En Colombia quisieron aplicar el manual JP-3

Desde su llegada al Comando General de las Fuerzas Militares, en noviembre de 2003, el general Carlos Alberto Ospina no ha tenido un día en paz. Las confrontaciones con la guerrilla y las autodefensas han sido pocas, frente a las batallas internas que ha tenido que sortear con sus compañeros de armas.
Ospina reemplazó al general Jorge Enrique Mora y quedó al frente de una cúpula militar remozada que tenía en común la estrecha cercanía del generalato. Pero la luna de miel sólo duró el fin de año, porque en las primeras semanas de 2004 empezaron a surgir serias diferencias en la línea de mando castrense.
CAMBIO reveló por aquella época que el primer choque abierto de Ospina se produjo con el comandante del Ejército, general Martín Orlando Carreño. Este oficial consideraba que el comandante de las FF. MM. se entrometía más de la cuenta en la planeación y el desarrollo de las operaciones diseñadas desde el comando del Ejército. «Mi general Ospina es un soldado de tiempo completo al que todavía le cuesta trabajo entender que como comandante general ya no tiene mando de tropa», dijo un oficial que presenció los primeros roces.
El asunto se enredó aun más en los meses siguientes, porque los dos generales pensaban muy distinto en el manejo de otros temas, como la masacre de seis campesinos en Cajamarca, Tolima, y la muerte de nueve policías a manos de militares, en Guaitarilla, Nariño.
El enfrentamiento se tornó inmanejable, y el ministro de Defensa, Jorge Alberto Uribe, no tuvo más remedio que intervenir. Lo hizo a favor del general Ospina y por ello en agosto de 2004 le dijo al presidente Álvaro Uribe que era necesario salir de Carreño. El mandatario estuvo de acuerdo, pero le pidió que manejara el problema hasta noviembre siguiente, cuando se debían producir los cambios anuales en las filas castrenses.
Así ocurrió y el Gobierno nombró, entonces, al general Reynaldo Castellanos como comandante del Ejército. Pero, al igual que el año anterior, la luna de miel de Ospina con los altos mandos del Ejército sólo duró unas semanas.
Cambio de rumbo
Con el apoyo del ministro Uribe, y respaldado en un juicioso estudio de los manuales de operaciones de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, el general Ospina se dio a la tarea de cambiar el modo de operar de las Fuerzas Militares de Colombia. El diagnóstico era sencillo: El Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada actuaban de manera independiente y lograr el apoyo de una u otra arma para desarrollar operaciones requería una interminable lista de trámites burocráticos.
CAMBIO conoció que el general Ospina decidió aplicar el Manual Conjunto JP-3, que organiza a las Fuerzas Militares en dos cadenas de mando, uno administrativo y uno operacional. El documento contiene una descripción teórica sobre la necesidad de adecuarse a los cambios de la guerra: «Cambiar la forma en que están organizadas las Fuerzas Militares de Colombia es esencial para hacerlas más eficientes en el cumplimiento de la misión y en el logro de los objetivos y tareas asignadas por el Gobierno Nacional».
Una frase del secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, contenida en el manual, resume la filosofía de las modificaciones puestas en marcha en Colombia: «La tecnología del armamento no transformará las Fuerzas Militares, a no ser que nosotros cambiemos la forma de pensar, la forma de entrenar y la forma de pelear».
Al generalato no le gustó que el otrora poderoso comandante del Ejército perdiera poder.
Ospina decidió hacer el cambio en forma gradual y, al terminar 2004, transformó la Fuerza de Tarea del Sur en el primer Comando Conjunto, con sede en Florencia, Caquetá, bajo el mando del general Carlos Alberto Fracica. Poco después nació el segundo, que se llamó Comando Conjunto del Caribe, con base en Santa Marta y dirigido por el general Mario Montoya Uribe.
El nuevo esquema no les gustó a ciertos sectores del Ejército, que vieron con alarma que el otrora poderoso comandante de esa arma empezaba a perder importancia. Los comandos conjuntos del norte y del sur le quitaron el control sobre 60.000 hombres, que ahora dependían del Comando General de las Fuerzas Militares.
Aun cuando el general Castellanos apoyaba en forma tímida la reforma, el Estado Mayor del Ejército, compuesto por media docena de generales, observaba con indignación el creciente poder del comandante de las Fuerzas Militares, que en su concepto sólo tenía funciones administrativas. La olla a presión en que se habían convertido los cuarteles militares y los pasillos del Ministerio de Defensa estalló el miércoles de la semana pasada, cuando Ospina anunció la creación de más Comandos Conjuntos.
Ahí fue Troya, pero el Gobierno cortó por lo sano y llamó a calificar servicios a los cuatro generales del Ejército que encabezaron la rebelión contra Ospina: Roberto Pizarro, segundo comandante; Duván Pineda, inspector; Luis Fabio García, jefe de operaciones, y Hernán Cadavid, jefe de Desarrollo Humano y Doctrina.
Sin argumentos
Al final de la semana, el balance de lo sucedido indicaba que los generales habían tenido éxito en generar desconcierto y preocupación. En efecto, para muchos colombianos que no entienden el detalle de complejos asuntos de organización militar y estrategia, causaba enorme inquietud la sensación de que, en medio del violento desafío que las Fuerzas Armadas y el país enfrentan por parte de los grupos armados ilegales, el alto mando del Ejército, la fuerza que por años ha sido vista como la que mayor peso de la guerra ha llevado, entrara en crisis. Que los cuatro generales de más alto rango después del comandante del Ejército fueran llamados de manera intempestiva a calificar servicios por un desacuerdo con decisiones del Gobierno, era una situación sin antecedentes y muy grave.
Pero, aparte de haber conseguido transmitir la sensación de despelote, y de haber tenido toda la vitrina posible en los medios –como era lógico que sucediera–, los cuatro generales camino del retiro no lograron convencer en las materias de fondo. Para empezar, su tesis de que no se podía cambiar algo que estaba arraigado en la tradición y la doctrina del Ejército, resulta débil en un país que, ante la evidencia de que hay cosas que funcionan mal, lo que pide, justamente, son cambios. Por eso, muchos creen que tras la rebelión de los generales hay otras razones que los opositores del Ministro no se atreven a confesar y que tienen que ver con los callos que Uribe Echavarría ha pisado en materia de compras y contratación (ver recuadro).
Los periodistas que por años han cubierto los temas de orden público, los analistas que han estudiado las fortalezas y las debilidades del aparato armado del Estado y los colombianos en general, han sido testigos por décadas de episodios de descoordinación entre las diferentes fuerzas. La fuga de Pablo Escobar de La Catedral en 1992 –donde la demora de la Fuerza Aérea en suministrar un avión para trasladar desde Bogotá a los comandos élites fue causa importante del desastre– o el muy reciente episodio en el que murieron 17 militares en el cañón de La Llorona mientras esperaban refuerzos que jamás llegaron, son apenas un par de ejemplos en 14 años.
El presidente Álvaro Uribe ha vivido en carne propia esta descoordinación. «En varias ocasiones, cuando se produce un ataque de la guerrilla, él se ha visto obligado a poner en contacto a un coronel en la zona de combate con el comandante de la Fuerza Aérea, para garantizar el apoyo del avión fantasma», le contó a CAMBIO un colaborador del primer mandatario. «Alguna vez, un alto mando le sugirió que no hiciera esas cosas, pues violaba el conducto regular y la línea de mando, a lo que el Presidente le respondió que prefería violar todo eso que dejar morir a los soldados por falta de apoyo», agregó la fuente. Lo anterior desmonta el último de los argumentos de los generales rebeldes: el de que el ministro de Defensa y el comandante de las Fuerzas Militares engañaron a Uribe. «Si alguien ha impulsado esos cambios ha sido el propio Presidente», aseguró la fuente de la Casa de Nariño.
Y, a juzgar por la forma como esos cambios se están dando, todo indica que nada los detendrá. Aunque, claro, lo deseable es que, hacia el futuro causen menos traumatismos o, cuando menos, esos traumatismos no se conviertan en escándalo público. Por lo pronto, el episodio ya dejó varias bajas –los cuatro generales– y al menos dos heridos: el ministro Jorge Alberto Uribe y el general Ospina, impulsores de los cambios y quienes, a pesar de ganar este round, encajaron duros golpes en el rostro.
La otra cara del problema
Los callos que el Ministro pisó
Es posible que el tropel armado por los cuatro generales del Ejército tras el llamado que les hizo el presidente Álvaro Uribe a calificar servicios, no tenga que ver sólo con la reforma institucional que crea los comandos regionales conjuntos. La verdad es que de tiempo atrás, varios ministros de Defensa –Rodrigo Lloreda y Luis Fernando Ramírez en tiempos de Andrés Pastrana, y Martha Lucía Ramírez bajo Uribe- han intentado meterle el diente a temas muy delicados de contratación, compras y manejo eficiente de inventarios.
«Poco a poco, cada uno de ellos dio un paso adelante, pero en el caso del ministro Jorge Alberto Uribe, con su experiencia gerencial ha podido consolidar cambios que venían en proceso, e introducir nuevos, lo que sin duda le ha granjeado enemistades entre algunos oficiales que no ven con buenos ojos que los civiles vigilen, controlen y hagan más eficientes procesos que hasta ahora eran muy enredados y daban pie a malos manejos», le dijo a CAMBIO un coronel en servicio activo, que prefirió mantener su nombre en reserva.
Los ejemplos de lo logrado por Uribe Echavarría, con la ayuda del comandante general y de los tres comandantes de fuerza que lo han respaldado en todo esto, son varios. Homologó los procedimientos para compra de medicinas y consiguió que, en poco más del 50% de las adquisiciones anuales, los costos bajaran a la mitad, de $42.000 millones a $21.000 millones. Es lógico que si se hace una sola compra en bloque, los oferentes compitan con precios más bajos. Pero también lo es que algunos oficiales que, en el pasado, controlaban pedacitos de estas compras a precios más altos, estén molestos con la medida.
En la compra de energía eléctrica también se procedió a adquisiciones en bloque, ya permitidas por las normas de servicios públicos. En este caso, el ahorro sobre cerca del 60% del consumo se ve en la reducción de $32.900 millones a poco más de $20.000 anuales.
Otro contencioso entre el Ministro y sectores de la oficialidad fue la fusión de los tres fondos rotatorios –uno por cada fuerza- en uno solo. En vez de tres equipos diferentes comprando en muchos casos lo mismo, ahora hay uno sólo. De nuevo, las virtudes de un proceso más claro, sencillo y transparente, y el mayor volumen derivado de la unificación de las compras, ha implicado significativos ahorros. «Y cuando hay ahorros, siempre existe la posibilidad de que se pisen callos de gente a la que le iba mejor cuando se pagaba más», anotó una fuente del Ministerio.
Otro dolor de cabeza para el Ministro y su equipo ha sido la implantación del sistema de Sinergia Logística, Silog. Hasta hace poco tiempo, un helicóptero del Ejército podía quedar varado en una región remota por varias semanas por cuenta de un respuesta que no estaba en el stock del Ejército, pero si en el de la Fuerza Aérea. No existía un sistema unificado y computarizado para saber qué había en stock y qué no. Ahora lo hay, lo que de nuevo ha traído eficiencia en las compras y reducción de costos, para bienestar general y malestar de algunos. «Fue tan dura la oposición de algunos al Silog, que al general Pizarro se le oyó decir que el oficial de Ejército que ayudara a implantar el sistema no tendría futuro en la institución», le relató a CAMBIO un coronel.
Razones de un cambio
Por Andrés Villamizar*
La transformación militar hacia un esquema de comando y control conjunto es fundamental para mejorar la efectividad y la eficiencia de las Fuerzas Militares. No se puede desarrollar operaciones conjuntas sin un esquema de mando unificado. Esta reforma, que ya ha demostrado su efectividad en otros países y en Colombia, a través de la Fuerza de Tarea Conjunta Omega y el Comando Conjunto del Caribe, debe seguir adelante a pesar de las resistencias de un reducido grupo de generales del Ejército que ven amenazado su poder burocrático.
De esta forma, Colombia podrá pelear una sola guerra, con un solo esfuerzo conjunto, liderada por el Comando General de las Fuerzas Militares en lo estratégico, por los Comandos Conjuntos regionales en lo operacional y por fuerzas de tarea conjuntas en lo táctico. Cada comandante de las nuevas estructuras conjuntas tendrá el control sobre todos los hombres, los equipos y la inteligencia, para poder planear y ejecutar operaciones conjuntas, indispensables para poder enfrentar a la guerrilla y a los paramilitares.
Así, por ejemplo, se podrá contar con apoyo aéreo de fuego efectivo desde el comienzo, y no de carácter reactivo como sucede actualmente. Se evitarían, además, los incidentes de fuego amigo en los que unidades de las diferentes fuerzas terminan enfrentadas por error. El país verá muy pronto la efectividad y la conveniencia de este nuevo esquema de fortalecimiento y modernización institucional. Es un cambio inaplazable y de trascendencia histórica.
*Especialista en temas de seguridad y defensa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.