La vigilancia vecinal (28 de octubre al 4 de noviembre 2005)

Probablemente en México D.F. o en Buenos Aires no conozcan la experiencia de Ciudad Alianza, un caserío cercano a Valencia (Venezuela). Probablemente los habitantes de esas ciudades no sepan que en esta localidad venezolana se ha desarrollado desde hace más de 15 años uno de los proyectos más exitosos en materia de prevención del delito.
En 1989 Ciudad Alianza era un lugar abatido por el hampa. Los delitos contra la propiedad, especialmente los robos y hurtos de vehículos, tenían frecuencia diaria en esta comunidad de clase media, conformada por profesionales universitarios y funcionarios gubernamentales.
Como suele suceder, la violencia de los zagaletones fue intensificándose. La ciudadanía, aislada y desorganizada, optó en un principio por confinarse en sus viviendas, con la esperanza de no engrosar las estadísticas de las víctimas. Los espacios públicos fueron dejados a merced de los pandilleros. Esta situación no se hubiese modificado de no ser porque a uno de estos ladrones se le pasó la mano durante un robo, y mató a una vecina de la localidad.
«Luego del lamentable incidente de la muerte de la vecina comenzamos a tratar de
diseñar una serie de estrategias, una serie de normas de seguridad. Allí se produjo una participación que fue hermosísima. En diciembre de 1989 creamos el Frente Antihampa. Eso era lo más bravo que podía existir, porque éramos los vecinos, indignados», relató Omaira Ibarra, una de las habitantes de Ciudad Alianza.
Esa indignación a la que refirió Ibarra fue el catalizador de un sistema de “alerta temprana”, que se mantiene luego de tres lustros para tranquilidad de los vecinos. Al detectarse una actividad ilegal o irregular, los vigilantes de la cuadra suenan sus silbatos para alertar a sus vecinos. El ruido pronto sirve para llamar la atención de los funcionarios policiales, con los que se ha conversado previamente sobre la existencia de este esquema. Ciudad Alianza pasó a ser una pequeña isla de seguridad en la tercera región donde se producen más delitos en toda Venezuela.
Los esquemas de vigilancia vecinal han sido aplicados, con lógicas variantes y objetivos diversos en Chile, México, Colombia y Estados Unidos, por citar algunos países. Por regla general tienen la finalidad de controlar a la delincuencia. Pero en Texas y Arizona, por ejemplo, hay grupos de “vigilantes” dedicados a impedir el paso de inmigrantes ilegales.
La vigilancia vecinal es una forma de participación ciudadana absolutamente legítima desde el punto de vista legal. Es necesario aclarar que nos referimos aquí a organizaciones dedicadas a la prevención del delito y no al control político, tal y como sucede con los CDR cubanos. Pero aún en el país caribeño, estas agrupaciones pueden constituir una importante base para ponerle límites al hampa.
Para que sea efectiva, la vigilancia vecinal debe estar claramente delimitada, tanto en el alcance de sus funciones como en lo geográfico. ¿Hasta dónde llega la jurisdicción de estos vecinos organizados? Una respuesta sencilla sería: hasta donde la ley lo permita. Pero eso le dice poco al habitante de una vecindad azotada por el hampa, por cuya cabeza habrá pasado más de una vez la idea de tomar la justicia a lo Fuenteovejuna.
El alcance de las funciones de los vigilantes debe ser establecido con suma claridad: advertir la existencia de una actividad delictiva mediante un método preestablecido. En Ciudad Alianza fue mediante el uso de silbatos. En otras partes pueden ser sirenas, cornetas, cohetes de luces, gritos…La creatividad humana no tiene límites. Lo importante es que el método escogido sea, como diría Descartes, “claro y distinto”. Que no se preste a confusiones.
¿Y si el delito está en proceso, poniendo vidas en riesgo? Con mucha más razón, se debe poner al corriente al resto de la comunidad. Generalmente, este tipo de acciones sirven como un poderoso disuasivo.
Hay que asegurarse, además, de que se cuenta con un apoyo irrestricto de los organismos policiales. Parecería lógico que las policías cooperen con los grupos de vigilancia vecinal, e incluso que coadyuven en su formación. Pero en oportunidades no es así, pues perciben que pierden parte de su poder. Por tal razón hay que dejar sentado desde el principio que estas organizaciones civiles no son grupos de autodefensa, y que por lo tanto no están armados.
Estas experiencias de organización vecinal no se quedan en la mera advertencia temprana del delito. Al cobrar conciencia sobre el tema de la seguridad, los habitantes de las comunidades comienzan a preocuparse por el control de su entorno, y con el pasar del tiempo atacan de manera casi natural los factores que facilitan el accionar del hampa: la oscuridad, el descuido hacia el prójimo y la suciedad, entre otros. De esta forma, y sin proponérselo formalmente, los vecinos ganan calidad de vida.

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