fuerzas especiales, bajo un mando único, el Comando de Operaciones Especiales de Estados Unidos (USSOCOM), con sede en la Base de la Fuerza Aérea de MacDill, Florida. Controla 46.000 efectivos de las fuerzas de operaciones especiales.
· Mientras el resto de las fuerzas militares se reducen a partir del fin de la Guerra Fría, las fuerzas de operaciones especiales aumentan de manera sostenida. De este modo, los comandos de operaciones especiales y de guerra de baja intensidad ocupan actualmente una jerarquía semejante a la del ejército, la marina y la fuerza aérea dentro de la estructura del ministerio de la guerra estadounidense.
· Para trabajo político en el Congreso y la Casa Blanca se crearon el Grupo Asesor en Política de Operaciones Especiales y la Oficina de Asistentes del Secretario de la Defensa para Operaciones Especiales, encargados de la formulación de políticas, supervisión de presupuestos y relaciones con otras instancias del gobierno estadounidense.
· Armamento y equipo: los nuevos comandos unificados están dotados de la tecnología más avanzada. Debido a ello, su presupuesto pasó de 500 millones de dólares en 1981 a 3500 millones de dólares en 1990.
· Entrenamiento: los principales lugares de entrenamiento se establecieron en el Centro para la Guerra Especial “John F. Kennedy”, en Fort Bragg; el Centro para la Guerra Especial Naval en Coronado, y la Escuela para Operaciones Especiales de la Fuerza Aérea en Campo Hurlburt. Algunos analistas militares consideran que el castellano va a convertirse en la segunda lengua de las fuerzas de operaciones especiales, debido a los conflictos que anticipan en América Latina.
· Modificaciones legales: en 1986, el Congreso emite una enmienda para el uso de las fuerzas de operaciones especiales. Establece normas para realizar las acciones directas, reconocimiento estratégico, guerra no convencional, defensa “interna” en el extranjero, asuntos civiles, operaciones psicológicas, asistencia humanitaria, búsqueda, rescate y antiterrorismo.
· Inteligencia: a mediados de los ochenta la CIA reportó una cobertura mundial y destacó el incremento del número de agentes en los países del Tercer Mundo. Los servicios de inteligencia del ejército, a su vez, aumentaron su capacidad de inteligencia humana (HUMINT) y crearon una Agencia de Respaldo para Inteligencia (A); ésta opera como una rama de la Agencia de Inteligencia de Defensa, pero el Pentágono no reconoce aún su existencia.
· Cambio de procedimientos: Debido a una evaluación crítica de experiencias frustradas –como la invasión de Cuba en Bahía de Cochinos– y a que ni la Casa Blanca ni la Junta de Jefes de Estado Mayor pueden revisar detalladamente los planes operativos, el gobierno estadounidense modificó los procedimientos para la conducción de las intervenciones. Cuando los planificadores tienen un plan y las fuerzas capaces de ejecutarlo, un equipo independiente con experiencia en operaciones especiales de USSOCOM se encarga de revisarlo y verifica los entrenamientos sobre el campo. Elabora un reporte para la Casa Blanca y la Junta de Jefes de Estado Mayor. Una vez que la operación se encuentra en marcha, la intervención del presidente se reduce al mínimo.
Dentro de la doctrina de contrainsurgencia, las operaciones psicológicas pueden apreciarse en los siguientes párrafos de Claude Strurgill:5 “En los casos de insurgencia en América Latina, las actividades psicológicas pueden reforzar nuestro apoyo a gobiernos locales, creando una atmósfera de inseguridad que muestre los grandes riesgos y el alto costo de las operaciones insurgentes. Como ha sido escrito en la Revue d’ Information Militaire: ‘Por definición, las operaciones psicológicas juegan un rol clave en el incremento de la moral de nuestros aliados y en la destrucción de la moral del enemigo y sus fuerzas de apoyo” (U.S., Defense Logistics Agency, 1983)”. Agrega que “las guerras de baja intensidad reclaman tomar todas las ventajas psicológicas posibles y que no debe perderse de vista la importancia de entender la mentalidad latinoamericana. Ella es un acoplamiento de fatalismo y preocupación por el heroísmo y la muerte. Nosotros debemos aprender a entender esa filosofía, tan diferente a la de Estados Unidos. Tal vez en el año 2000, observaremos a esos revolucionarios comunistas como miramos a nuestros indios hace un siglo. No hay duda que el dicho de una cultura amplia, aquí en Estados Unidos, puede bien ser: El único buen insurrecto, es el insurrecto muerto.6
Este trabajo es un extracto de una nota de Francisco Pineda aparecida en la revista Chiapas Nº 2. www.ezln.org/revistachiapas
1) 1) Mayor Robert B. Adolph, subcomandante del Octavo Batallón de Operaciones Psicológicas de Estados Unidos, «Empleo estratégico de las Fuerzas de Operaciones Especiales», en Military Review, edición hispanoamericana, noviembre-diciembre de 1992.
2) 2) Steven Metz, profesor de Conflicto de Baja Intensidad en el Departamento de Estudios sobre la Guerra del Air War College, en la Base Aérea Maxwell, Alabama, «Victoria y compromiso en la contrainsurrección», en Military Review, edición hispanoamericana, noviembre-diciembre de 1992.
3) 3) Richard Nixon, No más Vietnams, Planeta, Barcelona, 1985.
4) 4) Barbara Harff y Ted Robert, «Genocides and Politics since 1945: Evidence and Anticipation», en Internet on the Holocaust and Genocide, The International Conference on the Holocaust and Genocide, Jerusalén, diciembre de 1987.
5) 5) Profesor del Air War College, Air University de la Base Maxwell y del United States Army’s Military History Institute.
6) 6) Claude C. Sturgill, op. cit.

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