Investigación revela que inmigrantes no incrementan la delincuencia

RESUMEN
La relación entre la inmigración y la delincuencia es uno de los temas más controvertidos en la sociedad contemporánea. Estas discusiones no son nuevas, los debates se remontan a más de 100 años. Un punto general sobre el que tanto escritores a favor de la inmigración como los que se manifiestan en contra es que, a medida que entramos en un nuevo milenio, la última ola de inmigraciones probablemente tendrá un impacto más importante sobre la sociedad que cualquier otra cuestión social. En este ensayo revisamos el amplio cuerpo de trabajos teóricos y empíricos sobre la relación entre inmigración y delincuencia en la América del siglo XX. En esta revisión incluimos trabajos más recientes, así como estudios más antiguos a veces olvidados. Presentaremos las tres perspectivas teóricas más importantes que han servido para explicar el vínculo entre inmigración y delincuencia: la estructura de oportunidades, los enfoques culturales, y la desorganización social. También examinaremos estudios empíricos sobre la participación de inmigrantes en la delincuencia. Concluiremos con una evaluación de la opinión pública sobre los inmigrantes, especialmente en lo que concierne a inmigrantes y delincuencia, y presentaremos datos originales sobre la conexión entre opinión pública y la delincuencia de los inmigrantes.
ABSTRACT
The connection between immigration and crime is one of the most contentious topics in contemporary society. These discussions are not new, as debates on the issue date back more than 100 years. A general point on which both pro- and anti-immigration writers agree is that, as we enter the new millennium, the latest wave of immigration is likely to have a more important impact on society than any other social issue. In this essay, we survey the vast body of theoretical and empirical works on the relationship between immigration and crime in 20th-century America. Throughout, we include new writings as well as older, sometimes neglected works. We discuss three major theoretical perspectives that have guided explanations of the immigration/crime link: opportunity structure, cultural approaches, and social disorganization. We also examine empirical studies of immigrant involvement in crime. We conclude with a review of public opinion about immigrants, especially as it relates to immigrants and crime, and then provide original data on the connection between public opinion and immigrant crime.
Palabras clave: inmigración, violencia, homicidios, teoría criminológica
1. Introducción
Existen razones importantes para pensar que los inmigrantes deberían participar en la delincuencia con un mayor grado que las personas nacidas en los Estados Unidos.
1 Este artículo apareció originalmente bajo el título “On Immigration and Crime” en Criminal Justice 2000. The Nature of Crime: Continuity and Change. Volume 1, editado por Julie E. Samuels, Eric Jefferis y Janice Mnsterman (2000) y publicado por el U. S. Department of Justice. Reproducido y traducido con permiso de los autores. Los derechos de autor permanecen con los mismos. Traduccion de Juan José Medina Ariza autorizada por los autores.
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Martínez y Lee 2Por ejemplo, los inmigrantes encuentran problemas de asimilación y aculturación que la mayoría de los nativos no encuentran y los inmigrantes tienden a encontrar residencia en barrios desorganizados caracterizados por circunstancias estructurales que a menudo están asociadas con la delincuencia, tal y como pobreza, heterogeneidad étnica, y la preponderancia de jóvenes varones. Sin embargo, a pesar de los argumentos presentados por autores y comentaristas que conciben la delincuencia de los inmigrantes como un producto inevitable de la inmigración, los investigadores raramente han producido evidencia sistemática de este problema social que ha vuelto a emerger recientemente.
Aunque existe un conjunto de razones para esperar que los inmigrantes sean especialmente propensos a cometer delitos, la mayoría de los estudios empíricos conducidos durante el siglo pasado han documentado que los inmigrantes típicamente se encuentran infra-representados en las estadísticas criminales.
Existen excepciones parciales a este dato, pero estas excepciones parecen estar más ligadas a las diferencias en las condiciones estructurales entre áreas urbanas donde los inmigrantes encuentran residencia que a las tradiciones culturales de los grupos de inmigrantes. El contexto local es una influencia central que da forma a la participación criminal de los inmigrantes y de los residentes nativos, pero en numerosas ocasiones, cuando los comparamos con los grupos nativos, los inmigrantes parecen estar más capacitados para resistir las condiciones que facilitan la delincuencia que los grupos nativos. En conclusión, esta revisión sugiere que los residentes nativos se beneficiarían de un mejor entendimiento de cómo los grupos de inmigrantes que encuentran condiciones sociales adversas mantienen tasas bajas de delincuencia.
El vínculo entre los inmigrantes y la delincuencia es una de las cuestiones sociales más controvertidas. Las discusiones de esta relación son notablemente controvertidas; tampoco son nuevas, dado que los debates se remontan a más de 100 años. Un punto en el que tanto quiénes están a favor como quiénes están en contra de la inmigración es que a medida que entramos en el nuevo milenio la ola más reciente de inmigrantes probablemente tendrá un impacto más significativo en la sociedad que cualquier otra cuestión social (Suarez-Orozco, 1998; Brimelow, 1996). Si el pasado puede servir de orientación, la relación entre delincuencia e inmigración ocupará un papel central en los esfuerzos para tratar de entender este impacto.
Históricamente, la opinión pública sobre inmigración, y el vínculo de la inmigración a la delincuencia en particular, ha estado más a menudo influenciada por estereotipos que por datos empíricos fiables (Espenshade y Belanger, 1998; Simon, 1985). De forma similar, la política de inmigración a principios del siglo XX se dejó guiar por investigaciones cuestionables y prejuicios más que por unos fundamentos sólidos de conocimiento basados en la literatura científica existente (tal y como es citado en Sellin, 1938). Es por tanto esencial revisar de forma sistemática la literatura sobre inmigración y delincuencia para que los debates públicos y políticos puedan estar mejor informados.
En este ensayo, revisamos el amplio cuerpo de conocimientos teóricos y trabajos empíricos sobre la relación entre delincuencia e inmigración en la América del siglo XX. En este ensayo, incluiremos tanto estudios contemporáneos como otros más antiguos que han sido en ocasiones ignorados. Es importante notar que esta literatura es problemática por, al menos, tres razones (ver Short, 1997; Marshall, 1997): (1) las discusiones sobre un grupo particular de inmigrantes usualmente ocultan las amplias variaciones en las
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Martínez y Lee 3condiciones de vida (p.ej., estatus socioeconómico) de las personas de este grupo; (2) el uso de amplias categorías raciales y étnicas a menudo esconde importantes diferencias entre subconjuntos y hace que la realización de comparaciones entre estudios sea difícil (p.ej., los inmigrantes asiáticos pueden ser agrupados conjuntamente en un estudio pero tratados de forma separada en otro estudio como filipinos, chinos, vietnamitas, etc.); y (3) los patrones de participación criminal varían considerablemente entre generaciones de grupos inmigrantes y no hay un criterio aceptado para determinar cuántas generaciones han de pasar para que un grupo de “inmigrantes” sea considerado como un grupo de “nativos”.
En la primeara sección, discutiremos las tres perspectivas teóricas más importantes que han guiado las explicaciones del vínculo entre delincuencia e inmigración: estructura de las oportunidades, enfoques culturales y desorganización social (Bankston, 1998). A continuación examinaremos los estudios empíricos sobre la participación de inmigrantes en delincuencia. Hemos organizado este conjunto de estudios en sub-secciones que analizan la relación entre inmigrantes más recientes e inmigrantes más antiguos en la historia de los Estados Unidos. Finalmente, revisamos la opinión pública sobre los inmigrantes, especialmente en lo que se refiere a delincuencia e inmigración, y proporcionamos datos originales sobre la relación entre opinión pública y la delincuencia de los inmigrantes.
2. Perspectivas teóricas.
Se han propuesto un número aparentemente infinito de variedades de explicaciones para dotar de sentido a los datos voluminosos y a menudo contradictorios producidos por los estudios que han examinado la relación entre delincuencia e inmigración. Algunos autores a principios del siglo XX en América alegaban que los grupos de inmigrantes eran biológicamente deficientes comparados con los sujetos que no eran inmigrantes y que la delincuencia no era sino uno de los muchos productos deleznables que se pueden esperar como resultado de dejar a inmigrantes “inferiores” entrar en el país. Por ejemplo, un autor temía que la inmigración conduciría a “destruir las cualidades inherentes raciales y familiares –físicas, mentales y espirituales- de la gente en el país receptor de inmigrantes” (Laughlin, 1938, p. 5). Una buena parte de este trabajo de orientación biológica estaba asociado con el desacreditado movimiento eugénico, y aunque fracasó a la hora de facilitar evidencia empírica para respaldar dichos argumentos, estas ideas influyeron la legislación sobre inmigración en los Estados Unidos durante la década de los años 20 (Sellin, 1938; Hagan y Palloni, 1998).
Las teorías que son populares en la actualidad tienden a subrayar variables socio-psicológicas (p.ej., estrés resultante de las presiones de aculturación) o, más a menudo, variables sociológicas (p.ej., desorganización comunitaria). Existe un considerable grado de desacuerdo entre diferentes escuelas de pensamiento sobre la importancia de diferentes factores, pero la mayoría del trabajo teórico se puede clasificar en una de las perspectivas más importantes mencionadas en la próxima sección. Estas explicaciones normalmente emplean varios elementos teóricos, y es ciertamente una invención analítica pensar que los factores “culturales” pueden ser separados de sus contextos “estructurales”.
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Martínez y Lee 42.1. Estructura de oportunidades vitales
Las teorías de la estructura de la oportunidad destacan las estructuras sociales y materiales que dan forma a los valores y actividades de los grupos en la sociedad americana (Bankston, 1998). Dado que no todos lo grupos sociales tienen el mismo acceso a las oportunidades legítimas para la obtención de riqueza y estatus social, algunos sujetos “innovaran” para tomar ventaja de las oportunidades ilegítimas a su alcance. Este tipo de explicación fue popularizada por Merton (1938) y presta atención a los mecanismos por medio de los cuales los grupos desaventajados (los cuales a menudo incluyen a inmigrantes) pueden ser denegados los medios legítimos (p.ej., trabajos) para alcanzar los objetivos culturalmente sancionados (p.ej., un estilo de vida de clase media). Cloward y Ohlin (1960) añadieron la noción de que algunos grupos, particularmente aquellos que viven en áreas urbanas con un alto nivel de delincuencia, tienen más oportunidades ilegítimas que otros.
Numerosos autores han reconocido desde hace tiempo la tendencia que tienen los nuevos inmigrantes de encontrar acomodo en barrios que se caracterizan por su pobreza, viviendas deterioradas, malas escuelas y altas tasas de delincuencia (Thomas y Znaniecki, 1920; Taylor, 1931; Shaw y McKay, [1942] 1969; Hagan y Palloni, 1998). Segregados en este tipo de barrios, los inmigrantes pueden encontrar en la delincuencia un mecanismo para superar las barreras para tener acceso a oportunidades económicas mientras que en la delincuencia organizada pueden encontrar un mecanismo para penetrar el mundo de la política (Whyte, 1943). Otros autores han sugerido que grupos de inmigrantes sin un pasado criminal pueden verse “contaminados” por las oportunidades criminales que abundan en sus barrios (Lambert, 1970, p. 284; comparar Sampson y Lauritsen 1997 cuando presentan la hipótesis de la proximidad). De conformidad con esta perspectiva, la criminalidad de los inmigrantes es más que nada una función de los factores estructurales pre-existentes tal y como la pobreza (Yeager, 1997); una preponderancia de varones jóvenes solteros (Taft, 1936; Gurr, 1989); o la disponibilidad de alcohol (Alaniz, Cartmill y Parker, 1998) más que una función de las características biológicas o las tradiciones culturales del grupo de inmigrantes.
Las pandillas juveniles y bandas contemporáneas pueden ser conceptualizadas como un mecanismo alternativo para asegurar riqueza y estatus en áreas urbanas en las que los inmigrantes están concentrados y en las que la pérdida de trabajos de cuello azul ha socavado la base principal de ascenso social empleada por generaciones anteriores de inmigrantes (Gans, 1992). Los hábitos de la vida en las fabricas asociado con la revolución industrial socializaron las olas anteriores de inmigrantes (p.ej., italianos, irlandeses) y facilitaron su estabilidad económica y su asimilación en la cultura americana, suprimiendo así su participación criminal (Lane, 1997). Pero la desaparición en la actualidad de trabajos en la industria, ligados a la transición de un modelo económico orientado a la manufacturación hacia uno orientado a la prestación de servicios, ha tenido consecuencias drásticas en las oportunidades legítimas (e ilegítimas) en las ciudades americanas (cf. Wilson, 1987; Anderson, 1990). Aunque la desindustrialización afecta tanto a inmigrantes como a no inmigrantes, los recién llegados (que se encuentran cultural y económicamente en los márgenes de la sociedad americana) pueden encontrar los beneficios potenciales de la “economía informal” particularmente atractivos (Bankston, 1998; Vigil y Long, 1990). Dado que la posibilidad de ser
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Martínez y Lee 5miembro de una banda no está abierta a todo el mundo y está, de hecho, normalmente basada en la identidad étnica entre otras cosas (Sánchez-Jankowski, 1991), la disponibilidad de oportunidades ilegítimas en las bandas es una variable estructural que influye de forma diferente a la delincuencia de los inmigrantes entre unidades sociales tal y como ciudades y barriadas.
2.2. Enfoques culturales.
Además de estos factores estructurales, los autores han destacado cómo factores culturales también juegan un papel en la participación criminal, y en particular en la delincuencia de los inmigrantes. La tesis de la “cultura de la pobreza” –que destaca como la gente con escasos ingresos se adapta a sus condiciones estructurales en formas que perpetúan su condición de pobreza- es un ejemplo de explicación cultural (Lewis, 1965). Así, participar en la delincuencia es una forma de adquirir estatus social que aleja a los niños de las tareas escolares, lo que reduce sus probabilidades de mejorar su situación económica en el futuro. Una variante de esta explicación de la delincuencia, la tesis de la “subcultura de la violencia”, sugiere que la violencia puede llegar a convertirse en un mecanismo “normal” y esperado para resolver disputas en áreas económicas marginadas (Wolfgang y Ferracuti, 1967).
Dado que los inmigrantes y las minorías étnicas son más propensas que los nativos blancos a residir en este tipo de áreas, estas teorías culturales podrían ser particularmente útiles. Sin embargo, como Sampson y Lauritse (1997) destacan, la teoría de la subcultura de la violencia no puede explicar las amplias variaciones en tasas de delincuencia violenta que existen entre barrios poblados por minorías étnicas y que presentan diversas condiciones estructurales, de ahí que concluyan que las condiciones estructurales son en última instancia más importantes que las tradiciones culturales. Bankston (1998) también nota que el hecho de que existan pandillas en grupos de inmigrantes marginados diversos implica que éstas son el producto de condiciones estructurales similares que estos sufren más que un resultado de las tradiciones culturales de un grupo específico en particular. Finalmente, sería un error atribuir las tasas comparativamente mayores de forma de delincuencia menor, tal y como el juego y las apuestas ilegales entre los portorriqueños que llegaban a Nueva York en la década de los 50, a sus tradiciones culturales específicas, dado que otros grupos marginados nativos, como los afroamericanos, también exhibían tasas elevadas de estas formas delictivas. Como Handlin (1959, p 101) señala, ninguno de estos grupos consideraba las apuestas y el juego como una forma delictiva. De hecho, los juegos de apuestas vienen a representar el ideal americano de progreso económico.
No obstante, algunos autores sugieren que ciertos tipos de delitos son más prevalentes entre específicos grupos de inmigrantes por razón de las tradiciones culturales importadas de su país de origen. Tanto Sutherland (1947) como Sellin (1938) argumentaban que los grupos de inmigrantes tienen “predisposiciones criminales” hacia ciertos delitos. Por ejemplo, en la década de los 20, los italianos tenían tasas altas de condenas por homicidios, pero tasas bajas de detenciones por borrachera (Sutherland y Cressey, 1960). Un estudio de Hawai en el mismo período revelaba que los inmigrantes chinos traían consigo tradiciones de cierto tipo de juegos y apuestas ilegales (Lind, 1930b).
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Martínez y Lee 6Una versión prominente de la teoría cultural que se encuentra particularmente bien posicionada para explicar la relación entre delincuencia e inmigración puede ser encontrada en los escritos de Sellin (1938) sobre “conflicto cultural”. Sellin (p. 21) reconocía que el derecho penal refleja los valores de los “grupos de interés dominante” en la sociedad, y que los valores de otros grupos sociales, particularmente los de los inmigrantes, son muy diferentes. En casos en los que los códigos culturales de los grupos dominantes y los grupos subordinados entran en conflicto, los agentes de la ley etiquetan como desviada la conducta de los miembros de las clases subordinadas. No obstante, el criminal puede estar actuando de conformidad a normas subculturalmente aceptadas y sentir que no existe un “conflicto mental” cuando viola la ley. Sellin (p. 68) proporciona un ejemplo clásico:
“Hace unos cuantos años un padre siciliano en Nueva Jersey mató al seductor de 16 años de su hija, expresando sorpresa a su detención dado que se había limitado a defender el honor familiar de conformidad a la forma tradicional. En este caso, no existía un conflicto mental en el sentido sociológico”
Así, Sellin (p. 69) distingue entre conflicto “interno” (mental) que puede estar ligado a sentimientos de culpabilidad o vergüenza de los conflictos “externos” (a escala de los códigos culturales) que no presentan estos sentimientos. A medida que la sociedad se hace más compleja por medio de los procesos de diferenciación (la inmigración siendo solamente uno de estos procesos), el potencial para los conflictos entre “códigos culturales” operativos también aumenta.
Cuatro años más tarde, Sutherland (1934, p. 51-52) ofrecía una explicación similar, señalando que “el conflicto de culturas es, por tanto, el principio fundamental en la explicación de la delincuencia [y]… mientras mayores sean los patrones de conflicto cultural, más difícil de predecir será la conducta de los individuos”. Esta tesis se puede aplicar a todos los grupos sociales, pero claramente presenta una razón clave para entender porque los inmigrantes participan en la delincuencia, quizás sugiriendo que los inmigrantes deberían tener mayores tasas de delincuencia que la población nativa, en tanto que otros factores causales se mantengan constantes.
Otra vertiente de la literatura que se inserta en la tradición cultural se ha centrado en el análisis de los procesos por medio de los cuales los inmigrantes se adaptan a las tradiciones del país receptor (Padilla, 1980). Se ha mantenido durante mucho tiempo que la “aculturación” a un nuevo ambiente implica el “ajuste a normas heterogéneas de conducta” y esto, en consecuencia, puede conducir a mayores tasas de delincuencia (Sellin, 1938, p. 85). Las pandillas de inmigrantes, por ejemplo, generalmente presentan vínculos tanto a las tradiciones culturales americanas como a las de la cultura de origen de los inmigrantes; los vietnamitas adultos en los Estados Unidos se refieren a los jóvenes delincuentes vietnamitas como “americanizados” (Bankston, 1998). Las pandillas de inmigrantes también se forman como reacción a las tensiones étnicas en diversos barrios; las pandillas ofrecen protección física de otras pandillas con una identidad étnica diferente y sirven para mantener la identidad étnica frente a las presiones de la asimilación cultural (Chin, 1990; Du Phuoc Long, 1996).
Otros trabajos empíricos y teóricos sobre aculturación y delincuencia han encontrado que la delincuencia entre los jóvenes coreanos americanos varía en función del modo de aculturación: separación, asimilación, y marginalización. De forma muy interesante, los jóvenes asimilados eran más propensos a cometer actos delictivos que
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Martínez y Lee 7aquellos que estaban separados o marginados (Lee, 1998). De forma similar, Stepick (1998) documentó que los niños haitianos en el sur de Florida se ajustaban a los extremos sentimientos anti-haitianos haciéndose pasar por afroamericanos. De forma creciente, estos niños están empezando a recibir sanciones penales como consecuencia de su alienación de la sociedad de inmigrantes haitianos y la sociedad americana.
2.3. Desorganización social
La perspectiva de la desorganización social, aunque no niega la importancia de factores culturales o estructurales, añade a estas otras perspectivas una preocupación por la ruptura de las instituciones sociales de la comunidad que resultan de cambios sociales. Bursik (1988, p. 521) de forma concisa describe las áreas desorganizadas como aquellas que poseen “la inhabilidad para desarrollar y alcanzar los valores comunes de los residentes o para resolver los problemas de los mismos”. En barrios organizados, las instituciones locales de la comunidad trabajan juntas para alcanzar los objetivos de la comunidad, proteger sus valores, y en general para controlar la conducta de los miembros de la comunidad en formas que son consistentes con estos objetivos y valores. Bankston (1998) destaca que la inmigración puede minar las instituciones establecidas por medio de un proceso de cambio demográfico, mientras que al mismo tiempo hace más difícil alcanzar acuerdos sobre lo que constituyen valores comunes. La implicación es que cuando los controles sociales de la comunidad se debilitan la delincuencia florece.
Uno de las presentaciones más influyentes y antiguas de esta perspectiva fue la esbozada por Thomas y Znaniecki en los cinco volúmenes del trabajo publicado entre 1918 y 1920 titulado El campesino polaco en Europa y América. Thomas y Znaniecki escribieron sobre los numerosos cambios sociales que afectaron a los campesinos polacos durante este período, incluyendo las influencias desorganizadoras inherentes en desplazarse desde las áreas rurales, simples y homogéneas de Polonia a las áreas urbanas, complejas y heterogenias de los Estados Unidos. Estos autores definen la desorganización social como “la disminución de la influencia de las reglas sociales existentes sobre la conducta de los miembros individuales de un grupo” (Thomas y Znaniecki, 1920, p. 20). La efectividad de las reglas sociales (p.ej, leyes) derivan del vínculo de los individuos con las mismas (p.ej., actitudes favorables a la ley). En una sociedad organizada, hay una congruencia entre las reglas del grupo y las actitudes individuales. La desorganización implica una separación entre las reglas y las actitudes, de tal forma que los individuos no se sienten obligados por las leyes y se consideran libres para desobedecerlas (p.ej., participar en la delincuencia). Visto desde esta perspectiva, la desorganización era un término neutral que sugería la posibilidad de cambio social, tanto positivo como negativo, y la liberación individual de los estándares opresivos de la comunidad, aunque generalmente es un concepto que se ha aplicado a los estudios de la delincuencia. Una contribución de esta literatura es el reconocimiento de que la delincuencia no solamente es una función de fuerzas económicas (p.ej., pobreza) o culturales (subcultura de la violencia), sino que se encuentra íntimamente ligada a los procesos fundamentales de cambio social.
Thomas y Znaniecki (1920, p. 82-83) describen dos tipos generales de desorganización que afectan las comunidades (y otras organizaciones tal y como la familia). La primera, especialmente relevante para las comunidades de inmigrantes, causa
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Martínez y Lee 8un descenso en la solidaridad cuando la generación más joven adopta los valores de la nueva comunidad en lugar de los valores tradicionales del “viejo mundo” sustentados por la generación de los padres (ver también Schneider sobre “anomia cultural”). Un ejemplo es la influencia de las escuelas americanas en los niños inmigrantes –aprender un nuevo lenguaje y valores genera deseos en los niños de adquirir experiencias que la generación más vieja no puede proporcionar, reduciendo de forma simultanea la habilidad de la comunidad y de los padres para controlar su conducta (ver también Young, 1936). El segundo tipo de desorganización ocurre entre los miembros de la generación más vieja a medida que sus valores son sometidos a interpretación diferencial con el paso del tiempo o a medida que las reglas no son aplicadas, conduciendo a la “falta de armonía social”.
Aunque no estaban particularmente interesados en la delincuencia, Thomas y Znaniecki ([1920] 1984) aplicaron la idea de la desorganización a la delincuencia de los inmigrantes polacos. Los homicidios entre los polacos, por ejemplo, tenían una etiología muy diferente en Polonia en comparación con los que ocurrían en Estados Unidos. Los homicidios entre polacos en Polonia estaban confinados al pequeño grupo comunal de cada uno, los homicidios de desconocidos eran raros. El motivo (p.ej., venganza) en estos casos era sentido de forma más intensa y generalmente era precedido de largos periodos de conflicto, así como de un sentimiento de violación de lo que se percibían como valores profundos. En contraste, los homicidios en América cometidos por inmigrantes polacos tendían a envolver una víctima que era un desconocido o que no era muy cercana al agresor y tenía una probabilidad menor de estar ligados a la seriedad de una violación de un estándar tradicional de la comunidad. En las áreas desorganizadas de América en la que los inmigrantes polacos viven, las ataduras sociales que existían en Polonia han desaparecido y los controles comunitarios se han debilitado. Liberados de estos controles sociales tradicionales y sometidos a fuerzas sociales que influyen sus vidas en formas que no pueden controlar o comprender, algunos inmigrantes polacos exhiben un nivel “general de nerviosismo” y una “expectativa, vagamente definida, de hostilidad” (Thomas y Znaniecki, 1984, p. 286) que eran virtualmente desconocidas en el país de origen. En tales circunstancias, el homicida puede ser provocado por ofensas triviales en apariencia porque el inmigrante siente la necesidad de adoptar acciones individuales contra afrentas dado que:
“el homicida no se siente respaldado en sus tratos con el resto del mundo por un grupo social fuerte y no es consciente de ser miembro de un grupo social organizado. Su familia es demasiado débil y se encuentra demasiado dispersa como para darle un refugio social seguro… donde pueda ignorar las provocaciones externas y se sienta importante y seguro (Thomas y Znaniecki, 1984, p. 286).
Así, la debilitada comunidad polaca en América era incapaz de resolver disputas y organizar la conducta tal y como se hacía en el país de origen y esto tenían implicaciones para un conjunto de problemas sociales, incluyendo la delincuencia.
A pesar del voluminoso trabajo de Thomas y Znaniecki, los investigadores de forma más común asocian la perspectiva de la desorganización social a los escritos de Shaw y McKay (1931, [1942]. 1969; ver también Ross, 1937; Kobrin, 1959) sobre la distribución ecológica de la delincuencia. Shaw y McKay utilizaron el concepto de desorganización social con un gran efecto por medio del uso de datos cuantitativos de los barrios de Chicago para especificar el papel de la desorganización comunitaria en la producción de la delincuencia, una vez que se controlaban otras condiciones (p.ej,
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Martínez y Lee 9pobreza residencial, raza). Su resultado más importante era que “dentro del mismo tipo de área social, los nacidos en otros países y los residentes oriundos, los inmigrantes recién llegados y los inmigrantes que llevan más tiempo en el país producen tasas de delincuencia muy similares” (Shaw y McKay, 1969, p. 158). O, en las palabras de uno de sus críticos, “la natividad y la nacionalidad no se encuentran relacionadas a la delincuencia juvenil” (Jonassen, 1949, p. 613). Los datos de Chicago sugerían a Shaw y McKay (aunque no a Jonassen) que ciertas áreas tenían tasas delictivas más altas de forma consistente, con independencia de que grupo de inmigrantes residía en las misma, y que los grupos de inmigrantes que se mudaban desde estas áreas a barrios mejores, experimentaban un descenso en la delincuencia.
Inspirados por Thomas y Znaniecki, la explicación teórica sugerida por estos patrones es que los barrios caracterizados por factores “desorganizadores” tal y como cambios rápidos de población y un alto grado de heterogeneidad étnica tienen una capacidad menor que otros barrios para controlar la conducta de sus habitantes. De acuerdo con este punto de vista, los inmigrantes solamente presentaran tasas elevadas de delincuencia cuando residan en barrios desorganizados, y su participación en actividades delictivas no se debe a factores biológicos o a tradiciones culturales criminales. Así, Lind 1930a, 1930b) destaca la importancia de distinguir “ghettos” pobres, pero homogéneos, de los “slums” pobres, pero desorganizados. Desde este punto de vista, la delincuencia florece en los “slums”, pero no en los “ghettos”, incluso cuando ambos pueden ser definidos por su marginación económica y otras condiciones sociales negativas, dado que los residentes de los “ghettos” ejercen un grado de control sobre sus vecinos que no se da en los barrios desorganizados (Lind, 1930a). Sin embargo, estudios recientes en los ghettos afroamericanos han documentado que áreas homogéneas desde el punto de vista étnico no se encuentran mejor organizadas para ejercer el control social (Anderson, 1990) y también sufren la concentración de múltiples problemas sociales (Sampson y Wilson, 1995). No hay estudios contemporáneos sobre inmigración que se inserten en esta tradición.
El trabajo teórico reciente de Sampson y Lauritsen (1997) ha intentado demostrar como fuerzas estructurales macro-sociales y que operan al nivel de la comunidad local pueden ser combinadas para desarrollar el marco clásico de la teoría de la desorganización social. Aunque este trabajo ha sido desarrollado en el contexto de tratar de explicar las diferencias entre las tasas delictivas entre blancos y negros y para explicar las amplias diferencias en las tasas de delitos de afro-americanos que viven en áreas comunitarias estructuralmente diferentes, la teoría puede también servir para desarrollar nuestro conocimiento de la relación entre inmigración y delincuencia. Sampson y Lauritsen sugieren que poderosos factores estructurales (p.ej., segregación, discriminación en el mercado inmobiliario, las transformaciones de la estructura de la economía) coinciden con factores que operan al nivel de la comunidad local (p.ej., cambios rápidos de la población, concentración de la pobreza, ruptura familiar) para impedir la organización social de las zonas marginales de las ciudades (p. 340; ver también Sampson y Wilson, 1995). Una comprensión más profunda de la forma en que estas variables interaccionan entre sí podría mejorar las teorías existentes por medio de la consideración de los “masivos cambios sociales” (Sampson y Lauritsen, 1997, p. 340) experimentado por los residentes, mayoritariamente de color, de las zonas marginales de las ciudades americanas en la década de los 70 y la de los 80. En el momento en que la
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Martínez y Lee 10ola de inmigración que comienza a partir de 1965 trajo a un número de inmigrantes y los puso en las mismas condiciones estructurales, podríamos esperar una alta tasa de delincuencia de inmigrantes durante este periodo histórico. Esta cuestión es el objeto de la próxima sección sobre los estudios empíricos de la relación entre delincuencia e inmigración.
3. Estudios empíricos
Ha habido dos grandes olas de inmigración a los Estados Unidos durante el siglo XX. La primera consistió sobre todo de europeos y canadienses y transcurrió hasta mediados de los años 20 cuando el congreso aprobó leyes que frenaron el largo flujo de inmigrantes. La segunda ola, comúnmente conocida como “la nueva inmigración”, comienza después de 1965, alcanzó su momento cumbre a principios de los 90 y estaba dominada por caribeños, asiáticos y latinos (Suarez-Orozco, 1998; Hagan y Palloni, 1998). México es en la actualidad la mayor fuente de inmigrantes, legales e ilegales (Baker et al., 1998). En la siguiente sección, consideramos algunos de los mayores estudios sobre inmigración y delincuencia conducidos durante las dos olas.
3.1. Estudios más antiguos
En un reciente estudio histórico, Roger Lane (1997, p. 298) concluía que el “homicidio en el mundo moderno ha sido sobre todo un delito irracional e impulsivo, cometido por hombres jóvenes, especialmente los pobres y los desesperados motivados por la frustración y el enfado”. Lo mismo podría decirse de otros delitos. Dado que la inmigración trae un numero desproporcionado de jóvenes varones a los países receptores, podríamos esperar que los inmigrantes exhiban tasas de delincuencia mayores que las de la población nativa. En algunos casos, esto es precisamente lo que ha ocurrido (Gurr, 1989; Monkkonen, 1989). Al margen de esta cuestión demográfica, cada una de las perspectivas teóricas presentadas previamente ofrecen razones convincentes por las que los inmigrantes deberían presentar tasas más elevadas de delincuencia. Los inmigrantes normalmente encuentran acomodo en comunidades desorganizadas con altos niveles de pobreza y delincuencia y encuentran problemas de ajuste que los grupos nativos no experimentan. También, muchos inmigrantes se desplazan desde áreas rurales a áreas urbanas y esto también conlleva una influencia desorganizadora de las estructuras comunitarias y familiares (Young, 1936). De hecho, el crecimiento urbano y la inmigración normalmente ocurren de forma simultanea y los aumentos en la delincuencia son a menudo más una función del proceso de urbanización que de cualquier otro factor (Handlin, 1959). Sin embargo, los datos resultantes de un siglo de investigación sobre la relación entre delincuencia e inmigración es que los inmigrantes muestran una variación muy amplia, a escala temporal y espacial, en su participación criminal y que, de forma contraria a la opinión popular, casi siempre exhiben una tasa de delincuencia menor que la de los grupos de nativos (Hagan y Palloni, 1998; Tonry, 1997; Ferracuti, 1968; Sellin, 1938).
Los primeros estudios sobre la delincuencia de la primera ola de inmigrantes, que acabó en 1924, estaban basados en evidencia que, en el mejor de los casos, ofrecía resultados mixtos (Tonry, 1997, p. 21). Estos estudios sugerían que los recién llegados
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Martínez y Lee 11eran menos propensos a cometer delitos que los nativos. Un informe especial preparado por la Comisión Industrial en 1901 encontró que “los blancos extranjeros eran menos criminales que los blancos nativos”, mientras que la Comisión de Inmigración de 1911 concluía que “la inmigración no ha aumentado el volumen de la delincuencia” y que la presencia de los inmigrantes puede incluso haber suprimido la actividad criminal (Tonry, 1997, p. 21). Una revisión de otros estudios sobre inmigración y delincuencia de esta época descubrió que, en contra de los estereotipos, la mayoría de los investigadores no encontraron que los inmigrantes de la primera ola de la inmigración fueran más propensos a cometer delitos (McCord, 1995), aunque los resultados variaban de ciudad a ciudad (p.ej., los inmigrantes en Boston, pero no en Chicago, se encontraban sobre-representados en las muestras de criminales). Estos estudios generalmente encontraban que los hijos de los inmigrantes tenían tasas más altas de delincuencia que sus padres, pero no tasas más altas que la de los hijos de los nativos. Esto sugiere que la aculturación a la vida americana de la segunda generación de inmigrantes, y no las presumidas “tradiciones criminales” de los grupos de inmigrantes, estaban relacionadas a las tasas de delincuencia de los inmigrantes (Hagan y Palloni, 1998; Sellin, 1938; Sutherland, 1934). La aculturación aparentemente debilitaba el impacto de los controles sociales tradicionales en las comunidades de inmigrantes.
Aun así, los estudios de la primera ola de inmigrantes respaldan la conclusión de que los inmigrantes comente menos delitos que los nativos (Abbott, 1915; Lind, 1930b; Taft, 1936; Ferracuti, 1968). Un informe famoso publicado en 1931 por la Comisión Nacional de la Obediencia y Aplicación de la Ley, popularmente conocido como el Informe Wickersham, notaba que los inmigrantes presentaban en general tasas de delincuencia menores que los no inmigrantes, aunque algunos grupos aparecían de forma desproporcional en tipos específicos de delincuencia. Los mejicanos en un estudio, por ejemplo, presentaban mayores tasas de detenciones policiales por delitos violentos que los blancos nativos (aunque menores que las de los negros nativos; ver Bowler, 1931, p. 119). Sin embargo, como Taylor (1931), y más tarde Sellin (1938, p. 76), señalaron, estas tasas no eran muy fiables porque no había estimaciones fiables de la población de mejicanos dada la naturaleza migratoria de dicho grupo, una situación que se hizo peor como consecuencia de que las figuras del censo de 1930 no se encontraban aun disponibles (Taylor, 1931).
Las tasas de inmigrantes también eran poco fiables por otras razones. Otro autor del informe de 1931 señalaba formas en que los prejuicios contra los mejicanos por parte del personal de la justicia penal servía para inflar sus tasas de detenciones (Warnhuis, 1931). Por ejemplo, la policía en una comunidad con una presencia mejicana grande expresaba la creencia de que la mayoría de los delitos eran cometidos por mejicanos, mientras que un examen de las detenciones revelaba que solamente 4 mejicanos del total de 252 personas detenidas eran acusados de algún delito en el plazo de un mes; 3 de los mismos eran acusados de violaciones del orden público y ninguno recibió condena. En términos de estadísticas oficiales, los prejuicios policiales tenían consecuencias prácticas cuando se cometían delitos de seriedad: la policía en ocasiones detenía a “todos los mejicanos que pudieran encontrar” (p. 253), inflando de forma artificial las tasas de delincuencia de los mejicanos.
A pesar de las limitaciones de los datos sobre la delincuencia de los mejicanos, Taylor (1931) fue capaz de extraer varias conclusiones. En primer lugar, el número de
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Martínez y Lee 12delitos cometidos por los mejicanos era la mitad de lo que se podía esperar considerando el número de mejicanos en la población y las tasas de delincuencia de los mejicanos eran similares a aquellas de otros grupos. En segundo lugar, los patrones de detenciones por la comisión de actos delictivos variaban considerablemente entre ciudades y estaban influenciadas por un amplio conjunto de factores sociales, incluyendo la pobreza, así como la distribución de edad y sexo de la población de inmigrantes. Taylor (p. 235) también descubrió que la participación criminal de los mejicanos mostraba “una interesante diversidad dentro de una misma localidad”, sugiriendo la necesidad de examinar los factores estructurales que afectan de forma diferente en áreas sociales significativas tal y como los barrios, más que a la escala de divisiones políticas más amplias como las ciudades o los Estados. Resumiendo, no se podía extraer una conclusión sencilla sobre las tasas de delitos cometidos por los mejicanos sin tener en cuenta el contexto comunitario.
Este último punto fue investigado por Lind (1930a, 1930b) en su trabajo sobre inmigración y delincuencia en la ciudad étnicamente diversa de Honolulu en Hawai. Siguiendo a los proponentes de la escuela sociológica de Chicago como Robert Park y Louis Wirth, Lind (1930ª, p. 206-207) subrayaba la distinción entre “slums” –barrios pobres, inestables y étnicamente diversos- y los “ghettos”, que se encontraban también sometidos a marginación económica, pero que estaban caracterizados por grupos de residentes estables, organizados y racialmente más homogéneos (ver también la distinción que Whyte, 1943 hace entre “rooming houses” y “settlement districts”). Lind encontró que la heterogeneidad y la inestabilidad de los barrios, los grupos en los “slums” tenían múltiples códigos morales y eran menos efectivos a la hora de organizar las familias y las instituciones comunitarias para controlar la conducta de los residentes. Así, la delincuencia era rara en los barrios japoneses que eran pobres, pero estables, mientras que era elevada en los barrios de los nativos hawaianos que residían en áreas menos pobres, pero más desorganizadas (Lind, 1930b). Además, Lind (1930ª, p. 209) documentó que las tasas de delincuencia cometida por los japoneses también variaban en función del grado de segregación del barrio y de concentración de la población. Estos datos ofrecen respaldo empírico al argumento de que la delincuencia de los inmigrantes es una función de un proceso genérico (p.ej., la desorganización) asociado con la vida en las ciudades más que el producto de tradiciones culturales o predisposiciones de los inmigrantes (ver también Shaw y Mc Kay, 1969).
Otras investigaciones encontraron que comparados a los grupos nativos, algunos grupos inmigrantes eran capaces de resistir en mayor medida los efectos desorganizadores de los barrios marginales que los grupos de nativos. Un estudio demostraba que aunque los inmigrantes japoneses en Seattle vivían en áreas económicamente pobre, con alta delincuencia y desorganización social, su “sólida organización comunitaria y familiar” fue capaz de mantener las tasas de delincuencia de sus hijos a un nivel bajo (Hayner, 1933, p. 319). Esto es consistente con los resultados ofrecidos por Taft (1936, p. 736) que mostraban que los inmigrantes generalmente presentaban tasas más bajas de delincuencia que los no inmigrantes y que las variaciones podían ser explicadas por la combinación de “condiciones adversas” que se encuentran en las tasas de delincuencia elevada y los efectos marginalizadores de los “valores culturales que diferentes grupos nacionales traen”. Von Hentig (1945, p. 793; en contraste Glueck y Glueck,1930) también ofrece resultados similares: Los descendientes de los grupos de
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Martínez y Lee 13nativos presentaban mayores niveles de delincuencia severa que los descendientes de familias de inmigrantes o familias en las que uno de los padres era un inmigrante, aunque existían enormes diferencias entre los Estados. De nuevo, la combinación de condiciones ecológicas y culturales parecen importantes para explicar la participación de los inmigrantes en la delincuencia o su ausencia.
3.3 Estudios contemporáneos
La investigación científica y el interés público sobre la inmigración y la delincuencia prácticamente desapareció en los Estados Unidos en el segundo tercio del siglo XX (Hagan y Palloni, 1998). Esto no es sorprendente dado que la inmigración también era baja durante este periodo de tiempo y grandes segmentos de la primera ola de inmigrantes (p.ej., italianos, inmigrantes) habían sido asimilados en la sociedad americana (Lane, 1997). Pero a la ola de inmigración que comienza en 1965 (fundamentalmente de latinos, asiáticos y caribeños) ha generado un nuevo interés en el tema, en parte porque la llegada de estos inmigrantes coincidió con aumentos en las tasas de delincuencia en los Estados Unidos desde finales de los 60 y durante los 70.
Algunos autores han sugerido que la delincuencia de los inmigrantes estaba comenzando a convertirse en un problema cada vez más serio durante los 90, tal y como está evidenciándose en el aumento de procesamientos penales de delincuentes que no tienen la ciudadanía americana en los tribunales de distrito de los Estados Unidos entre 1984 y 1994 ( de 3.462 a 10.352 casos respectivamente; ver Marshall, 1997). Sin embargo, este dato no toma en consideración el tremendo aumento en inmigración sobre este período de tiempo y es fundamentalmente el resultado de un aumento en el procesamiento penal de delitos relacionados con drogas así como de delitos de inmigración que solamente pueden tener como sujeto activo a los inmigrantes. Tal y como discutimos en la siguiente sección, la opinión pública continua asociando a los inmigrantes con la delincuencia, por lo que es importante revisar los estudios más recientes que han investigado esta relación.
La Comisión de la Reforma de la Inmigración de 1994 comparó la delincuencia en las ciudades a lo largo de la frontera con México con ciudades no fronterizas para valorar el impacto de los inmigrantes mejicanos en las tasas de delincuencia. La Comisión concluyó que las tasas de delincuencia en las ciudades fronterizas tal y como El Paso, Texas, generalmente presentaban tasas de delincuencia más bajas (en algunos casos incluso mucho más bajas) que las ciudades no fronterizas. Además de la comparación de las tasas de delincuencia entre ciudades, análisis de regresión revelaron que “la delincuencia como promedio es más baja en las áreas fronterizas que en otras ciudades estadounidenses cuando las características de la población urbana son mantenidas constantes” (1994, p. 20). Un estudio de seguimiento condujo una prueba estadística más directa del efecto de la inmigración en los niveles de la delincuencia y encontró “la ausencia de evidencia convincente o consistente de que al nivel de las áreas metropolitanas los niveles de inmigración causan la delincuencia” (Hagan y Palloni, 1998, p. 380).
Una buena parte del trabajo reciente sobre inmigración y delincuencia se ha centrado en el estudio de pandillas (Bankston, 1998; Marshall 1997). Esto no debería sorprendernos, dado que los nuevos inmigrantes a menudo encuentran acomodo en áreas
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Martínez y Lee 14urbanas caracterizadas por niveles elevados de actividad de pandillas, y muchas pandillas de inmigrantes se forman como mecanismo de protección frente a las amenazas existentes en dichos entornos (Chin, 1990). Aunque ha habido numerosos estudios de específicas pandillas de inmigrantes (cf. Du Phuoc Lang, 1996), no ha habido estudios que de forma sistemática comparen el nivel de participación de inmigrantes en pandillas en contraste con el nivel de participación de los nativos o que sugiera razones para defender la noción de que la inmigración aumenta el nivel de actividad de las pandillas (Bankston, 1998).
Después de 1965, los estudios sobre inmigración y delincuencia, más allá de los estudios sobre pandillas, han sido raros (Martínez y Lee, 1999). Los estudios que han sido conducidos han tendido a confirmar los resultados de los estudios sobre la primera ola de inmigrantes: los inmigrantes no cometen más delitos que los residentes oriundos y a menudo presentan tasas menores de delincuencia. Por ejemplo, la investigación sobre homicidios en San Antonio encontró que la tasa de homicidios entre varones mejicanos se ubica entre la tasa de los blancos nativos y los afroamericanos y que los homicidios permanecían concentrados desde 1940 a 1980 en las áreas pobres de la ciudad, con independencia de si los residentes eran negros o mejicanos (Bradshaw et al., 1998). Otro estudio encontró que la inmigración no se encontraba relacionada a la violencia juvenil en California, mientras que la facilidad de acceso al alcohol era una influencia muy importante en los niveles de delincuencia severa entre los jóvenes varones en tres ciudades con una población elevada de latinos (Alaniz, Cartmill y Parker, 1998). Finalmente, un estudio de portorriqueños recién llegados encontró que aquellos que vivían en la ciudad de Nueva York tenían tasas elevadas de homicidios, mientras que los portorriqueños que vivían en otras partes de Estados Unidos tenían tasas comparables a los de la población oriunda blanca (Rosenwaike y Hempstead, 1990).
Un número de estudios ha examinado los homicidios entre varios grupos étnicos importantes en Miami. Aunque los refugiados de Mariel a menudo eran presentados en los medios de comunicación social como voraces asesinos, la evidencia empírica demostraba que rara vez se encontraban representados de forma desproporcionada en las tasas de víctimas o perpetradores de homicidios y, de hecho, pasado un tiempo, eran mucho menos propensos a cometer delitos que otros cubanos establecidos en Miami (Martinez, 1997a). Además, a pesar de un flujo constante de inmigrantes latinos durante los años 80, la tasa de homicidios de Miami continuaron descendiendo de forma constante (Martínez, 1997b). Finalmente, Martínez y Lee (1998) encontraron que los haitianos y los latinos residentes en Miami se encontraban infra-representados en las tasas de homicidio en relación con el tamaño de estos grupos en la población general, mientras que los afroamericanos se encontraban sobre-representados, y en algunos casos la tasa de homicidio entre estos dos grupos de inmigrantes era menor que la de los blancos que no eran latinos (anglos).
De forma consistente con los estudios más antiguos, la participación criminal de los grupos de inmigrantes varía de ciudad a ciudad de forma muy considerable. Un buen ejemplo de esta variación es ofrecida por un estudio sobre los homicidios de latinos entre los mejicanos de El Paso y los cubanos de Miami (Lee, Martínez y Rodríguez, 2000). A pesar de la similitud de las características estructurales de las dos ciudades (p.ej., desempleo, pobreza), los homicidios latinos en Miami eran tres veces mayores que los de El Paso. Además de características específicas de las ciudades tal y como la mayor vejes
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Martínez y Lee 15de la población de Miami, o sus mayores niveles de desigualdad de ingresos económicos (ver Martínez, 1996, para una discusión sobre deprivación absoluta versus deprivación relativa entre latinos), y la mayor facilidad de acceso a pistolas, otras condiciones locales influían la relativamente alta tasa de homicidios de cubanos. Por ejemplo, los cubanos encontraron acomodo en una de las áreas más violentas del país (el sur de Florida) a diferencia de los latinos en El Paso y este contexto regional pudo influir la participación de cada grupo en los homicidios. Wilbanks (1984; ver también Epstein y Greene, 1993) demostró que los homicidios en Miami refleja las tasas de los homicidios en el sur de Florida de forma general y que este área experimentó un dramático aumento en homicidios antes de la llegada de miles de refugiados cubanos en el episodio de Mariel en 1980. Así, los latinos de Miami vivían en una localidad que experimentaba unos niveles mayores de violencia que los latinos en El Paso.
Tan importante como las diferencias reveladas por la experiencia de estos dos grupos de latinos descritos en el párrafo anterior, otros estudios también han examinado la existencia de diferencias internas dentro de un mismo grupo étnico de inmigrantes (ver Hawkins, 1999 para una estrategia similar). Martinez y Lee (2000) investigaron los homicidios de afro-caribeños en Miami y encontraron que los inmigrantes cubanos de Mariel, los haitianos y los jamaicanos presentaban niveles menores de homicidio que los nativos. Comparando los datos de principios de los 80, cuando estos grupos comenzaron a llegar a Miami en grandes números, a los de finales de los 90, los autores notaban un patrón consistente y sólido de descenso de la violencia, especialmente para los jamaicanos y los marielitos, mientras que los haitianos han mantenida de forma continua una tasa generalmente baja de homicidios. A medida que estos grupos de inmigrantes crecieron en tamaño y descendía la proporción de jóvenes varones, las tasas de homicidios descendían con rapidez. Este resultado sugiere que, de forma contraria a las proposiciones clave de la teoría de la desorganización social la inmigración rápida en lugar de crear comunidades desorganizadas, puede contribuir a estabilizar los barrios de inmigrantes por medio de la creación de nuevas instituciones sociales y económicas (ver también Portes y Stepick, 1993).
Las conclusiones generales de los estudios recientes sobre inmigración y delincuencia reflejan como un eco los temas encontrados en los estudios más antiguos. En el pequeño numero de estudios que ofrecen evidencia empírica, los inmigrantes generalmente cometen menos delitos que otros grupos que ocupan una posición social similar, a pesar de que una buena parte de las teorías criminológicas más importantes ofrecen buenas razones por las que este no debería ser el caso (p.ej., residencia en barrios desorganizados, dificultades de aculturación, conflictos entre códigos culturales). Además, las experiencias de inmigración varían enormemente con las condiciones locales, como es ilustrado por los estudios de cubanos en Miami y mejicanos en El Paso y es probable que estas condiciones locales influyan la participación criminal de los inmigrantes en mayor medida que las tradiciones culturales de estos grupos. A continuación revisaremos la persistente opinión pública sobre inmigrantes y delincuencia.
4. Opinión pública sobre inmigración y delincuencia
Rita Simon (1985, 1987, 1993) señala que, con independencia del momento histórico, la opinión pública casi siempre se ha mostrado en sentido negativo sobre la
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Martínez y Lee 16cuestión de si se debería permitir a más inmigrantes el entrar en los Estados Unidos (ver también Espenshade y Belanger, 1998). Además, los inmigrantes más recientes son percibidos casi siempre de forma desfavorable, aunque la opinión pública sobre específicos grupos de inmigrantes usualmente mejora con el paso del tiempo (Informe Roper, 1995). De acuerdo con Simon (1987, p. 47), las comunidades étnicas más antiguas son vistas de forma más positiva que los que grupos más recientes, incluso si en un momento inicial los miembros de las comunidades más antiguas también eran percibidos de forma negativa.
Por ejemplo, los chinos y los japoneses hoy en día son percibidos de forma más favorable que en la década de los 20, aunque hubo una época en la que estuvieron sometidos a legislaciones discriminatorias y a actitudes públicas cargadas de prejuicios (Abbott, 1931). De forma similar, la opinión pública se mostraba en contra de los irlandeses, italianos y polacos en la década de los 20, pero estos grupos étnicos blancos son generalmente mejor vistos hoy en día, al menos en las encuestas más recientes. Una encuesta de 1985 mostraba que 82 eminentes sociólogos pensaban que el grupo actual de inmigrantes (sobre todo latinos), tal y como la mayoría de los americanos durante el siglo pasado, es de alguna forma diferente de los grupos más antiguos de inmigrantes: son percibidos como menos propensos a asimilarse y especialmente peligrosos a los valores e instituciones culturales de los americanos (Simon, 1993)
Además de esta cuestión temporal, las opiniones sobre los inmigrantes no se encuentran distribuidas de una forma uniforme entre los grupos sociales –en general las personas con una educación avanzada, trabajos de prestigio e ingresos superiores tienen opiniones más favorables de todos los inmigrantes con independencia de su país de origen (Simon, 1987), aunque algunas encuestas han señalado que comparados con otros grupos, los afroamericanos y los latinos tienen una mayor estima de los inmigrantes (Espenshade y Belanger, 1998). Sin embargo, cambios pequeños en la forma en que se redactan las preguntas en estas encuestas se reflejan en resultados radicalmente diferentes en las actitudes medidas de los entrevistados. Por ejemplo, los inmigrantes que han vivido en los Estados Unidos durante los últimos cinco años son percibidos de forma más favorable que los recién llegados. También es indicativo que en las encuestas que se incluyen las preguntas sobre inmigración dentro del contexto más amplio de temas sociales, la inmigración ocupa un lugar más bajo que otros temas tal y como la delincuencia o empleos (Espenshade y Belanger, 1998).
Para ubicar los sentimientos actuales en contra de la inmigración en su debido contexto, es informativo examinar las tendencias sobre la opinión del vínculo entre inmigración y delincuencia a lo largo del siglo XX. Como Ferracuti (1968, p. 190; ver también Short, 1997; Abbott, 1931) señala, durante la primera mitad del siglo XXi, “la opinión popular a menudo expresaba el punto de vista de que los inmigrantes eran responsables de una fracción importante de la tasa delictiva”, a pesar de que existía considerable evidencia empírica que mostraba que esto no era así. Afirmaciones como la siguiente, de un jefe de policía de la ciudad de Nueva York, eran típicas: “entre el 85% y el 100% de nuestros criminales posiblemente tienen un origen exótico” (Simon, 1985, p. 70-71). Este jefe de policía consideraba a los italianos como maleantes particularmente peligrosos (Simonm 1985, p. 71) y pensaba que los franceses y los belgas estaban detrás del trafico organizado de esclavos blancos.
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Martínez y Lee 17 La idea de los inmigrantes como delincuentes no es un producto del siglo XX; una serie de artículos en el New York Times publicados en 1880 también se preocupaban con la criminalidad de los italianos, una “raza particularmente orientada a los clanes”, y el prototípico “joven problemático irlandés [que era] un producto tan indeseable como se puede encontrar en cualquier sociedad” (Simon, 1985, p. 186). Nótese también que en 1892 el Partido Democrático respaldaba leyes orientadas a mantener a los Estados Unidos como un país que no se convirtiera en “el basurero de Europa y China al que se manda a criminales conocidos” (Simon, 1985, p. 18). Estos puntos de vista se habían venido reflejando desde antaño en los escritos académicos. Por ejemplo, un articulo de William Jeffrey en el volumen de 1893 de la Revista de Economía Política también culpaba a los inmigrantes de los aumentos en las tasas de delincuencia (Simon, 1985).
Esta imagen ocupaba un lugar prominente en los periódicos publicados durante la primera ola de inmigración. En una editorial de 1915 en el North American Review se demandaba una restricción de la inmigración alegando “el carácter criminal y la falta de utilidad económica” de los inmigrantes del sur de Europa (Simon, 1985, p. 71). Artículos publicados en otras revistas populares también expresaban la pobre opinión que se tenía de los inmigrantes. Un número de 1923 del Saturday Evening Post veía a los inmigrantes del sudeste de Europa (italianos y griegos) como “a la gente más estúpida y aburrida en Europa”, mientras que otro del mismo año citaba a Harry Laughlin, asociado al pensamiento eugenésico, diciendo que “si América no cierra sus puertas a los extranjeros mongolizados del sur y este de Europa, sus ciudadanos acabaran tan mongolizados y enanizados como estos” (Simon, 1985, p. 85). La naturaleza criminal del inmigrante es un tema común en estas narrativas, con la mayoría de los autores señalando que los inmigrantes estaban llenando las cárceles y los manicomios. Durante la década de los 20, los italianos, los judíos, los polacos, los rusos y los griegos eran normalmente presentados como criminales.
Los sentimientos contemporáneos en contra de la inmigración a menudo son promovidos por grupos de interés organizados que acusan a los países del Tercer Mundo de exportar sus números excesivos de ciudadanos a los Estados Unidos (Simon, 1993, p. 69). Y, como en el pasado (Sellin, 1938), la normativa más reciente –tal y como la Proposición 187 en California y la Ley de Reforma de la Inmigración del Congreso de los Estados Unidos de 1996- no se ha apoyado en la investigación académica y ha sido justificada sobre la base de que había que frenar la ola de “inmigrantes delincuentes”, que se habían convertido en una presencia cada vez mayor en las instituciones del sistema de justicia penal (Comisión sobre la Reforma de la Inmigración de los Estados Unidos, 1994; Scalia, 1996). Esta imagen pública ha tenido profundad consecuencias para los inmigrantes más recientes que han tenido que confrontar estos negativos estereotipos duraderos, que sufren discriminación y que son vistos por la opinión pública, tal y como se refleja en sondeos de opinión, como una carga para la sociedad (Simon, 1987; Informe Roper, 1995).
Una de las consecuencia de los prejuicios contra los inmigrantes se puede apreciar en el aumento de violencia racista contra los americanos de origen asiático que han tenido lugar en algunas comunidades durante los 80 (Zinsmeister, 1987). Los ciudadanos en áreas en los que los inmigrantes asiáticos encontraban acomodo creían que estos inmigrantes habían salido de “pueblos en la jungla”, comían perros y competían de forma desleal en el mercado laboral porque trabajan “día y noche” (Zinsmeister, 1987, p. 8).
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Martínez y Lee 18Gore Vidal reflejaba esta última preocupación en un artículo publicado en 1986 en la revista Nation, aludiendo que al menos que los Estados Unidos y Canadá cooperasen entre sí y limitaran el número de inmigrantes asiáticos, los americanos iban a terminar convirtiéndose en un “mero entretenimiento” para los asiáticos (p. 350). Estas ideas, cuando unidas a la creencia tradicional de que los inmigrantes son una población altamente criminal, facilita el resentimiento contra los inmigrantes que puede incrementar la probabilidad de la violencia racista.
5. Opinión pública y homicidios de inmigrantes en tres ciudades
Como punto de partida, en la siguiente sección nos centraremos en las tasas de victimación homicida, no en las tasas de comisión de homicidios. Aunque la mayor parte de nuestra discusión se ha centrado en la motivación de los delincuentes, el vínculo entre inmigración y delincuencia debería ser también evidente en los análisis de las tasas de victimación por homicidio dada conocida proximidad de agresor y víctima en la mayoría de los casos. Las estadísticas policiales (Uniform Crime Reports, UCR) publicadas por el FBI en 1995 señalaban que en el 75% de los casos de homicidios resueltos por medio de una detención, la víctima y el agresor tenían algún tipo de relación previa (matrimonio, relación familiar, amante, amigo, vecino) o contactos previos (conocidos, compañeros de trabajo). Así, en la mayoría de los casos, los homicidios son cometidos por conocidos con similares características sociodemográficas. Es más, la gran mayoría de los homicidios s

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