Cultura ciudadana: punto de partida y de llegada (18 al 25 de mayo de 2009)

Cultura ciudadana: punto de partida y de llegada
La cultura ciudadana puede comprenderse como un conjunto de comportamientos, actitudes, valores y percepciones que llevan al ciudadano a respetar las normas vigentes en la sociedad de manera voluntaria y espontánea, lo cual conducirá a crear los cimientos de la convivencia pacífica.
Para que las relaciones sean armónicas es necesario reconocer unas normas, compartirlas y respetarlas. Pero un requisito es importante: esas normas deben ser conocidas, aceptadas y cumplidas por todos los individuos. De lo contrario serían u símbolo más o, a lo sumo un código de letra muerta, pero no un elemento que garantice la convivencia pacífica. A nuestro juicio un buen decálogo de cultura ciudadana puede ser el siguiente:
Respetar voluntariamente las normas de la sociedad. Nótese que hacemos énfasis en el hecho de que la atención a las normas debe ser voluntario. De esa manera la sociedad ahorra esfuerzos y el ciudadano evita conflictos.
Considerar el derecho a la vida como la máxima expresión de la convivencia. No hay un derecho más importante que éste y las autoridades y los ciudadanos deben hacer todos los esfuerzos para garantizarla. La vida no consiste únicamente en que el corazón palpite y el oxígeno llegue a los pulmones. La persona tiene derecho a una vida digna lo cual implica acceder a alimentación, estudio, atención médica, recreación y todos los elementos que le permitan un goce pleno de su existencia.
Concebir a la comunidad como un escenario civilizado y plural. La comunidad es el contexto en que vivimos y compartimos y debe ser un espacio de todos y para todos.
Contribuir de manera activa a la conservación y mejoramiento de los recursos de la sociedad. Los recursos deben obtenerse, disfrutarse y cuidarse. Nadie puede apoderarse de ellos ni por medio de la violencia ni de artificios o actuaciones corruptas. Lo que es de todos es de todos. Punto.
Actuar de acuerdo con los principios de la ética y la moral. Y hay que mantener esos principios en todo momento y circunstancia. Es inaceptable el criterio de la “ética situacional”.
Sentir el orgullo de pertenecer a la ciudad. Así como nos sentimos orgullosos por los símbolos patrios es necesario que nuestro ser vibre a la hora expresar el honor que sentimos al ser hijos de un pueblo o ciudad. Es el orgullo por pertenecer a esa gran familia que es la comunidad en que vivimos.
Comportarnos como hijos de la ciudad en que habitamos. En realidad ¿de dónde somos? ¿de donde nacimos? ¿de donde vivimos? Realmente decimos que somos de donde queremos ser pero con una ciudad tenemos obligaciones ineludibles: la que nos acoge, la que nos abrió maternalmente sus brazos y nos permite vivir en ella.
Pagar los impuestos y servicios públicos. Es la parte dolorosa del asunto o tal vez la menos agradable. Pero a la ciudad hay que sostenerla entre todos y eso cuesta, por lo tanto debemos pagar impuestos. Eso sí: es necesario permanecer vigilantes para que sean bien invertidos.
Cumplir y velar por el cumplimiento de la disciplina social. La disciplina social implica cumplir las normas a las cuales ya nos hemos referido. Y hacer lo posible para que otros deseen cumplirlas y efectivamente lo hagan.
Elegir funcionarios honestos y aptos. En una nación democrática, en que los mismos ciudadanos eligen a sus gobernantes, la prioridad es elegir bien. Si nos equivocamos, el reclamo es para nosotros mismos. La cultura ciudadana es el comienzo de la convivencia pacífica. Pórtese bien, ayude a los demás. Sea feliz y ayude a los demás a conseguir su propia felicidad. Hágalo por usted, por sus hijos, por su ciudad.
POR: Alejandro Rutto Martínez
Fuente del artículo https://www.articulo.org/autores_perfil.php?autor=525

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