Oncólogo cree que el suicidio asistido "tiene más de una víctima"

Diane Pretty, una común y corriente británica, esposa y madre de dos hijos, terminó con su vida de una manera ordinaria en el pasado mes. Según su doctor, Ryszard Bietzk, su muerte fue «perfectamente normal, natural y apacible.»
Su deseso pudo haber sido diferente, si se hubiera aceptado su petición de asistencia para morir trece días antes por la Corte Europea de Derechos Humanos. Diane Pretty, en la última temporada de su difícil enfermedad, había apoyado y promovido una campaña a favor del derecho de morir, pero fracasó en obtenerlo.
Con sida y cáncer y quiere morir Al leer la nota necrológica de Pretty, la cual ha sido muy difundida en toda Europa, me ha hecho recordar mi primer encuentro con un suicidio asistido.
Al finalizar la instrucción clínica como especialista de cáncer, un colega me pidió que examinara a un hombre joven infectado con HIV. Esto sucedía en un hospital de Nueva York en 1990. El paciente, era casi de mi misma edad, de buena apariencia física, sin signos de desgaste por la enfermedad que normalmente presentarían estos pacientes con SIDA. El paciente había desarrollado unas lesiones del tamaño de unas monedas, de color violáceo en la espalda y en el brazo izquierdo, lesiones típicas de un sarcoma de Kaposi. Le realicé una historia clínica y una exploración física, luego inicié una conversación en la que le explicaba su enfermedad. Pero me interrumpió súbitamente diciendo: «Mire, todo lo que quiero es morir. ¿Puede usted ayudarme?»
Desconcertante Por ese tiempo, en los titulares de las noticias se daba cobertura a Jack Kevorkian y su «máquina de suicidio», introduciéndose en nuestra forma de pensar una noción en la cual nunca había reparado. Podría ser que esas historias, las cuales personalmente había leído con antipatía, habían inducido a mi paciente a valorar la posibilidad de acabar con su vida.
Después de casi una década de mi primer encuentro con suicidio asistido, todavía hoy en día es un tema que confunde y seduce a los enfermos y a sus doctores.
Esa misericordia está desorientada Capaces de vivir una vida productiva.
Bajo una mirada fría, mi paciente aparentaba estar saludable, no especialmente ansioso o deprimido. No tenía dolor ni dificultad respiratoria. Estaba en fase de recuperación y podía esperar un retorno a una vida productiva. Aún así, él encontraba su vida insoportable y sólo deseaba acabar con ella.
Probablemente otros se sentirían apremiados o aún más obligados a ayudarle a poner fin a su vida. Cuando el sufrimiento, moral o físico, se vuelve irreversible e insoportable, ayudar a poner fin a tal situación puede parecer como algo misericorde. Pero yo seguía pensando que la misericordia de tal acción estaba desorientada.
Hay que asumir el sufrimiento Abogar por un suicidio médico asistido es negar que el dolor humano pueda tener algún valor, a la vez que se afirma que la ausencia de lo desagradable es una condición necesaria para una vida que valga la pena ser vivida.
Ya sea a corto o a largo plazo, cada uno de nosotros experimentará el sufrimiento. Esquivar el sufrimiento o el huir de éste es una utopía. Es necesario hacerle frente con valentía e intentar descubrir su finalidad.
Sin sufrimiento no existe realidad Añade profundidad, perspectiva.
Como las pinceladas de colores oscuros en una tela, el sufrimiento añade belleza y riqueza a una pintura. Antes del Renacimiento, las pinturas se presentaban de manera plana, en sólo dos dimensiones. Luego, usando la técnica del claro-oscuro (chiaroscuro), los artistas presentaban los temas con mayor fuerza debido a la brillantez y oscuridad. Estos trabajos adquirieron perspectiva y profundidad con la cual reflejaban mejor la realidad.
El sufrimiento es para la vida lo que el chiaroscuro es a la pintura. Ambos nos permiten apreciar sutiles pero importantes realidades: verdades que son fácilmente pasadas por alto, proporcionando una visión más precisa y real de nuestro mundo. Las luces y las sombras del sufrimiento nos ofrecen una oportunidad de apreciarnos tal como somos: frágiles, necesitados, muchas veces consumidos por cosas que poseemos o hacemos.
El sufrimiento pone de manifiesto el sentido de la vida humana El significado más profundo de la vida puede ser revelado por el sufrimiento. Una motivación muy común -probablemente el mayor agravante del sufrimiento- que lleva a pedir asistencia para el suicidio es la soledad: la indiferencia de los demás, el sentirse no apreciado ni ser tomado en cuenta, el saberse no amado ni ser capaz de ser amado. A partir de este sufrimiento, aprendemos que los seres humanos descubren su identidad y dignidad al amar incondicionalmente y al experimentar que son objeto de un amor incondicional a cambio.
Los enfermos y los débiles, los ancianos y vulnerables, los discapacitados y enfermos terminales, son capaces de provocar esa poderosa fuerza de amor incondicional. Podemos dar nuestro tiempo y energías a otros por la sencilla razón de que son merecedores de este esfuerzo.
La palabra «compasión» proviene de la raíz latina que significa «sufrir con». El suicidio asistido mata a un ser humano, pero tiene además otra víctima. Esa otra víctima es nuestra humanidad, la capacidad de sufrir con los miembros más necesitados de nuestra sociedad.
Jose A. Bufill es médico oncólogo en South Bend, Ind.

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