Maquillar o abordar el problema carcelario

Maquillar o abordar el problema carcelario
Este es un problema que se da en toda en toda Latinoamérica. Estamos ante un problema de muchas aristas, el haber trabajado durante un año como asesor de la Presidencia del INPE, visitando todos los penales de la ciudad y conversando con la gran mayoría de internos, me dio una visión más real de lo que pasa dentro de nuestras prisiones.
Mi primera lectura es que mientras no se inicie una profunda reforma penitenciaria y del sistema judicial, no se podrá solucionar el problema de hacinamiento carcelario en el país, son muchas las urgencias y carencias según mi análisis. La falta de seguridad dentro de los penales es clamorosa, como lo es un inadecuado trabajo de reinserción de la mayoría de internos, y es que en las actuales condiciones de hacinamiento lo hace imposible. Es cierto que el problema lo venimos arrastrando casi dos décadas, el delito subió a cifras impresionantes, en cambio el sistema penitenciario salvo el penal de Piedras Gordas y una que otra modificación en el resto de penales, se mantiene casi igual.
Hoy en día en nuestras prisiones los internos aprenden cosas negativas y dañosas, en ellas proliferan las drogas, el alcohol, armas en general, celulares, los delegados son los que prácticamente «cogobiernan», en forma paralela con las autoridades de la prisión, al ser prácticamente inmanejables las prisiones no solo por el hacinamiento, además de la falta de equipos, sistemas y elementos de seguridad. Estamos hablando que en 81 establecimientos penitenciarios hay más de 43.500 internos en todo el país. No hay una adecuada política carcelaria como es la educación para la reinserción laboral o, en general, para la reinserción a la sociedad. El penal de Lurigancho es un claro ejemplo de lo que estamos hablando.
Las autoridades lo que menos quieren es que se produzcan reyertas, levantamientos, toma de custodios o huelgas de hambre, ya que en ese contexto los ojos de la prensa pondrían en agenda el drama que allí se vive, a propósito invito algún periodista de investigación que indague que sucede en nuestras prisiones después de las 6 de la tarde, según el reglamento debería haber un encierro por celda con candado en cada pabellón.
Me pregunto quiénes son los presos hoy, los avezados que están en esas cárceles inseguras y que monitorean muchos delitos desde sus celdas, los que imponen sus códigos o reglas bajo amenaza o soborno, o los ciudadanos que tienen los recursos económicos para vivir encerrados entre rejas, alarmas, cercos eléctricos, sensores, vigilantes, perros guardianes y además de vivir permanentemente en incertidumbre de nuestros miedos y temores a ser la próxima victima de algún tipo de delito.
Las leyes que se dan no van de acuerdo a la capacidad de nuestras cárceles, debemos comprender que cuando en una prisión hay hacinamiento e inseguridad, se hace inviable que los internos cuenten con una atención y control adecuado, en ese contexto la mayoría de ellos viven una vida infrahumana, no permitiendo una reintegración a la sociedad, en este punto es oportuno señalar que si a alguien se le trata con violencia. Lo único que entregará como respuesta será mas violencia, ello no sólo es una consecuencia lógica sino humana, por lo que aplicándolo a los internos, no hay siquiera que imaginarnos el resultado.
Dos ejemplos, el alto número de reincidencias y la evolución de un interno que entró por un delito menor, cometerá uno mas grave al salir, con ello todo se vuelve un círculo vicioso, en el que los perjudicados somos como siempre los ciudadanos respetuosos del orden jurídico. Hay que adaptar nuestras prisiones a la realidad actual, el beneficio superara cualquier costo que hoy se requiera largamente, entiendo que para un político no es popular ver la situación de los presos, es mas popular ver a las potenciales victimas que son la gran mayoría.
Se requiere la construcción de por lo menos 2 nuevos penales no de máxima seguridad sino de «máxima impunidad», con una capacidad no mayor a 800 internos. Estos serían para los delincuentes de más alta peligrosidad, en ellos habrían nuevos programas, sistemas y reglamentos, como que las visitas no tendrían contacto físico con los reos, vidrios de seguridad para observarlos y auriculares para poder hablar, en salas vigiladas por cámaras y personal de seguridad debidamente capacitado, con ello estaríamos anulando que la visita ingrese cualquier dispositivo, droga u objeto prohibido al penal y que no sigan manejando el delito en las calles.

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