Espías en la línea (1 al 8 de febrero 2002)

 

 

EnEspaña y Venezuela les dicen pinchazos o escuchas, mientras queen Perú son quesos.  Algunoscreen oir diablitos cuando su línea está intervenida…En tornoal espionaje telefónico ha emanado una jerga tan amplia como numerosos son lospaíses en los que el tema es objeto de periódicas discusiones.

 

Lasintervenciones telefónicas forman parte del lado oscuro de lasdemocracias.  Los gobiernos de facto nonecesitan admitir su interés por espiar las conversaciones de sus ciudadanos.Eso se sobreentiende.  Del otro lado,los estados pluralistas y regidos por una Constitución en principio rechazanestas prácticas por considerarlas una irrupción en la privacidad, y lascalifican como delito salvo en aquellos casos en los que las autoridadescuentan con una orden judicial.

 

Pero lahistoria demuestra que la gran mayoría de los gobiernos, dictatoriales o no,acuden al espionaje telefónico para preservar intereses de todo tipo.  Nixon fue llevado a la renuncia cuando sedescubrió que grababa ilegalmente las conversaciones de sus rivalespolíticos.  En España, la lucha contrael grupo separatista ETA ha producido aberraciones similares.  El Perú de Fujimori y Montesinos seespecializó en el fisgoneo a los teléfonos. Son famosas las “bases” de escucha instaladas en el sector El Cercado deLima.

 

Tambiénhay agencias de investigaciones privadas que ofrecen entre sus serviciosgrabarle las conversaciones al rival político, a la competencia económica o alesposo infiel.  En los Spy shops cualquiervecino puede adquirir el aparato necesario para escanear la frecuencia de unteléfono móvil celular, o para instalar un grabador en su propia casa.  Todo está a la medida del cliente.

 

Lalibertad con la que a veces actúan las agencias de investigaciones ha obligadoal ministerio del Interior de España a señalar como requisito sine qua non quepueden desempeñar su trabajo siempre y cuando no irrumpan en la esfera privadade los ciudadanos.

 

Enalgunos lugares lo que pareciera molestar no es la grabación como tal, sino lapublicidad que estas charlas reciben. En Venezuela era práctica frecuente la divulgación en la prensa de losdiálogos entre políticos, empresarios y policías, transcritos al detalle, hastaque el Parlamento aprobó una ley especial destinada a la protección de la vidaprivada. En 1994 se produjeron las primeras detenciones por la violación deeste instrumento legal, todavía vigente.

 

Una delas consecuencias que tiene la extensión de la actividad del espionajetelefónico es que se genera un sentimiento que podríamos describir como“sospecha colectiva”:  nadie quedesempeñe un rol de importancia –o que se crea a sí mismo importante- habla porla línea con libertad, pues piensa que hay un tercero escuchándolo.  La paradoja, entonces, es que viviendo endemocracia cada día vamos comportándonos más como si tuviésemos encima a lafamosa Stasi, la policía política de la extinta Alemania del Este conocidaporque supuestamente podía monitorear todas las conversaciones telefónicas quesalían de ese país al exterior.

 

Con ladeclaración de la guerra al terrorismo, los países auténticamente libres se venen un dilema: cómo aplicar fronteras adentro los mecanismos de inteligencia queles permitan identificar a los integrantes de las células de las organizacionesirregulares, sin que el resto de la ciudadanía pierda la libertad con la que seha desenvuelto, y que precisamente constituye uno de los atractivos de esasociedad.  La cesión de los derechosdemocráticos significaría, de hecho, la pérdida de la primera batalla.

 

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